José Mojica Marins

Horror bizarro desde Brasil

 

Si hay algo que la serie de televisión Perdidos (Lost, J.J. Abrams, Jeffrey Lieber, Damon Lindelof et al., 2004)parece querer grabar a fuego en el inconsciente de sus asombrados seguidores, es que todo está en un sitio por algo y que la finalidad obvia de una persona, un lugar o un objeto no siempre es la finalidad verdadera. Así, el Jurado Joven del pasado Festival de Sitges decidió que el premio Midnight X-Treme’08 no podía ser entregado a ninguno de los realizadores, la mayoría de ellos primerizos, que llegaban a Sitges orgullosos de filmar barrabasadas teóricamente divertidas y proporcionar a los espectadores sangrientas dosis de cine de género hecho por y para freaks. No, el premio de ese año iba a tener un carácter más bien honorífico, ya que recayó en un señor brasileño de 73 años que se paseaba por allí con sus uñas exageradas y su pinta de predicador enajenado.

Ese hombre era José Mojica Marins (Sao Paulo, Brasil, 1936), que había vuelto a dirigir una película 21 años después -su último trabajo como realizador había sido la película porno 48 horas de sexo alucinante (1987). Y Mojica volvía con Embodiment of evil (Encarnação do demônio, 2008), nada más y nada menos que la tercera entrega de una saga de películas iniciada en 1964, una saga que convirtió a su creador y protagonista en el icono instantáneo, fundacional y único del cine de terror brasileño. Ese icono se llama Josefel Zanatas, aunque se le conoce popularmente como Zé do Caixão, y es un cínico enterrador con vocación de profeta, obsesionado con engendrar al hijo perfecto que salvará a la raza humana de su endémica mediocridad. Resultó que, de todas las películas que conformaban la sección Midnight X-Treme del 41º Festival de Sitges, la más singular y reivindicable de todas era Encarnação do demônio. En realidad, para el Jurado Joven, conceder este premio fue casi igual que dárselo a un joven realizador, puesto que hasta poco antes de Sitges no tenían mucha idea de quién era José Mojica Marins. Y, en parte, ese fue el motivo por el que se me encargó este texto.

El mismo Mojica interpreta en sus películas a Zé do Caixão. Hoy en día es francamente difícil imaginar que existiera otro actor que pudiera haberle conferido a Zé do Caixão la personalidad y la furia genuina que le supo dar Mojica. Y hay que darle las gracias a la diosa Fortuna por ello, pues el cineasta se convirtió en Zé do Caixão de una forma nada premeditada. Ocurrió simplemente que nadie quería hacer un papel tan inquietante y subversivo, y el actor que finalmente iba a interpretarlo se echó atrás muy a última hora, por lo que Mojica cogió una capa y un sombrero que encontró en el estudio, se puso un vestido negro y empezó a hacer de Zé do Caixão en À meia-noite levarei sua alma (1964), la primera película de terror de la historia de Brasil.

 

Hacerse a uno mismo

El brasileño fue un cineasta precoz. También un espectador de películas precoz, ya que desde muy pequeño vivía encima de un cine, en el que trabajaba su padre, y se podría decir que se pasaba los días viendo películas. Hasta que empezó a hacer las suyas. Como hijo de católicos, educado en el catolicismo y fascinado por las posibilidades fantásticas de esa mitología, pronto se le ocurrieron ideas que mezclaban la religión con el mundo de los cómics y la ciencia-ficción en el que también se estaba adentrando.

