D’A 2015

Relatos (im)posibles, cines necesarios

 

Decía Alain Resnais en una entrevista, a propósito del estreno de El año pasado en Marienbad (1961), que la mejor manera de respetar al público era pedirle su colaboración. Consciente de ello, el cineasta se negaba a descifrar el “enigma” de su película, y zanjaba la cuestión con un “cada espectador podrá encontrar su solución, y será siempre buena”, porque esa será “la mejor forma de respetarlo”. Esa premisa del director francés ha permanecido latente en la quinta edición del D’A–Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona, tanto con la retrospectiva que se ha hecho de su obra como con la programación de este año. Películas ante las que uno siente una mezcla de extrañeza y atracción, que obligan al público a implicar no solo sus ojos y oídos sino también a pensar las imágenes, porque piden, como ya lo hizo Resnais, su participación.

Ese mismo espíritu de respeto y, sobre todo, de cambio impregna las producciones españolas repartidas entre las diferentes secciones del D’A –Futurs (im)possibles, Talents y Transicions–, películas que no se pueden desligar del contexto económico y social en el que se enmarcan. Se hace inevitable ver en ellas una suerte de continuación del apartado Un impulso colectivo, que el año pasado mostró El futuro (Luis López Carrasco, 2013), Edificio España (Víctor Moreno, 2014), VidaExtra (Ramiro Ledo, 2013) y Árboles (Los Hijos, 2013). Todos ellos títulos que recogían el sentir de una generación de cineastas hijos de la Transición. En esta última edición del D’A, el otro cine español sigue ampliando sus miembros, conscientes o no de aquella herencia política, con obras que son fruto de una necesidad de experimentación y de búsqueda identitaria. Bajo este paraguas encontramos ciertas propuestas inclasificables que pasan por la adaptación de los géneros clásicos sobre los que imprimir una personalidad propia, y cuyo rasgo más evidente es la libertad tanto argumental como de forma.

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Claro ejemplo de esas nuevas narrativas es Pas à Genève de Lacasinegra, que destila honestidad e inteligencia por los cuatro costados. Formado por cuatro jóvenes: dos mujeres y dos hombres, curtidos en el formato corto con claro discurso político y con su cinefilia por bandera, el colectivo construye una sugerente ópera prima. La pieza, de apenas sesenta minutos, se aleja rápidamente de su punto de inicio: la invitación a participar en una acción artística en un bosque suizo, situado en los alrededores de una casa en la Ginebra del título, donde los jóvenes se imponen la regla de registrarlo todo durante el verano de 2011. Dos cámaras acompañan el vagabundeo de estos pretendidos cartógrafos que acabarán cuestionándose a sí mismos. ¿Observadores u observados? Inevitable pensar en Antonioni, en la necesidad del cineasta de estar ligado a su tiempo “para captar sus resonancias” en su interior, para ser “sinceros y coherentes” tanto con ellos mismos como con los demás. Los largos silencios, la ausencia de un relato definido, o el trasiego habitual de la cámara en mano pueden disuadir al espectador que, como los autores, puede entrar o no en el juego. Sin embargo, esa no historia termina por desbordarse (y desbordarnos), y es justo en esos momentos cuando surge la complicidad con la sala, así como la tensión con el relato. En el descubrimiento de una pelota entre las ramas del bosque, en las grabaciones del grupo desde el interior de la casa, o en la preocupación de sus protagonistas con el 15M de fondo se configura un planteamiento a lo Blow-Up (1966) con multitud de capas que no se agotan en un visionado. Pas à Genève no bebe de la narrativa clásica, se nutre de la configuración de otras formas de ver y construir las imágenes, atraviesa la pantalla e interpela al espectador, obligándolo a pensar y a posicionarse. Quizá Lacasinegra no haga cine para todos los públicos, o quizá simplemente deba primero andar ese camino autoimpuesto de “educar” su mirada.

