Diario del Xcèntric (3): ‘Lacrima Christi’, de Teo Hernández

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Tengo que escribir sobre la película de Teo Hernández y tengo que hacerlo ya. Tengo una libreta en la que, un rato después de salir de la proyección, tomé algunas notas. Tengo algunos colores, algunas impresiones de Lacrima Christi (1978-1979) todavía vivas en mi cabeza. Tengo toda la noche para decir lo que pueda, aunque no quiero agotarla, no se me da bien trasnochar para escribir. Había pensado que podía escribirle una carta a alguien, concebir esta crónica como una misiva, pero ahora mismo no sé quién podría ser el destinatario de la misma y sería poco honesto y tramposo por mi parte empezar a buscar a alguien entre mis conocidos así, forzándolo. Cuando tenga una carta para escribir, ya la escribiré.

Cuando descendí por la rampa para introducirme en el CCCB, venía de prácticamente terminar un texto sobre Roberto Bolaño, sobre los escritores de ciencia-ficción a los que quizá leyó el autor de Estrella distante (1996), a juzgar por la gran cantidad de nombres que aparecen en las páginas de El espíritu de la ciencia-ficción (2016), su novela póstuma. Puede que fuera por eso que, nada más encontrarme, en la pantalla, con esas bambas, que al menos desde mi posición parecían bastante nuevas, pensé en el chileno, poniendo los pies en una ciudad, recorriendo sus calles, su mercado, a la caza del fruto definitivo, o de un antídoto contra la Pesadilla Clave a la que hace referencia en su último libro publicado, en una carta que le escribe a Ursula K. Le Guin. Para Teo, todo empezó -y con todo me refiero a su cine- una noche de 1959 en un cineclub universitario del D.F., con la proyección de una película de Eisenstein, y también lo encuentro muy Bolaño: jóvenes aspirantes a poetas, a cineastas, a descubridores del mundo, de lo que hay al otro lado, juntándose para beber y enamorarse y puede que llegar a algún lugar o a alguna azotea. También me acordé de Chick Strand. Las flores, y esa canción, y un cielo que no sé si es mexicano aunque sé que nació allí quien lo está filmando, y es como si fuera una transición, exactamente desde Señora con flores (1995/2011).

Lacrima Christi, de Teo Hernández

Pero poco después, ya nada que ver. La cámara se empieza a volver loca y yo me preguntaré si voy a seguir su camino o a perder la razón o la salud en el intento. El amigo que está a mi lado me dice, al rato, que está empezando a marearse, y otra amiga me dirá después que se salió a la hora y cuarto, que no pudo, que también se mareó, y yo que lo entiendo porque el mismo Teo Hernández utiliza esa palabra en sus notas (1): “Pensaba en el movimiento en mis películas, que parecía agitarse en un sueño que se parecía a los movimientos del olvido: se trata de un movimiento agitado, alucinado, un movimiento de ida y vuelta, implacable. Y de este mareo nace este movimiento, que es el resultado de una embriaguez. De este exceso de vino, parece nacer la pasión”. He viajado por los textos sobre el cineasta y los extractos de su diario que han ido colgando los de Lumière (coorganizadores junto al CCCB de la sesión), pero no quiero citarlos ni leerlos más de la cuenta, porque entonces hablarían ellos y no yo, la persona que escribe esta crónica.

Lacrima christi es poesía que restalla y poesía por y para los desesperados, los que siempre tienen sed, como lo es todo lo que escribió Bolaño o lo son los relatos de Lovecraft, de los que Michel Houellebecq decía que, para apreciarlos, había que estar un poco ido, un poco al límite. Recuerdo aquella sensación extraña, aquel turbarse de la percepción cuando leía En la noche de los tiempos (1936), las descripciones de aquellas estancias gigantescas por las que se movían seres que no se parecían a nada de este mundo. No digo que el filme de Teo Hernández trate sobre extraterrestres, pero sí creo que trata sobre estar poseído, sobre otros ojos, sobre ciertos espejos. Cuando, en el cementerio, la música se oscurece y parece que empieza una película de terror, pienso en La oración del desierto de los Surfin’ Bichos y es que, por entonces, todavía me pregunto si mi frente puede llegar a arder. Llega, como una especie de milagro, el color amarillo de un tul, que se apoderará de la pantalla y me hará bastante feliz y me hará soñar y me hará querer no desprenderme nunca de algunas cosas, ahora no sé de qué. Tanto soñaré, que en una asociación de ideas de la que ahora no estoy nada convencido, me diré a mí mismo que podríamos decir que esta película que estoy viendo es un giallo, el más bello e inaprensible jamás filmado, por un mexicano en París, y hasta me entretendré buscando una posible evolución, una cadena de nombres de italianos que lleve hasta Teo Hernández. Pienso en Giulio Questi, por supuesto, y en Ugo Liberatore, y os parecerá una tontería, pero me pregunto por qué diablos tenían que llamarse así esos dos: búsqueda y libertador. Pienso en Carmelo Bene, cuyas películas todavía tengo pendientes, y en Alberto Cavallone, el caballo más salvaje, en un intento de nombrar las cosas. Dice Teo Hernández en algún sitio que no conoce los nombres de las cosas; ninguno de ellos, en realidad, tocó mucho el giallo, más allá de coquetear desde los márgenes, pero volviendo a la película, ahí están, en la pantalla, el amarillo y luego el rojo, la sangre transubstanciada en vino. Pienso también que el otoño pasado creí que la película más loca que iba a ver nunca sobre la embriaguez era el Ticket of no return (1979) de Ulrike Ottinger, y ahora, mira tú por dónde, estoy aquí, escribiendo, borracho.

