Erice y Guerín en Pamplona
Ciudadanos del cinematógrafo
Profesionales de la profesión
Canto que ha sido valiente siempre será canción nueva
Manifiesto, Víctor Jara
No todos los contextos están preparados para asimilar el talento que brota en su seno, y sospecho que es por ese motivo que la historia del arte, y por extensión la del cine, experimenta tantas tensiones entre la fugacidad del presente y el vértigo de la posteridad. Posiblemente, las obras más representativas de cada época sean aquellas que obtienen éxito regurgitando las tendencias vigentes, pero que no proyectan ningún anhelo de trascendencia. Sobreviven, pues, aquellos clásicos que nos siguen interpelando por encima del transcurso del tiempo, corruptible y tiránico, y que les silban a la eternidad, como aquellos ojos de Ana Torrent en El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, o aquellas imágenes mudas recreadas en Tren de sombras (1997), de José Luis Guerín. Gestos que conciben el cine como una huella de lo intemporal, como un reclamo ansioso de la primera mirada o como un recorrido del alma humana en trance de perecer. Y perece porque antes ha latido, ha compartido y ha vivido.

«El espíritu de la colmena»
Erice y Guerín ponen en imágenes, en palabras y en sonidos toda aquella parte nuestra que se resiste a desaparecer; y, como afirma Torrent en el cortometraje Ana, tres minutos (2011), “los muertos nos miran”. Sencillamente porque son muchísimos más y porque aprendemos de ellos sin apenas notarlo.
Antes de que André Bazin señalase la condición de embalsamamiento del cine, Ramón Gómez de la Serna, en Cinelandia, ya escribió que no hay ningún arte para enmarcar el “haber vivido” como el cine. Con más firmeza incluso que la fotografía, ya que el lenguaje cinematográfico, una pócima para paliar los excesos visuales que azotan la actualidad, se constituye esencialmente por el montaje, el tiempo y el movimiento. También por el fuera de campo, ese misterioso lugar que desborda los encuadres y que pertenece al reino de lo sugerido o de lo soñado -como entendía Pier Paolo Pasolini-, y también a la realidad misma, comprendida como aquello que no podemos absorber del mundo y que nos excede.
No hay película perdurable sin un espasmo que la active o sin un sueño que la intuya, y todo filme lleva impreso el rastro de otros filmes imposibles. Guerín, por ejemplo, ha reivindicado siempre el ejercicio fílmico como la apertura de un espacio de deseo y de revelación. Asimismo, solemos olvidar que la historia del cine lo es también de las películas inacabadas, intervenidas o nunca realizadas, o también de sus tragedias, como el incendio de la Bóveda de Fox de 1937 o el de la colección de Henri Langlois en 1980. En manos del artesano, el cine duplica el mundo y lo dota de nuevas posibilidades para sentirlo, porque el artesano trabaja sin ocultar su lado humano, imperfecto y frágil, y así como una cerámica puede presentar irregularidades, un rollo de celuloide también podía incorporar desperfectos. Por ende, el sentimiento lacónico ante la pérdida de materialidad y de textura del cine está, por lo menos, justificado.

«Tren de sombras»
En la charla que mantuvieron en el Auditorio Baluarte los cineastas agradecieron la generosidad del azar, el elemento que permite entablar un diálogo secreto con las cosas y con los demás durante la creación, allende cualquier planificación. En los gitanos de Vallbona que se reúnen para cantar, en Historias del buen valle (2025), cristaliza a la perfección el encuentro con lo inesperado. Del mismo modo que ese pintoresco actor portugués que aparece como un testimonio más en Vidrios partidos (2012), tras cuya proyección se vivió un emotivo coloquio sobre la memoria, la literatura, las plegarias y los proyectos siempre pendientes. Este crítico no pudo disimular sus lágrimas con la música de acordeón que despide Vidrios partidos, esparcida sobre la fotografía de una fábrica abandonada, como si las historias de sus antiguos integrantes fueran las que nos configuran a todos.
El cine es el gran arte de la reencarnación, como atestigua la Juana de Arco que esculpió Carl T. Dreyer o las escenas más recordadas de Charles Chaplin, sobre quien Erice explicó que se respaldaba en un modelo irrepetible y polifacético de creación. Por su parte, en una conferencia años atrás, Guerín nos desveló el detalle de esa mirada desgarradora que Charlot dirigió a la cámara en El chico (The Kid, 1921), cuando le tomaba el pulso a un niño enfermo y solicitaba nuestra compasión al otro lado de la pantalla. Unos pocos segundos que parecen condensarlo todo y donde se besan lo particular y lo universal.