En 1953 se lanza con un accidentado primer largometraje, Sentença de Deus (1958), que no llegará a terminar, entre otras cosas por la muerte de dos actrices distintas que iban a interpretar el papel protagonista: una se ahogó en su piscina y otra murió de tuberculosis. Y, según IMDb, una tercera actriz perdió las piernas en un accidente. Su debut oficial fue Adventurer’s fate (Sina de aventureiro, 1958), una suerte de western rural que no gustó a la Iglesia porque había una escena en la que, de lejos, se veía a dos mujeres bañándose desnudas en un lago. Su siguiente película, Meu destino em tuas mãos (1963), es un musical sobre unos niños de la calle que pasan penurias y que acaban recibiendo la ayuda de los curas que los encuentran y los integran en su comunidad. Mojica rodó este filme aconsejado por los clérigos, que le pedían que hiciera algo bonito, que mostrase las cosas buenas de la Iglesia. Pero, de todas formas, se le seguía viendo como un tipo con ideas raras que, además, no era un intelectual, sino más bien un iletrado y por lo tanto, no estaba legitimado para dárselas de cineasta.

 

El principio del fin

Mojica Marins cuenta que el personaje de Zé do Caixão se le ocurrió a raíz de una pesadilla en la que se internaba en una extraña caverna donde un hombre de negro le mostraba una lápida, la suya, con su nombre y una fecha. Y esa anécdota, que le recordaba la implacabilidad de la muerte, se convirtió en una epifanía en toda regla y llevó a Mojica a urdir un contradictorio personaje que se burlaría de la fe, de todas las clases de fe, de la ignorancia y del servilismo como azote a un pueblo que vivía en la miseria y aún así confiaba ciegamente en los designios divinos. Presentó así a un sádico de verborrea trascendente, que veía en las mujeres un elemento a subyugar y cuya cosmovisión tenía una única finalidad, la reproducción. La de Zé do Caixão es la quimera en busca de la mujer perfecta, una mujer intelectualmente capaz, el cuerpo que albergará su semilla y alumbrará al hijo pródigo, al salvador de la patria, algo parecido al “superhombre” de Nietzsche. La inmortalidad de la sangre. Hoy en día, siempre que le preguntan, Mojica describe a Zé do Caixão como un pacifista, un soñador cuyo edificio moral se sustenta sobre la tesis de que para construir primero hay que destruir, y de ahí que mate, viole y maquine: todo sea por sacar a Brasil de la apatía, todo sea por los niños hambrientos del Brasil, esos niños, a los que, eso sí, Zé do Caixão defiende en sus películas. Los adultos son sustituibles, los niños no. Los niños son el futuro, el supuesto progreso o retroceso de una sociedad.

Sea como fuere, el pueblo brasileño no tardó en apropiarse de su nuevo ídolo. Zé do Caixão se convirtió en una especie de redentor de los pobres y en un reflejo grotesco de la geografía mental brasileña, de las ansias de cambio, de la desesperación, del hambre. Y el díptico que forman À meia-noite levarei sua alma y Esta noite encarnarei no teu cadáver (1967) (1) propició otra reacción o más bien, una observación. Resultó que los integrantes del llamado “Cinema Novo”, el movimiento cinematográfico oficial, los intelectuales que hacían películas intelectuales sobre la situación social, se dieron cuenta de que la gente no iba a ver sus películas, pero sí las de Mojica. Quizá porque el cine de Mojica siempre tuvo como finalidad última el entretenimiento, mientras que aquel grupo que encabezaba Glauber Rocha (2) hacía películas para gente con recursos, gente que quisiera entenderlas. Y esas películas podían gustar en los festivales europeos, pero en Brasil solo les hacían caso cuatro gatos. En cambio, lo que proponía José Mojica Marins era algo más directo, visceral, era cine que salía del subconsciente, sin filtrar, era horror, era locura, era un viaje alucinante que sí conectó con mucha gente que no quería oír hablar de la realidad.

Y fue el principio del fin, o el fin del principio, como diría Zé do Caixão. Ahora la Iglesia y los estamentos oficiales sí que iban a tener motivos fundados para recelar de Mojica Marins y de sus películas, para temer un fenómeno social que iba a ser casi instantáneo y que haría que el cineasta brasileño fuera ya, para siempre, indisociable de su álter ego ficticio. Y también fue el principio del fin porque, en realidad, aunque han pasado más de cuarenta años y Mojica ha dirigido una treintena de películas, la vida real del personaje de Zé do Caixão en las películas sería más bien efímera.

