Una colección de obras de arte creadas para el cine

El museo inventado

Una mujer conduce su espléndido Jaguar verde de los cincuenta por las calles de San Francisco, en su primera parada entra en el antiguo local de la floristería Podesta Baldocchi, en el 224 de Grant Avenue, donde abrió sus puertas en 1871, para comprar un ramillete de flores. Continúa camino hasta llegar a la Misión Dolores, una parroquia católica fundada por franciscanos españoles en el siglo XVIII; allí, en el pequeño cementerio que alberga en su interior, visita una tumba, cuya lápida tiene grabado el nombre de Carlotta Valdés. La tercera parada de su recorrido por la ciudad le lleva al Museo de La Legión de Honor, situado en Lincoln Park, un imponente edificio neoclásico de influencia francesa, réplica a escala de tres cuartos del Hôtel de Salm, el Palacio de la Legión de Honor de París. Allí la vemos admirando ensimismada un cuadro, retrato de una mujer, vestida con un elegante vestido, que porta un ramillete como el que ella ha comprado y luce un peinado idéntico al suyo, enmarcado en un atemporal paisaje de arquitectura clásica, obra que bien podría haber firmado un Federico de Madrazo, por ejemplo. Un cuadro que, a diferencia de otras obras que lo rodean como Flowers before a window (Jan Frans van Dael, 1789), L’Âge d’airain (Auguste Rodin, 1875), L’Architecture (Carle Van Loo, 1753), Portrait of Victor Marie d’Estrées (Nicolas de Largillière, 1710) o la silla rococó de Jean-Baptiste Oudry, no pertenece a la colección del museo y hasta ese momento nunca había colgado de sus paredes pero que, según el catálogo del centro, lleva por nombre Portrait of Carlotta y su autor es desconocido. Toda la secuencia pertenece a Vértigo (De entre los muertos) (Vertigo, 1958), de Alfred Hitchcock, y el cuadro en cuestión fue creado ex profeso para la película. Su autor fue el pintor norteamericano John Ferren, miembro fundador de The Club, un grupo estadounidense de artistas expresionistas abstractos. La participación de Ferren en la película no se redujo al retrato de Carlotta, sino que también fue el encargado de diseñar la secuencia de la pesadilla de Scottie (el personaje interpretado por James Stewart). Encargar a un artista el diseño de secuencias oníricas para su película fue algo que Alfred Hitchcock ya había hecho previamente. Así, recayó en las manos de Salvador Dalí en 1945 la elaboración de la secuencia del sueño de Gregory Peck en Recuerda (Spellbound).

«Vértigo»

Continuando con Ferren, tres años antes de Vertigo, en 1955, ya había trabajado con Hitchcock realizando los cuadros de Sam Marlowe, el pintor abstracto interpretado por John Forsythe en Pero… ¿quién mató a Harry? (The Trouble with Harry); obras, estas sí, que seguían la línea habitual de su trabajo, basado en la combinación de grandes manchas de intensos colores, claramente influenciado por artistas como Vasili Kandinsky y Joan Miró, que en la película de Hitchcock conectan directamente con los vivos colores del otoño en Nueva Inglaterra. En Pero… ¿quién mató a Harry? participó también la artista Rae Tonkel, una pintora con influencias del impresionismo francés. Ella, que posteriormente se llamaría Rae Ferren tras casarse con John, fue quien realizó el boceto de la cabeza del muerto Harry, elemento destacado en el desarrollo de la trama.

