Cine y carretera

Persiguiendo la identidad estadounidense

 

1. El partir y la partida

“La nostalgia de lo no vivido”. Esa es la bella frase que sirve de punto de partida al viaje literario emprendido por Cesare Fiumi, un periodista italiano que, a finales de los 90, recorrió de nuevo el camino que, cuarenta años atrás, hizo célebres a Jack Kerouac y Neal Cassady (1). El tiempo no ha pasado en balde y, mal que nos pese, la generación beat es hoy tan solo una etiqueta tan desvirtuada como lo está la ya casi intransitable -pero también emblemática- ruta 66. Recorrer el vasto territorio estadounidense sigue siendo, sin embargo, una experiencia encomiable y, aun con su pátina nostálgica, la prosa de Fiumi nos invita a recuperar la inocencia, a dejarnos llevar, a volver sobre un país mítico y mitificado que, a través de la música, la literatura y el cine, ha construido un imaginario inagotable sobre el que se sostienen los deseos de nuestra sociedad occidental que, al menos desde mediados del siglo XX, parece haber desviado definitivamente la mirada del viejo al nuevo continente.

No sabría decir qué me llevó exactamente a los Estados Unidos, pero todo viaje es una búsqueda. Y guiado por mis limitados conocimientos, emprendí un trayecto en el que se dieron cita toda una serie de obsesiones histórico-culturales que, espero, no sean ajenas al lector de estas líneas. Dice el escritor francés Michel Houllebecq que el turista común solo espera ver reproducida ante sus ojos la postal del lugar que le han enseñado antes de partir. Y, luego, fotografiarla “en vivo” para dejar constancia de su visita. En parte por ello, recorrer el país norteamericano puede resultar una experiencia frustrante. La imagen que uno tiene de este no se corresponde exactamente con la realidad. Bien es cierto que están los rascacielos, los desiertos, las gasolineras e incluso los vaqueros, pero la complejidad pronto asoma en el horizonte y, por mucho que se empeñe Lars von Trier (2), no se puede retratar a su ciudadanía sin salir de casa. Otra opción es seguir el consejo del filósofo Jean Baudrillard que aseguraba que si recorremos quince mil kilómetros a través de Estados Unidos sabremos más de este país “que todos los institutos de sociología o de ciencia política juntos”. Ocho mil millas después no sería tan tajante, pero podría coincidir con él en que América (y disculpen que use este vocablo tan genérico) solo se puede comprender atravesándola, sintiéndola a ras de suelo.

 

2. El auto y el motivo

¿Y qué trasporte mejor para hacerlo que el coche? El ferrocarril de antaño tenía su aquel y el avión de hoy nos ahorraría (innumerables) horas muertas en la carretera, pero no sería lo mismo. Y más si uno es medianamente joven. Desde los tiempos de Rebelde sin causa (Rebel without a cause, Nicholas Ray, 1955) la ansiada libertad de la juventud ha estado, precisamente, ligada a la independencia que proporciona el automóvil. Con mayor o menor fortuna, han sido muchos los norteamericanos que han intentado seguir el camino marcado por James Dean. Al fin y al cabo, en Estados Unidos el carné de conducir llega antes que la madurez y no es más que un anticipo plastificado de esta. Una oportunidad para vagar, para moverse porque sí. De estar tan felizmente mareados y confundidos, como se muestran los protagonistas de Movida del 76 (Dazed and confused, Richard Linklater, 1993), unos tipos que aún no han cumplido la mayoría de edad, pero que desde sus autos -y con Led Zeppelin a todo volumen- intentan preguntarse quiénes son y quiénes serán. No importa si lo consiguen. Porque, cuando aparecen los créditos finales, a uno le queda la sensación de que los personajes de Linklater no están tan alejados de la filosofía beat y también piensan que el constante movimiento, el recurrente ir y venir, es una forma de vida posible. Frenarse no es, por tanto, una opción satisfactoria. Asentarse es abandonar la carretera vital, apaciguar los sueños y dejar de ser un “chiflado” (Kerouak dixit) que “está lo bastante loco para vivir, para hablar, para dejarse salvar, para desearlo todo y de inmediato”.