«El chico»
En un clima mediático empeñado en exaltar las bajas pasiones, en mutilar los valores intangibles y en espectacularizar nuestras miserias, la práctica fílmica deviene una misión que pocos comprenden en su profundidad, pues no se trata de una acción calculada y volcada hacia el exterior, sino de una interpelación interior, de un dejarse afectar primerizo. He aquí su fermento, su sacudida inicial. La imagen ya está formada antes de ser capturada, por lo que la labor del cineasta se traduce en la conexión de fragmentos una vez que ha accedido al corazón de las cosas. El cine es esencialmente escucha del ser al contacto con lo ajeno, un volverse cóncavo, expectante y atento ante lo que aparece, un impulso de expresión que concilia el espíritu con la técnica. Como la niña de El sur (1983), que revisa las postales de Sevilla desplegando su imaginación al son de las notas de Enrique Granados o el flanêur que anhela que alguien le devuelva la mirada en las calles de Estrasburgo, en la órfica En la ciudad de Sylvia (2007).
En tiempos de polémica permanente y de huida hacia delante, urge recuperar la dimensión milagrosa del cine, que no está más allá, sino de hecho en lo más próximo, en el más acá. En una cafetería, en una explanada, en un barrio periférico o también en nuestra habitación, el lugar de las sombras y de los susurros de la quizá no tan tierna infancia. Erice y Guerín, que rasgan el velo de lo íntimo con la pincelada detallista del pintor, apelan con frecuencia a la voz de los maestros, cuya enseñanza fundamental es la de filmar justo, de igual a igual con el otro y en sana coexistencia con él.

«Vidrios partidos»
Toda charla que congrega a ambos cineastas es una sonda que conecta con el pasado, pero no con un pasado fijo e inquebrantable, sino uno que depende de cómo nos sensibilicemos ante la profundidad del presente y sus memorias. ¿Cuántos males podrían prevenirse si comprendiésemos finalmente que la cultura es connatural a la existencia y que esta se nutre no solo de nuestros actuales hábitos, sino también de la procedencia de los mismos?
No se puede borrar el carácter de hallazgo o de singularidad que entraña toda creación, como promueven las dinámicas carnívoras del audiovisual industrial, impuestas a escala planetaria y bajo el influjo verticalizado de un consumo indigesto, anclado al presente inmediato. Si no hay hallazgo sobreviene la erosión, y sin esperanza no hay resistencia, como nos transmitían las lúcidas palabras de Erice y Guerín en el auditorio.
Recepción
Con todos los ojos ve la
criatura lo abierto.
Sólo están nuestros ojos como
invertidos…
Elegías de Duino, Rainer Maria Rilke
¿Qué es aquello entonces que de no ser por el cine no podría explicarse? Aunque resulte contraintuitivo, en la práctica cinematográfica siempre se avanza a tientas, porque si se preconcibe todo, la realización pierde su sentido.
Moderada por la crítica y profesora Violeta Kovacsics, la conversación de Baluarte entre Erice y Guerín transcurrió con la madurez de quien conoce el oficio desde sus hondas cavidades. Kovacsics se mostró concernida por reconocer cauces de continuidad en las directoras de nueva hornada -si atendemos en líneas generales a las voces preeminentes del siglo XXI en nuestro país en lo que respecta al nuevo terreno del cine de autor- como Carla Simón, admiradora de Erice y también presente en los Encuentros de Pamplona junto a Elena López Riera.

«Historias del buen valle»
Las declaraciones de Erice y de Guerín no desprendían optimismo, pero el auditorio estaba a rebosar de un público de edad variada, en su mayoría adultos a quienes les corresponde la tarea de contagiar la sensibilidad por el cine a las generaciones jóvenes. Aunque no sólo por el cine propiamente, sino por el privilegio y la necesidad de asistir de manera presencial a eventos que nos impregnan de sabiduría. Una sabiduría que procede de la dificultad y del enfrentamiento con la vida, no de la comodidad de quien habla sin predicar con el ejemplo.
Sin ir más lejos, convengamos en decir que el diseño, la estructura y la estética que conforman una plataforma hegemónica como Netflix, que concentra nuestros hábitos de visión y de consumo, desplaza del centro al cine de autor bien entendido, un cine que precisamente por ser de autor no ignora que la fabricación de las películas funde la intención solitaria con la pluralidad de lo colectivo. Netflix, en ese sentido, es el epítome de un paradigma impersonal que homogeneiza su contenido fusionando lo global y lo local. La voluntad de Guerín y de Erice, entre otros cineastas contemporáneos, estriba en lo contrario, en reivindicar el valor de la diferencia, de lo inesperado, del error productivo, del espectador activo.