Otro retrato mítico de la historia del cine es el que cuelga sobre la chimenea del apartamento de Laura Hunt (Gene Tierney), en Laura, película dirigida por Otto Preminger en 1944. Tras esta obra encontramos una rocambolesca historia ligada a las vicisitudes del propio rodaje de la película, que en un principio iba a estar dirigida por el cineasta de origen georgiano Rouben Mamoulian, siendo Preminger el encargado de la producción para la 20th Century Fox. Durante el tiempo en que Mamoulian trabajó en el proyecto se llegó a realizar el primer retrato de Laura; en ese momento, la actriz elegida para protagonizar la película era Jennifer Jones, y el retrato fue realizado por Azalia Newman, una pintora acostumbrada a retratar a artistas de Hollywood —suyo es, por ejemplo, el retrato de Joan Crawford utilizado para la publicidad de la película El último adiós a la señora Cheyney (The Last of Mrs. Cheyney, 1937) de Richard Boleslawski, Dorothy Arzner y George Fitzmaurice— y ella trabajó también como ilustradora en la revista Cinema Arts. Durante los primeros días de rodaje de Laura, las discusiones entre Preminger y Mamoulian sobre las diferencias a la hora de abordar ciertos aspectos psicológicos de los personajes de la película se convirtieron en insalvables y Preminger, apoyado por Darryl F. Zanuck, uno de los productores jefes de la 20th Century Fox, despidió al director y tomó él mismo las riendas del rodaje. Todo lo que se había realizado hasta ese momento para la película fue desechado, incluido el retrato de Laura. Finalmente, Jennifer Jones no aceptó interpretar el papel y fue sustituida por Gene Tierney. A Preminger no le gustaba cómo quedaban los cuadros en pantalla, le resultaban poco fotogénicos; en términos de Walter Benjamin, se podría decir que perdían su aura, por lo que, para el nuevo retrato de Laura, pidió a Frank Powolny que fotografiara a Tierney. En ese momento Powolny era el fotógrafo más destacado que trabajaba en el estudio. Suya es una de las imágenes consideradas por la revista Time más influyentes de la historia, el icónico retrato de la pin-up Betty Grable (1943) que, con más de cinco millones de reproducciones, acompañó a la mayoría de los soldados americanos durante la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente, la fotografía realizada a Tierney fue tratada con una capa de pintura para que pareciera un cuadro original. No en vano, estas obras están realizadas para su reproducción en pantalla careciendo de una auténtica entidad autónoma fuera de su representación cinematográfica, forman parte de la puesta en escena y tienen que estar dotadas de un alto valor simbólico y semántico aunque esto lleve consigo la eliminación de sus cualidades materiales. Como curiosidad, el retrato de Laura se camearía, posteriormente, en otras dos películas: En la costa azul (On the Riviera, Walter Lang, 1951), que también está protagonizada por Gene Tierney y que nos permite ver el retrato en color, y El mundo es de las mujeres (Woman’s World, Jean Negulesco, 1954), donde aparece con una versión reducida de tamaño.

«Laura»

En la década de los cuarenta, fueron varios los largometrajes que incorporaron como elemento fundamental de su trama un retrato. Al de Laura podríamos añadir, por ejemplo, el realizado a Jennifer Jones por Robert Brackman, un afamado retratista nacido en la actual Ucrania que desarrolló toda su carrera en Estados Unidos y que es encarnado por Joseph Cotten, quien interpreta el papel de un pintor en Jennie (Portrait of Jennie, 1948), de William Dieterle; y los realizados por el norteamericano Ivan Albright a Hurd Hatfield, protagonista de la adaptación de El retrato de Dorian Gray (The Picture of Dorian Gray), dirigida por Albert Lewin en 1945. Albright realizó tanto el de Dorian joven como el de anciano, siendo en este último donde desarrolló su estilo habitual, caracterizado por un expresionismo grotesco de figuras deformadas por la decadencia del cuerpo. Ambos retratos, el de Brackman y el de Albright, se encuentran en colecciones de museos estadounidenses.