Los deseos de cambio fueron, sin duda, irrefrenables durante las décadas de los sesenta y los setenta. América dejaba ver, más que nunca, sus dos caras. Y en el asfalto -¿dónde sino?- se enfrentaban el pasado (la tradición) y el futuro (la utopía). John Wayne vs Dennis Hopper. Cowboys vs hippies. O algo parecido. Una lucha imposible que, de algún modo, se plasmaría en Easy Rider (Dennis Hopper, 1979), un filme que dejaba constancia de la tensión entre dos formas de ver el mundo, entre dos formas de entender lo que son (o lo que se supone que deben ser) los Estados Unidos. Y allí estaba yo, unas cuantas décadas después, recorriendo de nuevo esas carreteras, preguntándome qué quedaba de todo aquello, cuestionándome en qué país me había metido. No había autoestopistas, pero sí motoristas. Lo que más me llamó la atención fue, sin embargo, el paisaje. El atardecer rojizo en la lejanía. Las montañas y las llanuras en los flancos. Los escasos coches, detrás. Y delante, nada más que carretera. Tan inacabable como el horizonte. Tan cinematográfica como sus constantes carteles de ciudades y estados. Nombres (espacios) que despertaban mi (nuestro) imaginario cinéfilo y que van de Wichita a Death Valley, de Las Vegas a Texas, de Nuevo Méjico a San Francisco. De las expectativas a la realidad.

 

3. El mito y la(s) historia(s)

Aceleremos. La autopista no nos da otra opción. El clima y el terreno se transforman gradualmente y, en pocas horas, uno pasa del viento tormentoso de Chicago al calor sofocante de Memphis. El paisaje artificial es, en cambio, extrañamente reiterativo, casi mimético. Cadenas de limpios moteles, centenares de drive inns, pueblos intercambiables, estaciones de servicio sin apenas personalidad. Me freno e intento meditar. ¿Y si resulta que la carretera es algo más que el pegamento que unifica los distintos territorios de Estados Unidos? ¿Y si resulta que es la esencia del país en sí? Procuro quitarme esta idea simplista de la cabeza y me inclino por sintonizar una emisora local. Suenan los Lynyrd Skynyrd y luego Johnny Cash. Nos acercamos al oeste, al tan ansiado western. Otros europeos lo “conquistaron” varios siglos atrás y, por mucho que el cine estadounidense nos haya convencido de sus “bondades” durante décadas, no podemos evitar sentirnos un poco culpables. Al parecer, a principios del siglo XVII, un indio americano llamado Squanto enseñó a los peregrinos ingleses a cultivar maíz y de ahí surgió la celebración fraternal del primer Día de Acción de Gracias. Debió de ser uno de los pocos encuentros amistosos entre colonizadores y colonizados. Desde entonces, todo se complicó. Y más a partir de 1848, con la aparición de oro en California. Los indígenas habían sido expulsados de las zonas costeras atlánticas, pero se les prometió que sus tierras restantes no serían violadas. El pacto, claro, no se respetó y el resto de la historia ya la conocemos todos. Nació un imperio y agonizó una civilización.

No doy con el primer “nativo” (si es que este término aún tiene sentido hoy) del viaje hasta Window Rock, Arizona, suerte de capital poco transitada de la nación de los navajos que, al igual que otras tribus indias americanas, gozan hoy de ciertas competencias a modo de tardía compensación histórica. Allí me doy de bruces con una estatua de bronce erigida en honor a los windtalkers, aquellos soldados navajos que evocaba John Woo en su filme y sin los que, probablemente, América no hubiese vencido al ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial (3). Es curioso. No fue hasta 1975 cuando el Acta de Autodeterminación India cumplió parcialmente las expectativas de la población tribal, pero antes, en una de las batallas más sangrientas del siglo XX, los descendientes de los colonizados habían echado un cable a su omnipotente colonizador. Un gesto altruista y contradictorio del que, al menos, esta estatua deja constancia. Algo que no siempre sucede en Estados Unidos, un país tan joven que apenas nos muestra signos visibles de su (breve) Historia. El cine, sin duda, les ha ayudado a construir el mito y mientras uno pasea por las montañas de Monument Valley no puede más que recordar los westerns de John Ford. Con una pequeña, pero significativa diferencia. Ahora son los indios americanos los que han recuperado el control y los encargados de gestionar un terreno que, unas décadas antes, había servido para estigmatizarlos desde el celuloide y que hoy es fuente de importantes beneficios económicos generados por el turismo. Los monumentos, es cierto, también ayudan a comprender mejor la evolución de una sociedad. Y no me refiero solamente a las construcciones artificiales (panteones, esculturas, edificios) sino también a las naturales, como esos valles rocosos a los que hacíamos referencia. Quizá son, precisamente, las erosionadas piedras, rocas y montañas que ocupan el vasto terreno norteamericano las que mejor explican –con su silencio- las transformaciones que ha vivido un espacio (hoy, un país) en los últimos siglos. No por casualidad, el Monte Rushmore -uno de los mayores emblemas de la ciudadanía estadounidense- es también una piedra, una monumental escultura de granito en la que una nación parece haber querido incrustar su Historia, dejando grabados -¿para la eternidad?- los rostros de cuatro de sus presidentes más emblemáticos: George Washington, Thomas Jefferson, Theodore Roosevelt y Abraham Lincoln. ¿Nos acordaremos de ellos cuando caiga el Imperio? Supongo que no nos quedará otro remedio. Según los cálculos del astrofísico David Brin, es probable que, de aquí a 10.000 años, el único vestigio en pie de la civilización humana sean precisamente esos enormes caretos.