 

Algo parecido a la autodestrucción

Maticemos. Las únicas películas protagonizadas por Zé do Caixão son tres: À meia-noite levarei sua alma, su secuela inmediata Esta noite encarnarei no teu cadáver y Encarnação do demônio, un regreso quizá anacrónico, pero desde luego, nada crepuscular. De 1968 es O estranho mundo de Zé do Caixão (1968), una película de terror compuesta por tres historias distintas en la que, a pesar del título, no aparece el personaje de Zé.

Tras estrenar las dos primeras películas de la saga, empezando a ser valorado por parte de la crítica y despertando la admiración de la mayoría de miembros del Cinema Novo, el cineasta podría haberse subido al primer tren, al más seguro, y hacer de Zé una especie de icono folklórico, rodando una secuela tras otra, con distintas temáticas, hasta que todo el mundo se acostumbrase a él. Esto último, en realidad, ya lo había conseguido: Zé do Caixão era un personaje mediático, inscrito en la cultura popular. Con el tiempo, grupos de música brasileños como Sepultura, Os Mutantes o la banda de death metal Necrophagia, le homenajearían en distintas canciones. Rob Zombie utilizó el inicio de O ritual dos sádicos (1970) para un videoclip de su grupo White Zombie. Y quizá sepáis que también aparece en un videoclip de Los Fresones Rebeldes.

Si los anglosajones tenían a Christopher Lee y Peter Cushing haciendo siempre papeles similares, en México estaba El Santo y, en España, Paul Naschy, Mojica Marins podía ser su equivalente brasileño. Pero Mojica era, de alguna manera, un señalado, un proscrito, un renegado, y el éxito de sus películas ponía de manifiesto la hipocresía de una sociedad fascinada por Zé do Caixão que, a la vez, a través de los medios de comunicación, cuestionaba su moralidad y su validez como producto cinematográfico.

Lo que hizo Mojica fue algo parecido a la autodestrucción; inició un camino sin retorno, una deconstrucción de su personaje, Zé, en tanto que icono mediático. Empezó a aparecer en varias de sus películas interpretándose a sí mismo, jugando con el público y haciendo constar que él se llamaba José Mojica Marins y no Zé do Caixão. La película que simbolizaría esa autodestrucción, la más ambiciosa que dirigió Mojica, y una de las más logradas, es O ritual dos sádicos, una atrevida y ocurrente reflexión sobre el origen de la violencia en la sociedad y en los medios de comunicación, nada sutil pero efectiva, en la que el cineasta le guiñaba un ojo a la censura y daba rienda suelta a su imaginario grotesco en el psicotrónico tramo final de la película, todo un tour de force surrealista que se encuentra entre lo mejor que ha filmado el brasileño. O ritual dos sádicos fue en su momento una película ultrajante, que pintaba a los brasileños como unos reprimidos sexuales cuyo subconsciente era una cámara de torturas. En el filme, Mojica es sometido a una especie de juicio televisivo en un programa de debate que no dista mucho de la basura que seguimos viendo a diario en nuestras televisiones. El personaje de Zé do Caixão es objeto del experimento de un psicólogo que pretende demostrar que el siniestro enterrador de las largas uñas no es tan diferente al común de los mortales. Todos soñamos con ser malos alguna vez.

Combinando blanco y negro y diferentes filtros de color -era su primer filme en color-, Mojica consiguió que su película fuera una experiencia totalmente desconcertante, avanzada a su tiempo y surcada por un humor insano que no gustó nada a aquellos a los que no tenía que gustarles. Paradójicamente, o no, fue su última gran película. Al año siguiente estrenó Finis hominis (1971), una comedia curiosa, simpática, pero algo fallida, en la que también pretendía hacer cierto comentario social, poniéndose en la piel de un misterioso personaje que surge de la nada y empieza a obrar milagros, convirtiéndose en un Mesías, adorado por los pobres y los hippies, hasta que se vuelve al sanatorio de donde había salido. Tras algo tan salvaje como O ritual dos sádicos, quizá el cineasta pretendió filmar una película con un tono más amable y esperanzador. Finis hominis tuvo una secuela, Quando os deuses adormecem (1972), que pocos fuera de Brasil han visto y que hoy en día es muy difícil de conseguir.