Volviendo a Rouben Mamoulian, varios años antes de que fuera apartado del rodaje de Laura, dirigió en 1933, El cantar de los cantares (The Song of Songs), un melodrama producido por Paramount y protagonizado por Marlene Dietrich, quien interpreta a una joven que, tras quedar huérfana, se traslada a vivir a Berlín con su tía, donde trabajará ayudándola en su librería. Allí conocerá a un escultor para el que acabará posando,       . Del diseño de la escultura sobre la que gira la película se encargó el artista italiano Salvatore Cartaino Scarpitta, quien emigrara a Nueva York en 1910 entrando a formar parte de la National Sculpture Society. Posteriormente, se estableció en Los Ángeles donde se convirtió en un reconocido escultor muy activo en la ciudad, suyos son los bajorrelieves del edificio de la Bolsa de Valores, construido entre 1929 y 1931, así como las imponentes estatuas de hormigón que presiden la entrada del Hospital General del Condado, levantado también en los años de La Gran Depresión. Para The Song of Songs, Scarpitta realizó una escultura de estilo modernista, acorde con la época en la que se desarrolla la película. Un desnudo, a tamaño natural, en una forzada pose sobre la punta de los pies y mirando al cielo en un gesto de elevación mística, en el que realismo y simbolismo se dan la mano. Aparentemente hecha en mármol como afirman en algún momento de la película, en realidad fue hecha en yeso por evidentes motivos de costes de producción. Como gran parte de la trama de la película gira en torno a la realización de esta escultura, a lo largo del metraje asistimos a las diferentes fases de elaboración de la obra, desde el boceto previo al modelado en arcilla. Estas secuencias en el taller del artista nos permiten ver otras obras que atrezan el espacio; entre ellas se encuentran varias esculturas de artistas reconocibles que fueron adquiridas para dar más verosimilitud a la historia. Aparece alguna más del propio Salvatore y varias de otros artistas contemporáneos a la película como Atanas Katchamakoff o George Stanley, este último muy popular en Hollywood por ser el diseñador del preciado Oscar.

«El retrato de Dorian Gray»

Con el fin de dotar de mayor realismo a las películas, la incorporación de obras de arte reales en la ficción para hacerlas convivir con el resto de piezas es una práctica bastante habitual en aquellos filmes que recrean de alguna manera el mundo del arte. Evidentemente, ocurre cuando se rueda en el interior de un museo oficial, pero también cuando se recrean talleres de artistas o galerías, incluso para dar mayor autenticidad al contexto general de la historia, como en La naranja mecánica (A Clockwork Orange, 1971), en la que Stanley Kubrick incorporó como elementos de atrezo las esculturas Christ Unlimited y Rocking Machine, de Herman Makkink.

Cambiamos de siglo para continuar con esta recopilación: en dos películas recientes consagradas al arte contemporáneo, The Square (2017), de Ruben Östlund, y Petra (2018), de Jaime Rosales, donde encontramos nuevos ejemplos de obras de arte realizadas para la ficción.

«The Square»

En la primera, la instalación en forma de pequeña plaza cuadrada que da título a la película fue ideada en 2015 por el propio Östlund junto con el productor de cine Kalle Boman para el museo Vandalorum, en Värnamo (Suecia). En concreto, la obra se elaboró como estudio preliminar para The Square con el objetivo de testear cómo reaccionaría el público ante la existencia de una zona franca, un espacio acotado en el que todos tenemos iguales obligaciones e iguales derechos; la instalación funcionaría como un refugio social sobre el que investigar acerca de la confianza y la responsabilidad tanto individual como estatal. Al igual que ocurría en The Song of Songs, en The Square, el proceso de realización de la obra también está presente desde el inicio de la película, en el que vemos a unos operarios construyendo el cuadrado en el espacio público, hasta su posterior instalación en el museo. Curiosamente, pese a ser una pieza diseñada por el propio Östlund, en la película se le atribuye su autoría a la artista visual y cineasta argentina Lola Arias, la cual en un principio iba a salir en la película interpretando un pequeño papel que, finalmente, fue descartado. Sin embargo, acabaron utilizando su nombre sin su consentimiento, lo que llevó a Arias a plantearse acciones legales contra la productora, como afirmaba en una entrevista en el diario Clarín en noviembre de 2017 (1). A lo largo de la película se ven varias obras más expuestas en el museo: algunas reales, como el neón You have nothing que forma parte de la instalación del artista Julian, personaje interpretado por Dominic West, y que en realidad es obra del alemán Ruby Anemic; y otras creadas para la misma. Lugar destacado aquí ocupa la performance que tiene lugar en la cena de gala para recaudar fondos, en la que se ponen en jaque los límites de lo considerado arte. Doce intensos minutos en los que Oleg —personaje que recibe su nombre en homenaje al artista ruso Oleg Kulik, conocido fundamentalmente por sus performances en las que actúa comportándose como un perro— salta de mesa en mesa como si fuera un animal salvaje, gruñendo violentamente, en un constante crescendo, incomodando a los invitados que asisten perplejos a la actuación. El papel está interpretado por el famoso imitador de monos Terry Notary, actor y doble de acción cuyos movimientos, por ejemplo, fueron capturados y utilizados para títulos como como El planeta de los simios (Planet of the Apes, 2001), de Tim Burton, El hobbit: un viaje inesperado (The Hobbit: An Unexpected Journey, 2012), de Peter Jackson, o Avatar (2009), de James Cameron.