 

4. El monumento y el colono

Por ahora, los signos de debilidad neoliberal son, a simple vista, insignificantes. Al menos, en la carretera. Nadie parece verse excesivamente preocupado por la crisis mundial y el precio de la gasolina resulta más que razonable. En las ciudades, en cambio, la impresión es ligeramente diferente. Nueva York, siempre Nueva York, ha sido inevitablemente la primera parada del viaje y pocos establecimientos comerciales parecen ajenos a la recesión económica. Las pantallas que pueblan la metrópoli -Times Square en la delantera- tampoco olvidan el estado de la situación, pero se resisten a rendirse y siguen emitiendo ininterrumpidamente anuncios atrayentes que casi nos obligan a levantar la vista y a fijar la mirada en enormes neones. Tanta información audiovisual es imposible de asimilar, sí, pero deja constancia de un desenfreno consumista inherente al sistema capitalista. El mismo optimismo no se desprende visitando el World Trade Center. O lo que queda de este. Tantas veces hemos visto por televisión la caída de las Torres Gemelas que casi somos inmunes a la realidad, pero el vacío de la Zona 0 nos obliga a plantear cuestiones parecidas a las que se han discutido en Europa a propósito de los edificios erigidos por los regímenes dictatoriales. ¿Es necesario construir de nuevo unos rascacielos (o lo que sea) en el epicentro económico de América? ¿No es más eficaz dejar (a modo de homenaje) que este espacio vaciado recuerde la locura terrorista del 11-S? No tengo respuestas y tampoco sé si en Berlín, por ejemplo, se debe restaurar el muro de la vergüenza (para que nadie olvide que existió) una vez caiga, dado su visible deterioro. El periodista Carles Guerra se muestra más posicionado y asegura, en referencia a las construcciones nazis y franquistas, que deberíamos “integrar (los monumentos) en el espacio público. Una vez destruido el objeto que sostiene el símbolo, desaparece la oportunidad de indagar más sobre él”(4).

