Django desencadenado

ESTADOS

 

El estado de las cosas

En uno de sus monólogos más conocidos (Chewed Up), el cómico estadounidense Louis C.K. arremetía, entre muchas otras cosas, contra la eufemística tradición norteamericana de recurrir a la fórmula the “n” word para evitar usar el término nigger (negrata) instaurada desde el famoso juicio a O.J. Simpson en 1995.

Estados Unidos, como todo el mundo sabe, es un país cimentado sobre los tabús. Una tierra que en materia de contradicciones sabe bastante, una tierra que frente a un vergonzoso pasado marcado por la violencia, el genocidio y la esclavitud optó por el clásico print the legend y en la que, como muy bien dice este gran monologuista neoyorquino, tras el invento de términos tan estrafalarios como el anteriormente citado no se esconde nada más que gente blanca saliéndose con la suya para decir aquello que supuestamente no deberían decir.

Decir sin decir, ese es el código. Un “tú ya me entiendes” seguido de un guiño cómplice al interlocutor es el acuerdo social por excelencia que debe acatar cualquiera que pretenda hablar en EE. UU. ya no solo de cualquier tema peliagudo del pasado sino también del presente como, por ejemplo, el uso de las armas de fuego (ahora más que nunca tras la matanza en Newtown el pasado 14 de diciembre).

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A nadie debería sorprenderle pues que, estando así las cosas, la aparición de un filme como Django desencadenado (Django Unchained, Quentin Tarantino, 2012), con sus 110 niggers a la espalda y sus múltiples tiroteos, haya desatado todo tipo de reacciones en contra. De hecho, si miran a la derecha de este ring verán, vestido con calzón morado, a Spike Lee con una copia de la declaración de los derechos civiles en la mano y, si miran a la izquierda, con calzones amarillos, podrán ver a toda la corte de periodistas (?) progresistas (?) esgrimiendo todo tipo de argumentos pueriles acerca del gusto americano por la violencia y las armas (1). Y si miran al centro verán, por supuesto, a un director de cine bastante ajeno a todo este tema que acaba de alzarse con un Globo de Oro.

 

El estado de Tarantino

Desde siempre, el cine de Quentin Tarantino ha huido espantado de la verosimilitud como de la peste y también de todas las ataduras que esta pueda conllevar. Desde Reservoir Dogs (1992) hasta Death Proof (2007) todos los filmes del realizador de Knoxville podrían considerarse como piezas de orfebrería cinematográfica cuya única deuda con el mundo real se limitaba a la que estas contraían con el propio medio, es decir, con las obras preexistentes y con algún que otro tema musical rescatado de una vieja jukebox. Pero con Malditos bastardos (Inglorious Basterds, 2009) algo cambió. De repente este cineasta decidió alejarse de la atemporalidad y de ese pasado abstracto idealizado que había marcado sus trabajos anteriores y ubicar su nueva película en un tiempo y lugar muy concretos. Fue así como Tarantino empezó a conjugar su historia con la Historia y cómo empezó a ver en el cine la herramienta definitiva capaz de poner orden en la realidad (pisoteando salvajemente la cabeza de Hitler, por ejemplo) aunque fuese a posteriori.

Quizá, con el permiso de Brian De Palma, Tarantino sea el director que en la actualidad mayor fe está mostrando en el cine y sus propios códigos, considerando este arte ya no solo como un ente autónomo, separado de la realidad, sino incluso superior a esta. Pero, sin embargo, aquello que en Malditos bastardos suponía un ajuste de cuentas con el pasado, en Django desencadenado se convierte en algo diferente, más cercano. En este último filme, Tarantino no se conforma con reinventar la Historia desde el cine sino que decide ir un paso más allá y utilizarlo para dar una lección sobre el presente. Una lección que, como no podía ser de otra manera, nos llegará por medio de ese elemento que el realizador ha sabido manejar a la perfección desde el inicio de su carrera: la palabra.

Antes que director, Tarantino fue escritor y eso es algo que siempre ha dejado una huella muy profunda en todos sus filmes. Uno de sus estilemas más recurrentes, esos largos monólogos que todo fan del cineasta espera como agua de mayo, aparecen de nuevo en Django desencadenado y es en uno de ellos donde reside el mensaje más importante (acaso el único) de toda la cinta.

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Hacia el final de la película, tras una accidentada cena, Calvin Candie (el salvaje dueño de una plantación interpretado por Leonardo DiCaprio) saca una calavera de un maletín y la coloca encima de la mesa. La presenta como Ben, un criado que sirvió a su familia durante varias generaciones, y acto seguido comenta a sus invitados (Jamie Foxx y Christoph Waltz) que siempre se preguntó porqué ninguno de los esclavos que a lo largo de los años habían servido en Candyland se había revelado contra sus amos. Inmediatamente después, del mismo maletín de donde extrajo la calavera, Candie saca una sierra y secciona la parte posterior de la calavera del viejo Ben. El anfitrión enseña a sus atónitos invitados la pieza y les muestra tres pequeñas hendiduras de su parte interior que, según él, en los hombres blancos más brillantes se hallan siempre en la parte del cráneo asociada a la creatividad mientras que en los cráneos de los hombres negros siempre están detrás, en la parte asociada a la sumisión.

No sé lo que pensarán los entendidos de semejante clase de ciencia analógica pero lo que sí que está claro es que lo que muestra Tarantino en esta secuencia es un fiel espejo de lo que sucede en la actualidad a lo largo y ancho de todo el globo terráqueo: mientras unos (los blancos) nos pisotean, la gran mayoría de nosotros (los negros) apenas movemos un dedo por impedirlo.

Lo más horrible de este mundo no son las injusticias sino lo blandamente que las hemos aceptado y es precisamente acerca de esto, de forma grotesca y cómica, de lo que habla esta película. Hay violencia y hay racismo, pero no nos olvidemos de que, ante todo, lo que más hay en Django desencadenado es esclavitud y no hay que buscar mayor metáfora que esta.

 

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(1) Especialmente vergonzoso y patético es el argumento en contra del filme de la periodista Laura Washington aparecido el pasado 30 de diciembre en el Chicago Sun-Times que decía así: “Nuestra aceptación pasiva de que es solo una película confirma la dependencia de América de una cultura de la violencia. Es un tipo de esclavitud del siglo XXI”.

 

© Sergio Morera