Por su lado, en Petra, otra película en la que los personajes principales se mueven dentro del mundo del arte contemporáneo, encontramos también obras reales. Las esculturas que realiza el consagrado artista Jaume (Joan Botey) fueron cedidas por Manolo Valdés y las fotografías sobre las fosas de la Guerra Civil en las que trabaja Lucas, personaje interpretado por Alex Brendemühl, son en realidad un proyecto del fotógrafo navarro Clemente Bernad. Sin embargo, para ilustrar el trabajo como pintora de Petra (Bárbara Lennie) en la película, se hicieron una serie de cuadros y bocetos ex profeso de los que se encargó la pintora valenciana Desi Civera. En una primera fase, Petra pinta retratos masculinos a los que emborrona el rostro, en representación del padre ausente. Posteriormente, ella misma comenzará a ser protagonista de sus obras con una serie de autorretratos en los que busca encontrarse a sí misma. Las obras creadas para Petra por parte de Civera guardan una gran consonancia con su propio trabajo como artista en esa época; obras neofigurativas, presentadas en gran formato, en las que profundiza sobre la naturaleza del rostro humano, la gestualidad y la perspectiva de los cuerpos, aplicando grandes manchas de color de estilo expresionista que dan forma a la composición, en la que predominan pinceladas de tonos apagados que van modelando los retratos.

«Petra»

En 2019, Céline Sciamma, estrenó Retrato de una mujer en llamas (Portrait de la jeune fille en feu), película ambientada en el siglo XVIII y protagonizada por una pintora, papel interpretado por Noémie Merlant, a la que se le encarga realizar el retrato de bodas de una joven (Adèle Haenel). De las obras que aparecen en pantalla se encargó la pintora francesa Hélène Delmaire, artista que en su trabajo explora la relación del ser humano con la naturaleza y su mundo interior, intentando plasmar su fuerza a través de la fragilidad, siendo la mujer el sujeto fundamental de su obra. Como ella misma ha dicho en alguna ocasión, recoge elementos que habitualmente se asocian a lo femenino: flores o colores pastel, por ejemplo, para despojarlos de sus significados más infantilizados y darles un contenido poderoso. Todas estas características las materializó también en su trabajo para la película.