No lo tengo claro, pero seguimos con la visita. Dejamos el metro y tomamos un taxi. El conductor es egipcio y no dispone de licencia, pero nos fiamos de él. No parece tan cabreado como el Travis Bickle de Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) y, tras una agradable conversación, nos deja cerca de Chinatown. Y he aquí la manifestación de una de las cuestiones más conflictivas de América, la integración. Nadie se cree ya el cuento de “la tierra de las oportunidades”, pero lo cierto es que, a lo largo del siglo XX, han sido muchas las razas y las ciudadanías que se han integrado en Nueva York. Siguen existiendo guetos -una considerable porción de la población de origen chino da buena fe de ello-, pero la situación es mejor que antaño. Al fin y al cabo, este ha sido desde su fundación un país de colonos y parece destinado a una cierta multiculturalidad. Aun así, no me veo capaz de calibrar hasta qué punto es eso cierto; pues es evidente que la llegada de tradiciones distintas no puede más que poner en tela de juicio la tan cacareada identidad estadounidense. Recientemente, un par de excepcionales películas francesas, Cuscús (La graine et le mulet, Abdel Kechiche, 2007) y La clase (Entre les murs, Laurent Cantet, 2008), planteaban el conflicto que surgía entre la vieja idea enseñada en las escuelas de “La Gran Francia Colonial” y la nueva realidad que transmitían las generaciones venideras e integradas, los inmigrantes africanos de segunda y tercera generación. Mientras esperamos a que un filme nos descubra una realidad parecida en Estados Unidos, no viene mal releer a John Fante que, en su áspera novela Pregúntale al polvo, dejaba entrever los conflictos entre ciudadanos norteamericanos de primera y segunda clase. Publicado en 1939, el libro fue hijo de la época posterior al crack bursátil del 29 (otra crisis aún mayor que la actual) y ponía de manifiesto el choque existente entre un escritor italoamericano (Arturo Bandini) y una camarera mexicana (Camila, de la que él está enamorado). Sirvan de ejemplo estas líneas entonadas en pleno delirio del protagonista: “Yo era americano y me sentía muy orgulloso de ello, hasta el tuétano. La gran ciudad en que estaba (Los Ángeles), el asfalto poderoso que me sostenía y los edificios soberbios que me cobijaban eran la expresión de mi América. De entre la arena y los cactos los americanos habíamos sabido levantar un imperio. La raza de Camila había tenido su oportunidad. Y la había desaprovechado. Los americanos lo habíamos conseguido. Gracias, Dios mío, por la patria que me has dado. Gracias, Dios mío, por haberme hecho nacer en América”.

 

5. La «limpieza» y la esencia

América. América. América. Te habíamos empezado a recorrer en coche y a un auto debíamos volver. Antes de dejar Nueva York, sin embargo, cabía acordarse nuevamente de Martin Scorsese. Él, al igual que el personaje de Fante, también es de origen italiano y quizás, aunque creció varias décadas después, su visión del país no podía ser tan luminosa como la de algunos de sus colegas de profesión. Mientras Woody Allen retrataba una Manhattan clasista, liberal y esnob; Scorsese filmaba Taxi Driver. Corrían los setenta y su Travis Bickle no parecía tener conflictos raciales, pero sí problemas con la sociedad. A un candidato a la alcaldía le pedía lo siguiente: “(You) should clean up this city here…because this city is like an open sewer, it’s full of filth and scum. Sometimes I can hardly take it”(5). Nadie pareció hacerle caso en la ficción, pero, un par de décadas después, el alcalde neoyorquino del partido republicano Rudolph Giulani llevó sus palabras a en la realidad y se decidió a hacer de la Gran Manzana una ciudad “más limpia, más brillante y más segura”. Su “barrida”redujo la criminalidad, sí, pero, a su vez, disparó la presencia de agentes de la ley y con ello el aumento de casos de abusos policiales. Hasta el punto que, en 1998, no solo se eliminaron casi por completo los homeless y los vendedores ambulantes de las calles, sino que también se fichó a 821 policías por malos tratos a sus mujeres y se detuvo y “cacheó” a un total de 27.000 ciudadanos (principalmente, hispanos y negros) de los que solo fueron detenidos 5.000 (6). La sombra de la discriminación volvió a aparecer, por tanto, en la ciudad y, mientras las calles de Nueva York se llenaban de manifestantes, apeteció volver a la prosa de Fante y gritar junto a su arrepentido protagonista contra los ciudadanos estadounidenses de primera clase y a favor del amor interracial: “Los he visto salir haciendo eses de sus palacios de cine, entornar sus ojos vacíos ante la realidad de todos los días, volver a casa tambaleándose para leer el Times, para saber qué pasa en el mundo. He vomitado al leer su prensa, he leído sus libros, observado sus costumbres, comido su comida, deseado a sus mujeres, abierto la boca ante el arte que producen. Pero soy pobre, mi apellido termina en vocal, me odian a mí y odian a mi padre, y al padre de mi padre, y si por ellos fuera, me sacarían la sangre, me sacrificarían, pero ya son viejos, agonizan al sol y en el polvo tórrido del camino, y yo soy joven y estoy lleno de esperanzas y de amor por mi patria y mi época, y cuando te llamo hispana y aceitosa, no te lo digo con el corazón, sino por el resabio de una antigua herida, y siento vergüenza por el daño que te he hecho”. ¿Habrá pensado alguna vez Martin Scorsese algo parecido?