Ticket of no return (Ulrike Ottinger)

Al principio de Lacrima Christi hemos visto un letrero que decía JOUR, por lo que entiendo que ahora se ha hecho de noche, se han fundido los plomos o estamos perdidos en la oscuridad, como avanzaba la canción que abre el filme. Ya no hay cementerio, no hay nada, tan solo rostros u objetos sobre fondo negro. Es la hora del rojo, rojo profundo o rojo en las profundidades, rojo y blanco, rojo y negro, rojo y la carne y en algún momento me vendrá a la cabeza otra canción que escucho últimamente, Atravesado por el rayo, de Espanto. Quizá esta película podría definirse como un rayo que te atraviesa, y por eso es normal que duela, al fin y al cabo es una descarga eléctrica. Los Pony Bravo decían que no le tenían miedo a los rayos. A mí hay algo que también me alucina y es ver los fogonazos, ver cómo la película literalmente explota una y otra vez en nuestros rostros. Es girar la cabeza un poco, hacia la pared, y ver la luz, golpeando una y otra vez. El resplandor. Y tras zambullirse en las profundidades, volver, volver, volver y sacar la cabeza del agua y la respiración agitada, los resuellos, la pantalla negra, un poco también en algún momento oigo unos leves pitidos rítmicos, como de un corazón, y luego algo que son como pasos o alguien que camina empuñando un bastón que golpea una y otra vez, pesadamente, contra el suelo, o contra puertas invisibles que, aun así, suenan y luego, ruido de cristales, quizá un brindis por los que van a morir pero viven intensamente.

Lacrima Christi (imagen extraída de Lumière)

Me dije a mí mismo que me venían bien el amarillo y el rojo, y el blanco y el negro, y el gris de las tumbas, porque llevaba demasiado tiempo entregado al azul, hasta que la película se vuelve azul y tengo que recular, retirar esa aseveración de persona que se cree que puede escoger los colores con los que se topa. Tiemblo, pequeños calambres en los brazos, puede que la película haya hecho mella en mí. Puede que me esté autosugestionando, no lo descartéis ni por un momento. El tiempo hace rato que se ha disuelto, se ha ahogado, pero nosotros seguimos aquí. Y cuando llegan los créditos, con esa tipografía como de película de terror, veo a un señor con un bastón, y solo ahora, cuando escribo, recuerdo que oí esos sonidos que parecían un bastón que golpeaba contra algo, ¿tendrá algo que ver?, y veo la bola de cristal y pienso en otro filme extraño, único, que se rodó por la misma época, el Phantasma (1979) de Don Coscarelli. Esto fue lo que pensé. Esto es prácticamente todo lo que apunté en mi libreta, en la que también dejé constancia de dos agujeros como de colmillos sobre la superficie de un pan redondo, escribí las palabras mordida de vampiro, menos mal que no fue mordí el polvo o algo así, aunque polvo seamos y en polvo nos vayamos a convertir, quedará el frenesí, nuestras alucinaciones, nuestros escritos febriles, nuestras películas ebrias, como las de Teo Hernández, que murió de SIDA en 1992, dejando tras de sí un reguero de fotogramas -y escritos- que son también su sangre, su memoria, su paso por el mundo.

 

© Toni Junyent, enero de 2017

 

(1)  Notas reproducidas en el folleto proporcionado por el CCCB a los asistentes a la sesión.

* Este artículo es el tercer capítulo del “Diario del Xcèntric 2017”. El primero, dedicado a Manon de Boer y José Val del Omar, se puede leer aquí. El segundo, dedicado a Patrick Bokanowski y Chick Strand, se puede leer en este enlace.