Diario del Xcèntric 2019 (2): Chris Gallagher

En la punta de los dedos

 

1

En la orilla de las películas, otras películas. Quizá demasiadas: es algo en lo que pienso últimamente, en qué filmes hay que ver, a qué ritmo, cómo, por qué, hacia dónde. El asunto del tiempo. En la orilla de las películas nació mi tercer sobrino, le costó salir, decían que era enorme o bastante grande, pero llegó un domingo a las 16:56 y yo tuve tiempo de escaparme al Xcèntric, a ver las hermosas películas de Christine Noll Brinckmann. En la orilla de las películas suceden cosas, y a veces uno no puede hacer otra cosa que tumbarse a descansar. A veces, la escritura no sale, se declara en huelga o algo así. Soy perfectamente consciente de que, hasta cierto punto, no es de recibo pararse a consignar esos momentos de inactividad. No quiero que nadie piense que le estoy haciendo perder el tiempo. Aunque quizá no haya nada mejor que perder el tiempo con alguien, ganárselo a la nada.

Undivided Attention

2

Hace algunos días me introduje en la oscuridad del túnel ferroviario en el que empieza, y acaba, Undivided Attention (Chris Gallagher, 1987). A ciencia cierta, el que se trate del mismo túnel o del mismo tren que entra y sale es algo que solo podemos inferir, si nos place, colocando mentalmente esos dos planos en una progresión narrativa. La película de Gallagher apela precisamente a que nos abstengamos de realizar ese tipo de operaciones mentales y nos dejemos llevar por el fluir de imágenes que empieza mostrándonos objetos decorativos y rótulos que giran y termina con un enigmático montaje paralelo que alterna entre las acciones sin sentido de alguien vestido de soldado, derrotado por (o a pesar de) la letra escrita, y el reflejo invertido de una sesión fotográfica donde el tiempo parece atascado. Entre esos dos bloques discurren otros dieciocho, cuyo nexo más evidente son las tomas del viaje en coche de una pareja por la geografía canadiense, filmadas desde el asiento de atrás, el que podría ocupar un niño al que nunca veremos, un niño que a efectos prácticos tendría que ser el espectador.

Puede haber niños ceñudos que miren hacia otra parte, como el alumno de Chris Gallagher que le ha puesto un 2 a la película en IMDB, dejando incluso un breve exabrupto a modo de comentario. El cineasta es consciente de tener haters, según se desprende de algo que dice casi al final de la entrevista con Mike Hoolboom que publicó Lumière: “Muestro a mis alumnos trabajos interesantes y los odian. Parece que la gente ha perdido su curiosidad por el mundo; ha dejado de ser importante. Como si todo estuviera ya hecho”. A mí siempre me ha gustado viajar en el asiento de atrás de los coches, tampoco tengo carnet, y en lo que a Undivided Attention respecta, puedo decir que me hizo bastante feliz durante sus ciento siete minutos de duración, por más que su último tramo nos meta en el cuerpo un cierto hastío, una sensación como de cables cruzados o derrota, sobre todo a partir de un plano en el que asistimos, bajo el cielo, a una cristalina demostración visual de lo que significa esa metáfora tan manida, terrible, de los platos rotos. El viaje en coche terminará también en un autocine, cuando los amantes condenados se topen con otra pantalla, otra representación. Explica Gallagher que su película, además de funcionar como una alegre feria ambulante de trucos de magia cinematográfica, trata sobre la dificultad de la comunicación entre hombres y mujeres o quizá, aquí soy yo quien interpreta, sobre la melancolía que nos sobreviene tras una ruptura. Hay otro plano en los primeros compases de la película, también ampliamente comentado en la entrevista, que de algún modo hace pareja con el de los platos rotos, y es aquel en el que otro encuadre estático nos muestra una anárquica competición de coches de choque con vehículos reales: nadie va a ningún sitio, aunque uno de los vehículos lleva el número 42, el cual, según Douglas Adams, encarna la respuesta más precisa posible a la pregunta sobre la existencia.