Lejos, muy lejos, seguimos la ruta donde la habíamos dejado, en el oeste. Vamos a Las Vegas y el impacto es mayúsculo. Nos lo habían advertido, pero no estábamos preparados. Si en ciertas zonas de Nueva York se intuye una considerable disneyificación y en la calle Bourbon Street de Nueva Orleans uno parece entrar en un parque temático sexual, musical y alcoholizado; en “la ciudad del pecado”, el efecto es doble y exponencial. Se trata de un lugar que solo funciona por acumulación y donde el calor del ambiente te obliga a refrigerarte en unos casinos donde reina la incoherencia y el desfase. La acumulación de estímulos deja en evidencia a cualquier blockbuster de turno, pero la desmesura es tal que uno se siente pronto saturado. A no ser, claro, que sea un amante de la posmodernidad más extrema donde todas las construcciones (de la réplica de la Torre Eiffel a la réplica de la Estatua de la Libertad) pierden su carácter original y adoptan un nuevo sentido particular dentro del saturado skyline de la ciudad. Nada que no supiéramos ya, pero verlo es creerlo. Y tras una breve estancia, decidimos abandonar el lugar convencidos de que América no es “solo” eso. Nuestra molestia no es tanto ética como, sobre todo, estética. Y unas millas después recuperamos el optimismo a ritmo de bluesrock. A lo mejor, en las raíces de la música popular americana -la que pasa por el folk, el jazz y el country– se encuentra esa esencia estadounidense que tanto hemos perseguido en este largo trayecto. Un sentir visceral arraigado que se transmite de padres a hijos y que, al igual que algunos géneros cinematográficos, se va renovando, se va reescribiendo, sin perder su valor primigenio que tan bien capturó Clint Eastwood en su extraordinaria El aventurero de medianoche (Honkytonk Man, 1982), pariente musical de su aclamada Gran Torino (2008).

 

6. El cine y su reflejo

América es, por tanto, música. También carretera y literatura. Pero, para muchos, es, sobre todo, cine. ¿Y qué mejor lugar para descubrirlo que Los Ángeles? Penúltima parada del viaje y una de las más provechosas. La primera visita es, evidentemente, Sunset Boulevard. El fantasma de Gloria Sawnson nos queda muy lejos, pero conducir por la larga travesía sigue siendo útil para entrever las diversas capas sociales que forman Estados Unidos. Pues uno pasa de las barriadas de inmigrantes a las mansiones de estrellas en escasos minutos. Por encima, el monte de Hollywood permanece impasible al desaliento y goza de una posición privilegiada sobre todo lo que acontece en el asfalto. La ciudad, en sí, no desprende un excesivo encanto, pero su interés va más allá de la imagen decadente que nos ha proporcionado el cine. O al menos así lo cree Thom Andersen, responsable de Los Angeles plays itself (2003), apasionante filme-ensayo en el que este cineasta angelino parte de imágenes ajenas para reflexionar sobre el modo en que su ciudad ha sido (mal) mostrada a lo largo de la historia del séptimo arte. “The city is big, the image is small”, admite el director al inicio de su película, pero nos pide que demos un paso adelante como espectadores y que, en vez de fijarnos solo en el argumento, tengamos también en cuenta las localizaciones que, sin lugar a dudas, nos ayudan a descubrir la vertiente documental de toda ficción. Solo uno de cada 40 angelinos trabaja en la industria cinematográfica, pero las películas exclusivamente parecen hacerse eco de esta privilegiada minoría (7). Los realizadores, además, se muestran obsesionados en filmar el poco transitado downtown de Los Ángeles que tan poco gusta a los ciudadanos de a pie. Andersen lo comprende: su ciudad es horizontal y el cine es vertical. Y esa premisa solo la cumple el centro económico de la urbe donde (doy fe de ello) el transeúnte se ve ahogado por la desmesurada altura de los edificios. Otros espacios resultan, en cambio, más atractivos, pero los filmes han tendido a ignorarlos y han preferido construir no-lugares fantasmales, como son ciertos moteles o cafeterías de la ciudad donde nunca nadie ha dormido o ha tomado un café porque solo sirven para rodar películas. Aun así, no todo son lamentos en la película de Andersen. El cineasta no olvida que el cine le ha permitido volver sobre espacios de su juventud que ya no existen y que en el viejo celuloide, como en los recuerdos, parecen incluso más bellos de lo que en realidad nunca llegaron a ser. Solo por ello, ciertas películas quedan redimidas en su memoria.