Las más recientes adquisiciones para este museo inventado serían de 2021. Entre las nuevas obras a incorporar estarían las ilustraciones que ha hecho Judith Fraggi para Vous ne désirez que moi, la última película de Claire Simon, basada en la relación entre Yann Andréa y Marguerite Duras. Realizadas a dos tintas, representan de forma bastante explícita los encuentros sexuales de la pareja, apareciendo de forma recurrente a lo largo del metraje. Otra película contextualizada en el mundo del arte contemporáneo, concretamente en la escena artística de Chicago, es la nueva versión de Candyman, dirigida por Nia DaCosta, en la que su personaje protagonista, Anthony McCoy, papel interpretado por Yahya Abdul-Mateen II, es un artista que prepara una exposición para una galería. Las obras que realiza fueron encargadas a Cameron Spratley y Sherwin Ovid. Del primero son la gran mayoría de piezas que aparecen en la película; su obra gira en torno a la cultura afrodescendiente en Estados Unidos, la violencia estatal y cultural que se ejerce sobre ellos, el racismo institucionalizado y cómo este se traspasa a la cultura popular. Realizó un total de siete obras de McCoy, algunas de las previas que cuelgan en la pared de su casa así como las primeras inspiradas en la leyenda de Candyman, los cuadros en los que aparecen sogas y la instalación Say my name del espejo. Por su parte, Sherwin Ovid se encargó de hacer los siniestros autorretratos que McCoy va pintando según cae en la espiral de terror.

«Candyman»

Como ya hemos visto en otros ejemplos anteriores, aquí también se incluyen obras reales para dar mayor verosimilitud al ambiente artístico de la película, como cuando asistimos a otra exposición en la galería Night Driver, donde trabaja Brianna Cartwright, papel interpretado por Teyonah Parris, pareja de McCoy en la ficción. Exposición que bajo el título de “A Fickle Sonance” presenta obras reales de artistas de la escena local de Chicago como Arnold J. Kemp, Torkwase Dyson y Theaster Gates.

La última incorporación sería el retrato realizado por Joaquín Jara para La abuela, de Paco Plaza. El cuadro, una obra que se aleja del estilo matérico del artista, presenta un retrato clásico de una joven Vera Valdez, la abuela de la película, en una elegante pose, con un pañuelo azul al cuello y un pajarito sobre su mano. El retrato, como ocurría con el de Laura, ambos potenciados por la dirección de fotografía y la impecable iluminación de tintes góticos, ocupa un lugar destacado en la casa y su mirada irradia un magnetismo especial que atrae a todo el que lo contempla.

Para terminar con esta colección de obras de arte creadas para la ficción, nos quedaría encontrar un espacio expositivo que las pudiera albergar, y este no podría ser otro que el Museo Kleber-Lafayette, el museo ficticio creado para la película Cómo robar un millón y… (How to Steal a Million, 1966), de William Wyler. Un museo que, entre otras muchas obras, alberga la supuesta Venus de Cellini que los protagonistas (Peter O’Toole y Audrey Hepburn) quieren robar. Los exteriores del museo fueron rodados en el Museo Jacquemart-André de París, un palacio del siglo XIX obra del arquitecto Henri Parent que alberga la colección privada de Édouard André y Nélie Jacquemart, centrada fundamentalmente en arte del renacimiento italiano con obras de Sandro Botticelli, Andrea Mantegna, Donatello o Paolo Uccello y pintores franceses del siglo XVIII como Jacques-Louis David. El interior del Kleber-Lafayette fue recreado en un estudio, que fue concebido por uno de los mejores diseñadores de producción y directores de arte de la historia del cine, Alexandre Trauner. Este era colaborador habitual de Billy Wilder y trabajó también con Marcel Carné, John Huston, Jules Dassin o Bertrand Tavernier. En decorar las paredes de ese museo ficticio se invirtieron 150.000 dólares para que varios pintores crearan una excelsa colección a base de reproducciones de Miró, Picasso, Rembrandt o Goya que bien podría haber firmado Elmyr de Hory, el más famoso falsificador de obras de arte, al que Orson Welles dedicó en su día Fraude (F for Fake, 1973); pero esa ya es otra historia.

«Cómo robar un millón y…»

 

© Enrique Piñuel Martín, abril de 2022

(1) “Lola Arias y “‘The Square”’: “Todo es un disparate”. Pablo O. Scholz (Periódico Clarín., 18 Nde noviembre de 2017) https://www.clarin.com/espectaculos/cine/lola-arias-the-square-disparate_0_HkE52JTJf.html