Tournée

Las chicas son guerreras

 

1. Masculinidad

En su primer largometraje como director para el cine, Mange ta soupe (1997), Mathieu Amalric decidió convertir al actor Jean-Yves Dubois en protagonista transformándole en su verdadero álter ego clónico: mismos gestos, misma mirada, misma desgana vital… Se empezaba a forjar el estereotipo de personaje enteramente amalricain: hombre de mediana edad, de vuelta de todo, que camufla sus fracasos bajo una pátina de extravagancia desquiciante. El “hombre Amalric”, cuyo copyright debería pertenecer con justicia a Arnaud Desplechin, es el perfecto reflejo afrancesado de una masculinidad en crisis ya explorada anteriormente por Philippe Garrel y cuya onda expansiva alcanza, por ejemplo, a Hong Sang-soo, aunque posiblemente todos ellos le deban algo a Woody Allen.

La novedad en Tournée (2010) es que Amalric, consciente de todo el caudal imaginario que aglutina su figura, decide encarnar él mismo al hombre perdido, Joachim, un productor teatral expatriado a los Estados Unidos que decide regresar a su país de gira junto a un grupo de artistas de burlesque. La elección no es gratuita: la virilidad desequilibrada debe lidiar con la fortaleza de toda una feminidad unida, voluptuosa y grandilocuente, formada por ese grupo de mujeres que parecen salidas de las películas de Russ Meyer o de Tinto Brass. Mientras ellas elaboran ese espectáculo “hecho por mujeres y para mujeres”, Joachim debe mover el espectáculo por toda Francia y, paralelamente, enfrentarse a los errores de su pasado y a su desastrosa paternidad. Ese trayecto, aleatorio y libre, que configura el filme nos sirve para desenterrar la biografía oculta que se esconde detrás del hombre y, por fin, empezar a entender qué hay tras esa excentricidad sobre el alambre tan característica de la figura amalricaine.

 

2. Feminidad

Por su parte, las mujeres de Tournée camuflan todos sus miedos y miserias (que las tienen) bajo el disfraz hortera de la felicidad descarada, casi insultante, de quien no tiene nada qué perder o no teme perder nada. Sin embargo, Tournée es un filme entristecido, un paciente que se combate entre la vida y la muerte empleando toda la fuerza necesaria para tirar hacia adelante. Ese optimismo forzoso se refleja en el modo en cómo Amalric filma los números del espectáculo de burlesque: siempre entre bastidores, de lejos, sin dejar que nos contagiemos plenamente de la alegría del espectáculo o, al menos, recordándonos que tras la aparente espontaneidad de quien se saca pañuelos de seda de la vagina, se esconde una persona real al bajar del escenario.

Poco a poco vamos descubriendo que ellas, pese a su aparente despreocupación, también han dejado una vida atrás. Es entonces cuando de entre todo el grupo surge en primer plano Mimi Le Meaux (Miranda Colclasure), esa especie de Marilyn fotografiada por David Lachapelle que enamora al Amalric personaje y al Amalric director. La cámara filma su cuerpo con respeto y devoción (no en vano es de las pocas mujeres a las que no veremos plenamente desnuda), ese cuerpo que parece aglutinar una feminidad agresiva, casi furiosa, capaz de provocar que un joven se corra en los pantalones únicamente con su presencia. Ella se convertirá en la amante catártica de un Joachim que, tras acostarse con ella, renacerá convertido en persona real y será adoptado por las mismas artistas que solo veían en él al egocéntrico e irresponsable productor, y en el que ahora descubrirán al niño culpable e indefenso.

 

3. Evasión

La tournée organizada por Joachim para sus chicas es invadida por todo lo contado, ese camino de redescubrimiento y redención de un hombre que intenta reconciliarse con su pasado, acompañado por su grupo de mamás descontroladas que acaban por acurrucarle en su pecho. Pero, a efectos prácticos, el objetivo de Joachim es lograr llevar el espectáculo a algún teatro de Paris, mcguffin del filme finalmente frustrado. Como en Le stade de Wimbledon (Mathieu Amalric, 2001), filme que versaba sobre la figura de un escritor que nunca escribió un libro, Tournée se convierte en la historia de un espectáculo nunca estrenado en París, último fracaso vital de un productor que, sin embargo, vivirá el viaje como una victoria: el triunfo del ser humano sobre el arquetipo.

En el espacio que debió de haber ocupado la ciudad del Sena, todo el grupo acaba alojado en un hotel abandonado, alcanzando ese oasis de evasión donde el tiempo se para. Será en una de las habitaciones de ese hotel donde Mimi se acueste con Joachim, clímax del filme que banaliza todo lo anterior. Tanto es así que en ese hotel-fantasma acabará la película contagiándonos, pese al fracaso, de una redescubierta felicidad. La última imagen de Joachim, micrófono en mano, gritando aquello de “¡que empiece el espectáculo!” nos hará entender que ese hotel y todo el tour han sido el balneario vital tras el cual todo puede volver a comenzar con mayor fuerza que nunca.

 

© Gerard Alonso i Cassadó