«El sur»
Depende en gran medida de los que recibimos la obra de Erice y de Guerín si declaramos el ocaso o la primavera del cine. Yo lo veo claro, aunque primero haya que atravesar un océano de tristeza y de desazón en lo relativo a las imágenes. El mundo nunca ha estado visualmente representado de un modo tan injusto e insulso, pero hay motivos para confiar en la resurrección, por rescatar la proclama de Jean-Luc Godard en las Histoires du cinéma (1988) -“la imagen llegará en el momento de la Resurrección”-, también citada en la charla. Es menester superar esos primeros estadios de inundación de la conciencia, ejercida a través del tejido operativo de las redes sociales que nos enclaustra en nuestro yo. De la mano de los directores citados y de su aportación es posible emprender un proceso de cultivo de los deseos inmateriales y pacientes, tal y como también transmite la cineasta Mercedes Álvarez, que compareció en los encuentros y nos recordó que existieron momentos más prometedores para el cine, pero que su espíritu se puede recuperar. Así lo dictaminan Dziga Vértov o Robert J. Flaherty, dos modelos en apariencia opuestos que sin las impresiones de los Lumière quizá no hubiesen fructificado. Como tampoco Godard o Andréi Tarkovski, cuya contribución artística e intelectual se suele citar en vano, como Erice y Guerín advierten.
Gracias al cine vivimos varias vidas, porque en el fondo todos somos personajes que sabemos que hay más dentro de nosotros de lo que jamás podremos desarrollar. Viendo de nuevo El sol del membrillo (1992) me percaté de que somos nosotros los que cambiamos y que los filmes son siempre los mismos, pese a que capturan el cambio a su modo. Muta también el soporte, y se agosta o se intensifica la experiencia según el entorno y sus condiciones. Por otro lado, sabemos que no siempre el cine ha estado al servicio de una causa justa, pero queda claro que no hablamos de cinefilia a ciegas, sino más bien de humildad, de inocencia y de humanidad.

«En la ciudad de Sylvia»
Escribo estas líneas acariciado por el sol del mediodía en la terraza del café Iruña, mientras comprendo que el aluvión de ideas y de sensibilidad que le llega a un espectador cuando escucha a Guerín y a Erice, ya sea personalmente o a través de sus películas, requiere un tiempo de aprendizaje que rema en contra de las exigencias del día a día. Ellos denunciaban que el audiovisual, obcecado en lo irrisorio, ha emborronado las fronteras de la recepción, situación que hace recaer sobre los espectadores la responsabilidad del discernimiento.
El espectador completa las películas y cierra su círculo -permanentemente abierto para quienes sepan mirar-, pero sin respeto por los autores no hay obra posible (¿cuántas muertes del autor llevamos en nuestra modernidad líquida?). No sorprende que en base a ello nuestro panorama presente múltiples disfunciones estructurales. Si el tiempo disponible para apreciar el cine se asfixia por culpa de los ritmos productivos, la proliferación de narcisismo que tiñe a la sociedad y la saturación de contenidos, la cultura se vierte en el desierto y los canales de la globalización inyectan nihilismo en nuestras venas, hasta atrofiarlas. A este respecto, el legado de Erice y de Guerín, cineastas en activo pero que ya han fundado su imaginario sobre líneas poéticas definidas, ha llegado demasiado pronto; somos jóvenes aún para valorarlo. Las puertas para la persistencia del asombro, pues, están abiertas de par en par, como defendía Guerín al indicar la etimología del verbo “contemplar”, esto es, mirar desde el templo, como los antiguos griegos, y delimitar un horizonte para ver, porque las primeras ventanas son nuestros ojos y el primer trípode, el cuerpo.

«El sol del membrillo»
Decía Chesterton que los artistas que han hecho algo significativo de cara al futuro son los que tenían la vista fijada en el pasado -que somos animales que andamos hacia delante y que giramos la cara siempre hacia atrás aunque no lo reconozcamos, proseguía-, sentencia que rima a su vez con la evocación de Erice del texto de Serge Daney: “el cine consiste en congeniar la deuda con la filiación”, a saber, en el sentimiento de gratitud por sentirse parte, por modesta que sea, de la(s) historia(s) del cine-, como Jorge Luis Borges, que se jactaba de todo lo que había leído, y no de lo que había escrito.
Se trata de percibir la ficción como la búsqueda de una dignidad que hoy está acallada, en el hueco de un silencio donde reside nuestra integridad, bajo capas y capas de ruido. De nosotros los lectores depende, pues, que la sala de cine siga siendo un portal de ensoñaciones.
A la memoria de Manolo Solo, cuyo tránsito en pantalla no podré olvidar
© Arnau Martín, octubre de 2026