Con una clara exigencia al espectador, aunque con el tono ligero de la comedia, se presenta El complejo de dinero de Juan Rodrigáñez, que la definió como “una película contra el dinero y el amor”. Con el capitalismo imperante de fondo, el cineasta adapta el relato homónimo de Franziska von Reventlow –publicado en 1916– con la misma libertad creativa con la que los actores afrontaron el rodaje. El espíritu colectivo durante la filmación y su anarquía en la concepción del guión requirieron de la participación del cineasta Eloy Enciso (Arraianos, 2013) en el montaje posterior de esta película coral. Si algo caracteriza El complejo de dinero es su capacidad para, en un segundo, dibujar un gesto de extrañamiento o de complicidad en el público. El debut de Rodrigáñez en la dirección se perfila como una comedia de tintes absurdos –la secuencia de la paella o el número musical son dignos ejemplos de ello– en la que el espectador no sabe si reír o llorar ante la banalidad de unos desheredados, entregados a la joie de vivre, a la vez espejismo de su realidad: una completa sumisión al dinero.

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Otro título inspirado en un texto literario, concretamente la novela de Philip K. Dick, y que como el caso anterior venía avalado por su presencia en la sección Forum de la Berlinale, es Sueñan los androides de Ion de Sosa. La idiosincrasia del skyline de Benidorm, plagada de rascacielos a pie de playa y los esqueletos abandonados de otras construcciones, junto a lo estrafalario de su ambiente, constituyen el escenario ideal para esta historia futurista. España, año 2052, el euro ha muerto, los androides han sustituido a la mayoría de humanos y comprar una oveja cuesta más de cuatro millones de pesetas. ¿Quién dice que la ciencia ficción ha de tener grandes presupuestos? Aquí los efectos especiales se sustituyen por humor y realismo castizo, explotando la vena patria para ejercer de paso la autocrítica. Las particularidades de la producción (un rodaje discontinuo durante tres años) y su falta de estructura previa ayudan a diluir las fronteras entre documental y ficción. Resulta interesante el uso de las películas caseras o de las fotografías familiares del propio cineasta como recuerdos de los androides, algo en lo que se puede sentir tanto la mano de Chema García Ibarra, guionista por accidente de la película, como la presencia de Luis López Carrasco en la producción. No es casualidad que se proyectara, en uno de sus pases, como programa doble junto a tres cortometrajes de Velasco Broca: entre ellos, los hilarantes (y dos únicos) capítulos de Las aventuras galácticas de Jaime de Funes y Arancha, serie protagonizada por Nacho Vigalondo –guionista al alimón con Broca– que nunca se llegó a producir. Precisamente, el director vasco confesaba durante la charla con el público la influencia de ambos cineastas en su filme. Habrá a quien le pueda parecer una película hecha entre y para colegas, pero en Sueñan los androides se atisban los ecos de una nueva vida del underground cinematográfico español.

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Algo más cercanos a la serie B, Adán Aliaga y David Valero apuestan también por una ciencia ficción costumbrista en El arca de Noé, que vira constantemente del drama a la comedia y viceversa. Al igual que ocurre en Sueñan los androides, el filme echa mano de una geografía que el tándem de cineastas conoce a la perfección –los alrededores de su pueblo, Sant Vicent del Raspeig– y de una situación que bebe de la realidad de miles de parados: la búsqueda de una vida mejor. La vuelta de tuerca argumental será la construcción de una máquina con la que desplazarse a un mundo paralelo. Los alicantinos prosiguen así una senda que ya marcaba Uranes de García Ibarra o las producciones de Vigalondo y Broca, y atraviesan el género desde lo cotidiano, haciendo patente aquello de que la realidad siempre supera a la ficción. La presencia de actores no profesionales o el peso del montaje –una vez más la ausencia de guión–, junto a todo lo anterior, hacen inevitable no concebir conexiones con el filme de De Sosa. Ambos coquetean con el formato experimental y a la vez confirman su valor como documento testimonial de una época. Su objetivo no es alcanzar un lugar en la historia, sino dar cuenta de la supervivencia de un cine que lucha contra las barreras que el propio sistema le impone.