Un efecto nostálgico similar nos producirán, seguro, los filmes que hoy se ruedan en nuestras ciudades. Pues el cine sigue gozando (al menos, por ahora) de esa capacidad embalsamadora que nos permite volver y volver sobre tiempos ya pasados. Precisamente, contemplar Vértigo (Vertigo, Alfred Hitchcock, 1958) es una forma peculiar de (re)conocer e inmortalizar San Francisco, la última y más fascinante urbe de este recorrido más o menos cinéfilo. El automóvil nos permite subir y bajar por sus peculiares calles. E incluso nos abre la posibilidad de perseguir nuestros deseos, tal como hacía James Stewart tras Kim Novak. No me puedo resistir a la tentación de pasear por los lugares donde una vez estuvo el personaje de Carlotta Valdés. Y, claro, llego a Misión Dolores, el edificio más antiguo de Frisco (data de 1791), que representa las raíces coloniales de la ciudad, pero que, a su vez, también desprende -gracias a Hitchcock- la fuerza icónica del cine. La “falsa” tumba de Valdés ya no está en el cementerio -la retiraron porque faltaba al respeto a los verdaderos muertos-, pero su presencia perdura. Y es que, al igual que el Scottie de Vértigo quería ver reproducida exactamente a su amada, nosotros seguimos deseando que los espacios de San Francisco se manifiesten tal y como los vimos en la película. Echamos incluso de menos la banda sonora de Bernard Herrmann y el tan temido “efecto postal” al que aludía Houllebecq no queda tan lejos de nuestra experiencia. El cine nos ha contado un cuento y los turistas (los cinéfilos) no podemos dejar de creerlo. Por mucho que la carretera nos haya descubierto nuevas realidades ante las que, por ahora, preferimos no pronunciarnos. En Nueva York un anuncio rezaba el siguiente eslogan: “Tú no eres tu mismo hasta que nadie te mira”. Es imposible estar del todo de acuerdo, pero nosotros ya hemos contemplado hasta la saciedad a los estadounidenses. ¿Acaso no tenemos derecho ahora, al fin y al cabo, a tener una imagen particular y moldeable de su tan ambigua identidad? Total, intentar referirse a los Estados Unidos en su totalidad no es más que aplicar una convención cómoda y reduccionista. En la realidad (en la carretera), salvo por el nombre geográfico, América no existe (8 ). Solo es un espejismo. Un sueño. Un deseo. Un mito subjetivo todavía por (re)descubrir.

 

(1) Sus dos álter ego, Sal Paradise y Dean Moriarty, protagonizan En la carretera (On the Road, 1957), la célebre novela autobiográfica y fundacional de la generación beat. Cesare Fuimi repitió en 1997 la experiencia y la plasmó en Otra vez en la carretera: de costa a costa, tras los pasos de Jack Kerouak (La strada è di tutti. On the road, sulle piste di Jack Kerouac, 2000).

(2) El director danés nunca se ha desplazado a Estados Unidos, pero ha asegurado, con cierta soberbia, ser capaz de reflejar el sentir estadounidense en su “Trilogía Norteamericana” conformada, por ahora, por Dogville (2003) y Manderlay (2005).

(3) Los soldados navajos inventaron un código secreto a partir de sus lenguas nativas para comunicarse durante la Segunda Guerra Mundial y no ser interceptados por el bando japonés. Para saber más, leer aquí.

(4) Declaraciones extraídas del artículo “¿Derribamos la historia?”, publicado el 15 de mayo de 2009 en el suplemento “Cultura/s” de La Vanguardia.

(5) Traducción aproximada al castellano: “(Tú) debes limpiar esta ciudad…porque esta ciudad es como un cielo abierto, está llena de mugre y escoria. A veces me cuesta incluso soportarlo”.

(6) Leer artículo sobre la “tolerancia cero” de Rudolph Giuliani aquí.

(7) Muy visible, eso sí, en la realidad; en mi breve visita a la ciudad californiana me crucé nada menos que con Harry Dean Stanton a pocas calles de Sunset Boulevard.

(8 ) Aquí uso sin disimulo el mismo argumento que aplicaba el periodista polaco Ryszard Kapuscinki a la visión limitada que Occidente tiene del continente africano. Él clamaba contra los reduccionismos y nos decía que “África no existe” en el prólogo de su apasionante libro de viajes Ébano (Heban, 1998).