Betrayal

“¿Me da algo para el corazón?”

 

Si algo aprendimos de Melancolía (Melancholia, Lars Von Trier, 2011) y El árbol de la vida (The Tree of Life, Terrence Malick, 2011) es que el dolor humano es capaz de alterar el mundo físico que nos rodea. Puede que en Betrayal (Izmena, Kirill Serebrennikov, 2012) el sufrimiento no genere la destrucción de la Tierra, pero sí es capaz de variar el clima, como si la atmósfera terrestre somatizase los sentimientos de sus personajes. Ocurre en, al menos, tres ocasiones: cuando un marido pone en duda la fidelidad de su esposa (el viento), cuando dos amantes mueren (la tormenta) y cuando una larga relación termina (los rayos de luz).

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En el arranque de la película, un paciente (Dejan Lilic) efectúa una prueba cardiovascular en un hospital y descubre que tiene el corazón roto. No se trata de una cuestión física (todavía) sino sentimental: su esposa le es infiel con el marido de su doctora (Franziska Petri), que comparte con él la catástrofe de ambos. La desesperación masculina parece generar pronto una reacción externa equiparable a los citados fenómenos meteorológicos: Lilic (ningún personaje de la película cuenta con nombre propio) abandona el lugar en el que le han diagnosticado la infidelidad y se produce un brutal accidente de tráfico, del que él escapa con vida por escasos segundos. El impacto emocional de ese choque, que el cineasta ruso filma en un memorable plano secuencia (extraordinario su dominio tanto del off como de la profundidad de campo para plasmar la irrupción inesperada del caos), alcanza tanto al personaje como al espectador. Serebrennikov viene a decirnos que estamos ante un “film-catástrofe” (1), donde las relaciones sentimentales se verán teñidas de extrañeza, así como de azar y predestinación.

La pareja traicionada que conforman Lilic y Petri se encuentra en una situación similar a la de los protagonistas de Deseando amar (In the Mood for Love, 2000), pero su reacción es de una contundencia mayor a la de los personajes de Wong Kar-wai. Mientras que Tony Leung y Maggie Cheung niegan la posibilidad de un romance como el de sus cónyuges adúlteros (“Nosotros nunca seremos como ellos”, escuchamos en el filme), los protagonistas de Betrayal formulan una sentencia opuesta (“Nosotros debemos ser como ellos”, nos dicen con sus actos). La voluntad de réplica se manifestará en un recorrido conjunto por los espacios vacíos en los que el adulterio se ha consumado: un parque con la estatua de un ciervo, un banco, una cafetería y una habitación de hotel. Al detenerse en cada doloroso lugar, él y ella recrearán el comportamiento de sus infieles parejas, hasta el punto de intentar acostarse juntos.

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Hay algo del Alfred Hitchcock de Vértigo(De entre los muertos) (Vertigo, 1958) en esa repetición, en ese recorrido que parece revivir fantasmas como el que perseguía James Stewart por las calles de San Francisco. Los ecos de la película del cineasta inglés emergen también en el peinado de Petri y en su deseo necrófilo, que se manifiesta en una secuencia perturbadora en la que ella se afeita con la maquinilla de su marido adúltero fallecido y acaba comiéndose los pelillos sobrantes de su barba. No se trata de un instante aislado, ya que Serebrennikov sabotea el drama sentimental a través de detalles grotescos, presentes también en el personaje extravagante de la policía, en el delicioso humor negro de dos cadáveres sonrientes y en la escena en que un personaje devora tierra.

Las formas de Betrayal son elegantes y sus planos se sostienen en sofisticados travellings y panorámicas que acompañan a los actores en sus desplazamientos, pero aquello que hace de ella una película verdaderamente estimulante son sus vacíos, que el cineasta ruso parece haber heredado de uno de sus referentes confesos: Michelangelo Antonioni. No en vano, la posibilidad de interpretar el filme de Serebrennikov como un relato en forma de bucle, como un ejercicio de imaginación subjetiva e incluso como una comedia absurda es solo posible gracias a elipsis tan magistrales como la de la muerte de los amantes en el balcón o la de la transformación de Petri en el bosque. Esta última es, sin duda, la decisión formal más atrevida de la película, aquella que supone el salto al vacío más radical (y sublime) para el espectador, que deberá navegar en un relato fracturado en dos en el que un cambio de vestido puede dar pie a un viaje en el tiempo, a una eterna repetición, a un sueño azaroso o a una nueva personalidad. Las múltiples posibilidades abiertas por Serebrennikov sacrifican conclusiones cerradas en beneficio de un relato escurridizo que se resiste a moverse en terrenos seguros. Dado que nos corresponde a nosotros rellenar los vacíos de Betrayal, convendremos en que lo apuntado en estas líneas no son más que pistas que dejan el agradecido misterio sin resolver.

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*Betrayal, que participó en Venecia 2012, es el quinto largometraje de Serebrennikov, cuya obra permanece prácticamente inédita fuera de su Rusia natal. Esperemos que el estreno mundial de su nuevo trabajo ayude a difundir sus películas anteriores. Dos de ellas, Playing the victim (Izobrazhaya zhertvu, 2006) y Yuri’s Day (Yurev den, 2008), ya tuvieron una buena acogida internacional en los festivales de Roma y Locarno, respectivamente.

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(1) El cineasta ruso define Betrayal como una «disaster movie about man-woman relationships»