 

Vídeos extraños

La mayoría de las películas comentadas hasta ahora son las más conocidas que hizo Mojica y las de más fácil acceso. A lo largo de la última década, han ido editándose diversos DVD en Brasil y en otros países que han contribuido a restituir el prestigio de un cineasta osado y singular que creó de la nada el cine de terror brasileño, inmortalizando al personaje de Zé do Caixão. Paradójicamente, después de Finis hominis, su cine fue derivando cada vez más hacia la exploitation: hizo varias de terror, pero también comedias eróticas y algún western hasta llegar a filmar, en los 80, cuatro películas porno, que no por ser pornográficas dejaron de contener los elementos psicodélicos que caracterizaban su cine. De hecho, incluso aparece interpretándose a sí mismo en 48 horas de sexo alucinante, película en la que hay un momento impagable: Mojica dirigiendo una escena falsa de zoofilia equina con dos actores, hombre y mujer, en el interior de los caballos ficticios y colocándose en posición para la penetración.

Si algo le ha dado a todas estas películas una textura casi preternatural, un importante valor añadido, ha sido la dificultad para conseguir copias de las mismas. Los chicos de Something Weird Video, especializados en recuperar cine ignoto y extraño, comercializaron durante los años 90 copias en vídeo de varias películas de Mojica; copias de visión más que deficientes en muchos casos.

Pero esa misma deficiencia les daba a los filmes algo, eso que a veces llamamos “un no sé qué”. Hace relativamente poco pude visionar A estranha hospedaria dos prazeres (Marcelo Motta, 1976), una película sobre una idea original de Mojica, pero dirigida por Marcelo Motta. Eran pasadas las doce de la noche y ver aquellas imágenes oscuras, en blanco y negro, las figuras a veces borrosas de los personajes, esa música minimalista y psicodélica, hicieron que una película técnicamente limitada y algo anodina terminara por estremecerme, sobre todo en su melancólico desenlace. Para que os hagáis una idea, es una película sobre una serie de personas que llegan a un hostal en medio de la nada, un hostal sórdido regentado por un personaje al que interpreta Mojica. No ocurre casi nada en la película, vemos a los personajes en sus habitaciones, jugando a las cartas, haciendo el amor, discutiendo. Hasta que descubrimos que en realidad aquello es una especie de purgatorio, de última parada previa al Más Allá y, a través de una serie de flash-backs, descubrimos que todos están muertos. Y se acaba, y no sabes cómo, pero la película ha logrado inquietarte.

De 1978 es Delírios de um anormal, la última de las películas “famosas” y localizables de Mojica Marins. El cineasta aparece de nuevo interpretándose a sí mismo para tratar de ayudar a un hombre que tiene pesadillas en las que el personaje de Zé do Caixão secuestra y posee a su mujer. Ésa es la excusa argumental mínima de la que se sirve Mojica para montar, casi a modo de tráiler lisérgico, escenas censuradas de sus películas anteriores. No obstante, si ya habéis visto las versiones íntegras y restauradas que existen hoy en día en DVD, ya lo habréis visto casi todo. Aún así, para el recién llegado al universo de Mojica y para los que nunca se cansan de este loco brasileño, la película funciona como la pesadilla de alguien que ha estado sometido a una sobredosis de Zé do Caixão.

A finales de los 80 Mojica dirigió un documental ficcionalizado/ficticio sobre sí mismo, Demônios e maravilhas (1987), algo ombliguista y autocomplaciente, pero interesante como testimonio biográfico. En él, Mojica nos muestra la crisis personal y creativa que sufrió tras la muerte de su padre a principios de los 70, además de ilustrar sus conflictos con las autoridades -que le llevaron a pasar un día en la cárcel- y un ataque al corazón que sufrió tras ser increpado por un espectador tras la proyección de una de sus películas.

