‘Árboles’, Los Hijos

Stemple Pass

“Los árboles tienen pensamientos dilatados, prolijos y serenos, así como una vida más larga que la nuestra. Son más sabios que nosotros, mientras no les escuchemos. Pero cuando aprendemos a escuchar a los árboles, la brevedad, rapidez y apresuramiento infantil de nuestros pensamientos adquiere una alegría sin precedentes. Quien ha aprendido a escuchar a los árboles, ya no desea ser un árbol. No desea ser más que lo que es”.
Hermann Hesse

“Cada minuto marco un punto al que debo llegar
y noto que me vuelvo a sublevar.
Quemo un cajero; al mundo entero quiero preguntar:
¿Habéis oído a los árboles decir que no estamos bien aquí
y que no nos vamos a cambiar?”
Extremoduro

 

EPÍLOGO. «Lejos de los árboles pudo haber nacido y ser publicitada como una denuncia de lo atávico e inercial que sobrevivía en la España desarrollista de los sesenta, pero lo que constituye es un regreso en toda regla a uno de los temas centrales para las vanguardias del siglo XX: la alteridad, los otros mundos que están en éste, el más allá que está aquí, las puertas o trampillas a través de las cuales se accede a otros universos humanos ocultos o invisibles, habitados por las dimensiones más opacas de la condición humana. Al otro lado del límite se encuentran aquellos que hemos llamado primitivos, bárbaros o salvajes, pero también quienes, más cerca, en las afueras, encarnan lo arcaico, lo elemental, y al tiempo desmesurado. Pero hay otros lindes, ahora interiores, desde los que lo inconcebible se expresa como parte inmanente a la propia vida urbana. Formado como urbanista y arquitecto, Esteva quiso contribuir con Lejos de los árboles a desmentir el falso divorcio entre lo rural y lo urbano y a reflexionar de un modo otro sobre la ciudad, mostrando cómo se agitaban en ella las mismas fuerzas de lo distinto y lo incalculable.» Manuel Delgado.

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HISTORIA DE UNA DISTANCIA. Todas las historias de la humanidad son historias de colonización: la base del mundo son los pueblos y estos, para llegar a constituirse como tales, han necesitado de un espacio en el que habitar. Pese a lo que tiene de inherente a la condición humana, esta palabra hoy en día sigue teniendo una connotación negativa. Cuando la escuchamos, inmediatamente la entendemos como la forma de dominación de un país o territorio por parte de otro, de manera violenta o por lo menos poco pacífica. Desde la Edad Antigua a la Contemporánea, de América a Asia, son miles los ejemplos que podríamos poner sobre esta acepción de la palabra. Sin embargo, no debemos olvidar que también dispone de otra un poco más amable, propia de la biogeografía, que hace referencia a la preocupación por las formas de distribución de las especies en un espacio y la relación que mantienen con su ambiente y los seres vivos que las rodean.

Árboles (Colectivo Los Hijos, 2013) es una película instalada en una tensión permanente entre los dos polos de esta palabra, gracias a los dos espacios perfectamente definidos por los que circulan las cinco historias de su narración. Por un lado, el enclavado en una casa guineana, situada al lado de un frondoso bosque selvático, donde se guardan las leyendas del tiempo en que los españoles llegaron allí para conquistar el territorio. Historias que se cuentan de generación en generación, y que han terminado convirtiéndose en un misterioso objeto fantástico. Por otro, el interior de un edifico de una ciudad dormitorio cualquiera, donde una pareja conversa sobre cómo distribuir el espacio en el que vive ante el inminente nacimiento de una nueva hija. Y donde también se habla de otro tipo de leyendas, más modernas, y todavía más fantásticas que las guineanas: las de una película de terror cualquiera, vista, quizás, sin mucho interés, pero que perviven con una fuerza superior a las de un proceso de colonización histórico.

SINOPSIS. «Mientras recorren la isla de Bioko, Antonia le cuenta a Pilar historias del pasado colonial español. Carlos pasa en familia una calurosa tarde de verano de 2012. José y Diana hablan del futuro.