 

Fronteras diluidas

“La realidad ya contiene muchas historias imaginarias”, apuntaba Christelle Lhereux tras la proyección de sus dos mediometrajes Madeleine et les deux apaches y La maladie blanche. Dos exquisitas piezas que parten de la realidad para construir fábulas con las que la cineasta francesa reflexiona sobre las imágenes. Lo importante –explicaba ella– es transmitir la relevancia del momento filmado. Rodada en blanco y negro, La maladie blanche cuenta la aventura nocturna de una niña y su padre tras el rastro de un jabalí. No existe ya diferencia entre el documental y la ficción; la belleza de sus planos, la delicadeza a la hora de capturar la luz o su sensibilidad en el uso del dispositivo convierten este filme en una de las piezas más fascinantes (y probablemente más difíciles de recuperar) de esta edición del D’A.

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Si hablamos de la necesidad de experimentación para definir una identidad propia es imprescindible hablar de Les amigues de l’Àgata. Rodada como trabajo final de grado, la cinta sirve a su vez de carta de presentación en la vida profesional de las cuatro directoras (Laia Alabart, Alba Cros, Laura Rius y Marta Verheyen) y de las cuatro actrices protagonistas. Lejos de configurarse como retrato generacional, la ópera prima de estas jóvenes cineastas habla, con una honestidad apabullante, de la amistad en un momento de cambio crucial hacia la vida adulta. Aquí el proceso creativo llevado a cabo durante un año se revela en la enorme complicidad entre estas ocho mujeres: en la capacidad de potenciar la belleza de los gestos, unas, y en la perspicacia para registrarlos de las otras. Porque en la simplicidad de los planos de la película se palpa su aprendizaje en la vida y en el cine (si es que es posible separarlos), como si siguiesen al pie de la letra aquella proclama de Antonioni de que “hacer una película es vivir”.

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El D’A iniciaba la celebración de su primer lustro con el excelente biopic Saint Laurent de Bertrand Bonello, acertado maestro de ceremonias al que, además, el festival dedicaba una retrospectiva. El exceso del triunfo personificado en un diseñador de alta costura es plasmado a través de un acertado montaje al que acompañan múltiples temazos –impagables los encuentros del protagonista con su musa Betty Catroux y su amante Jacques de Bascher en la disco–, un gran vestuario y ambientación y un sinfín de estrellas. Otras tantas aparecieron en la sesión de clausura de la mano de Eden de Mia Hansen-Løve, situada también en París, esta vez en los clubs de los noventa con la discografía de Daft Punk como hilo conductor, aunque el foco aquí no recae en la pareja de músicos, sino en un DJ cuya carrera circula por carreteras secundarias. Excesos del metraje aparte, Eden narra con eficacia las luces y sombras de un ambiente en el que el éxito pocas veces llega y en el que es más fácil perderse por el camino. Perfecto arranque y broche final para un festival que continúa programando los nombres consolidados del cine de autor: véase Ulrich Seidl (Im Keller), Hong Sang-soo (Hill of Freedom), Eugène Green (La Sapienza) o Guy Maddin (The Forbidden Room). Mientras, simultáneamente, sigue apostando por aquellos que empiezan a configurar el mapa de lo que está por llegar. Tan necesarios los unos como los otros, ya que al fin y al cabo también es necesario alumbrar los márgenes.

Desgraciadamente, de los nombres que han circulado por el D’A pocos se dejarán ver por la cartelera comercial, aunque se llamen Alain Resnais, cuya última película Aimer, boire et chanter no ha logrado distribución en España (tampoco la anterior Vous n’avez encore rien vu). De ahí que la expectación fuese alta ante la proyección del último filme del francés, aunque finalmente, quizá por estar en el primer turno de la tarde, los espacios vacíos triunfaron entre las butacas en la sala grande del Aribau. Con el retorno a la adaptación de una obra de Alan Ayckbourn (Life of Riley), Resnais mantiene el espíritu burlón que le caracteriza y lo combina con una brillante dirección de actores, entre los que destacan su viuda Sabine Azéma y André Dussollier, para dar otra vuelta de tuerca a la representación teatral –exquisitos sus primeros planos–. Extraordinario largometraje que pasa a formar parte del legado de su autor con la triste etiqueta de punto y final. Eso sí, esperamos seguir encontrando un cine que nos desafíe y sorprenda como lo hizo el suyo. Las nuevas generaciones ya tienen un hueco en el D’A y nuestra mente queda abierta para descifrar nuevos enigmas.

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© Ana Aitana Fernández, mayo 2015