 

Un gusto adquirido

No soy experto en José Mojica Marins. No he visto todas sus películas ni me considero demasiado legitimado para hablar de forma seria e intelectual sobre ellas. Quizá hablar sobre ellas de forma seria e intelectual sea hacerles un flaco favor; me temo que lo mejor que se puede hacer es verlas, experimentarlas, disfrutarlas. Habrá quien diga que su cine era muy barato, que era cutre y en efecto, así es. Mojica y la gente que hacía cine con él trabajaban casi como una cooperativa: para conseguir hacer la siguiente película debían poner cada uno un poco de dinero, encontrar financiación de donde fuera para sacarla adelante. Y desde luego es sumamente interesante ver la clase de resultados que podían salir del método de trabajo de alguien que siempre se consideró más un creador de imágenes que un cineasta. Él ha explicado alguna vez que casi nunca trabajaba con un guión escrito; la mayoría los firmaba su amigo Rubens Francisco Luchetti. Él se limitaba a contarle las ideas visuales a su equipo y la escena solía salir también gracias al talento de su director de fotografía habitual, Giorgio Attili. Pese a las limitaciones de los presupuestos, Mojica siempre quiso que sus películas fueran, sobre todo, una experiencia visual. El suyo era un cine de ideas más que de argumentos.

Hace algunos años, cuando yo apenas había visto uno o dos filmes de Mojica Marins, empecé a intercambiar películas con José Antonio Diego (3), quien me contagió unos cuantos fetichismos fílmicos. Gracias a él, empezaron a llegarme a casa cintas de vídeo con dos películas en cada una, con O ritual dos sádicos, A estranha hospederia dos prazeres o 48 horas de sexo alucinante. Era emocionante tener en mis manos aquellas cintas VHS -un medio que estaba a punto de quedar definitivamente obsoleto- con extrañas películas, italianas, españolas y brasileñas.

Ver Encarnação do demônio en un cine ya no es lo mismo. No solo porque las películas de Mojica eran, por definición, filmes malditos, difíciles de encontrar en buenas condiciones, sino porque ver a Zé do Caixâo a todo color, con efectos digitales modernos, una narrativa más bien limpia… es otra cosa. Pero es una satisfacción comprobar que el alma sigue siendo la misma, que Mojica no ha moderado un ápice su discurso, ni sus inclinaciones sadianas, ni su gusto por lo grotesco. De hecho, la película sigue prácticamente el mismo esquema de las anteriores entregas de la saga de Zé. En entrevistas recientes, Mojica Marins dice que ya prepara una nueva entrega de la saga para 2010. Que, por supuesto, será bienvenida, y aún más en estos tiempos en los que a cualquier cosa se le llama psicodelia y cualquier principiante dice hacer cine underground. Mientras tanto, espero que este humilde texto sirva, como mínimo, para que os pongáis a buscar algunas de las películas mencionadas.

 

(1) Una secuela que no desmerecía para nada el filme original y que es célebre por la antológica visita de Zé do Caixão al infierno, a todo color, durante una pesadilla.

(2) Glauber Rocha fue un admirador confeso de Marins. A finales de los 70, estuvieron a punto de filmar juntos una película que hubiese reunido a Zé do Caixão con António das Mortes, el protagonista de Dios y el diablo en la tierra del sol (Deus e o diabo na terra do sol, 1964), pero la muerte de Rocha en agosto de 1981 impidió que la película llegara a buen puerto.

(3) Podéis visitar su blog en el que, divididas por el país de procedencia, hay reseñas de muchas películas, entre las que los adjetivos “extraño” y “maldito” son el denominador común.

(*) Todas las imágenes que ilustran este texto se han extraído  de la web oficial de Zé y de la web oficial de Encarnação do demônio.