Undivided Attention

Por toda respuesta, o para sobrevivir al desgaste del tiempo mientras espera alguna respuesta, lo que nos ofrece Gallagher, y es una sensación francamente palpable a lo largo de la película, es la aventura de filmar, de jugar con la cámara y con las exquisitas posibilidades de la libre asociación de imágenes. El último domingo de febrero, antes de volver a ver Ana (1982) de Antonio Reis y Margarida Cordeiro, me hallaba sentado a una mesa, en un luminoso comedor, en compañía de varios amigos con los que enganchábamos con cola en una hoja palabras que se nos habían dado al azar, formando parejas que luego convertiríamos en dibujos fugaces y, finalmente, en breves poemas de inspiración surrealista. Al ponernos a ello, alguien se preguntó en voz alta: “¿por qué la gente ya no hace estas cosas?”. Y esa misma pregunta regresaría a mi mente semanas después, escribiendo este texto y recordando que en el filme de Gallagher también hay un momento en el que vemos unas tijeras de neón, haciéndole señas luminosas a la noche y guiñándole a su vez el ojo a la figura cinematográfica del corte. Cuando el viaje en coche se aproxime a su fin, también descubriremos que sus ocupantes pueden teletransportarse, cambiar el paisaje que tienen delante accionando un dispositivo imaginario situado detrás nuestro, y ahí prácticamente podremos visualizar esas tijeras que desarticulan el tiempo y el espacio.

También hay sorprendentes pasajes en Undivided Attention en los que experimentaremos una especie de curiosa sinestesia, como si la cámara estuviera poseída por aquello que filma o evoca, ya sea una pala quitando nieve o heces, una máquina de escribir o un pincel paseándose por un lienzo, empapado de los tres colores primarios de la luz: rojo, verde y azul. Nada más empezar a pintar, el pincel esboza algo que podría muy bien ser un ojo, el nuestro, deslumbrado ante las inagotables formas existentes de mirar y filmar el mundo.

3

A veces, también, uno se queda en la orilla por negligencia propia. El jueves anterior a la proyección de la película de Chris Gallagher me confundí con la hora a la que proyectaban Print Generation (J. J. Murphy, 1974). El barco había zarpado sin mí; al taquillero, que me tiene más que visto, pareció que hasta le sabía mal comunicarme la noticia. Contrariado, me introduje en un bar y escribí un poema. Lo reproduzco a continuación. Mientras lo transcribía, hice algunas modificaciones. Cuando empecé a escribir estas crónicas, pretendía hacer esto de vez en cuando: escribir no necesariamente sobre las películas, lo que ocurre cuando no llegas a tiempo o cuando es la escritura la que no llega a tiempo o se queda en la punta de los dedos.

Print Generation

 

Print Generation

En una sala oscura
acaba de proyectarse una película:
Print Generation, de J. J.
Murphy; no sé cuánto tardaré
en poder verla de nuevo.
Me confundí de hora, y ahora
escribo esto en un bar en el que
suenan Fito y Fitipaldis
y por esa razón no voy a volver,
a menos que me obliguen.
Creo que no voy a volver, a menos que
alguna amiga sugiera este lugar
o puede que se trate de
un perfecto desconocido
susceptible de convertirse
en alguien a quien amar.

Tuve la insolencia
de pretender encajar a J. J. Murphy
entre Peter Weir
y Michael Cimino,
y hasta una porción
de tarta de naranja (a esa hora,
merienda tardía, empezaba Print Generation, mientras
discutíamos sobre el gusto raro del café
y le pedíamos a la camarera
que nos pusiera otro; puede
que esa fuera una señal, o puede
que lo fuera la risa de M.
mientras le confiaba
mi programa de cine
de esa tarde o puede
que el hilo musical de este antro
esté tratando de decirme algo.
En otro orden de cosas: muy a favor
del título de la película de J. J.,
a quien voy a permitirme tutear,
porque me gusta pensar en mis amigos
que escriben y dibujan e imprimen
también como en una print generation
de este tiempo y este lugar, impermeable
al desaliento y a la intemperie
y a la supremacía de lo digital).

Y qué más decir cuando solo queda
la incomodidad de haber cerrado
un largo paréntesis,
estar llegando al final de la hoja
y no tener nadie a quien amar.

 

© Toni Junyent, febrero de 2019