Árboles es una película en tres segmentos que relaciona leyendas del pueblo bubi sobre la presencia colonial española en Guinea Ecuatorial con las historias anónimas de las “colonias” residenciales habitadas en la periferia de las capitales españolas.»

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HISTORIAS DE FANTASMAS PARA ADULTOS. Hubo un tiempo en que los árboles constituían, junto a los animales, el círculo más cercano que rodeaba al hombre. Este se hallaba en el centro productivo y social, y se servía de ellos para construir sus casas o para encontrar el refugio ante una situación de riesgo. Los árboles tampoco eran árboles; eran pinos, castaños, hayas o robles que formaban parte de bosques con magias, auras o singularidades completamente diferentes, que los hombres además sabían diferenciar. Cada bosque tenía su simbolismo y guardaba leyendas ejemplares para los que habitaban en sus cercanías. El propio devenir de la vida hizo que los hombres se alejaran de ellos para habitar nuevos espacios. Se fueron lejos de los árboles para olvidarse de los bosques, para contemplarles desde la distancia con un alto grado de extrañeza. Gran parte del cine contemporáneo —L’âge atomique (Héléna Klotz, 2011), Solo el viento (Csak a szél, Benedek Fliegauf, 2012) o Two Years at Sea (Ben Rivers, 2011)— se muestra como síntoma de esa perdida y suele ofrecer una visión un tanto simplista de lo que es un bosque reduciéndolo a la formula de Yo es otro. Es decir, el bosque como lugar donde encontrar una identidad. Pero, ¿cómo encontrar una identidad en algo que se ve a lo lejos, como en una imagen?

De un bosque no se puede esperar nada: las mejores películas de aventuras no se cansaron de presentar a las selvas y los bosques de esta manera. Pero en esa terrible nada, que es la condición íntima del hombre, es donde puede aparecer algo que hemos olvidado en nuestras sociedades contemporáneas: el miedo. En Árboles, al igual que en Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979), Tropical Malady (Sud pralad, Apichatpong Weerasethakul, 2004) o De la guerre (Bertrand Bonello, 2008), el bosque selvático aparece como el lugar donde se guarda: todas las leyendas contadas hacen referencia a lo que sintieron los habitantes de la isla con la llegada de los españoles, para recordarnos que en esos espacios habita y late lo que hemos olvidado. Hoy el miedo ha sido borrado de la cotidianeidad. En el día a día encontramos riesgos, peligros, amenazas, pero ningún espacio en el que puedan transformarse en miedo. Ni siquiera en el cine, con sus grandes películas de terror, sobre las que se conversa en un momento del film.

Pero, ¿por qué es tan importante el miedo? Pues porque encierra un potencial transformador. El miedo nos desnuda, nos atraviesa, nos deshace, nos devora para acabar haciendo de nosotros personas completamente diferentes. Nos presenta y descubre vulnerables. Interrumpe lo que tiene de continua nuestra vida en forma de acontecimiento inesperado. Y esta vulnerabilidad, por lo tanto, se convierte en plenamente política: en un mundo donde la gestión y la economía gobiernan la normalidad, lo político se escapa de esta dimensión estructural de la sociedad. El miedo abre nuevos caminos y tiempos para la experimentación, para la trasformación de ámbitos de la vida que habían quedado a la sombra de la gran política y de sus promesas de futuro. El miedo es la irrupción de una novedad absoluta que desencaja todos los espacios y representaciones conocidas, creando la imperiosa necesidad de responderle.

 

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INTRODUCCIÓN. «Los espacios no son hechos por sus habitantes ni inventados por sus individuos (¡ellos son individuos!); están hechos de hábitos y son los hábitos quienes hacen al habitante o, mejor aún, habitúan, hacen habitantes.» José Luis Pardo  (1).


© Ricardo Adalia, marzo 2014

 

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(1) PARDO, José Luis, Sobre los espacios pintar, escribir, pensar, ed. Serbal, Barcelona, 1991.