Bitter Money

El sabor del dinero

 

El afilado estilo observacional de Wang Bing es una vez más enfatizado en Bitter Money (Ku Qian, 2016), un documental centrado en varios migrantes internos de China que buscan trabajo en pequeños talleres. El filme está dividido en distintos bloques y, a medida que va progresando, la cámara oscila de una persona a otra, sin centrarse demasiado en un personaje específico. Las historias transcurren en Huzhou, una ciudad situada a unas dos horas de trayecto de Shanghái, que funciona como un núcleo laboral para los trabajadores menos afortunados de todo el país. El director muestra aquí lo contrario del denominado sueño chino, al revelar lo que verdaderamente supone la expansión económica de este territorio.

Bitter Money arranca con una reunión familiar donde las primas adolescentes Xiao Min y Chen Yuanzhen se despiden de sus familias en un pueblo de Yunnan. El ambiente es informal y cálido, lleno de bromas, pero entonces emerge una señal de alarma. Durante la conversación, se sugiere que una de las chicas no tiene una fecha de nacimiento correcta en su documento de identidad, un asunto que no parece infrecuente. De hecho, no es tan problemático que una de ellas sea menor de edad porque, tal y como apuntan los familiares, nadie lo verificará o averiguará. En una fábrica más grande, en cambio, el riesgo sería mucho mayor. Para la joven, la situación es provisional: un medio para pagar la matrícula escolar. Pero para otras personas, el trabajo lejos de casa es la única opción para mantener a los suyos, aunque las familias se vean destruidas por la distancia y la separación. Las chicas suben a un tren atestado para dirigirse a su destino final, un apartamento destartalado, donde el enfoque del relato cambia y se fija en una conversación trivial en la que un hombre confiesa que dejó su trabajo porque no podía soportar las jornadas laborales duras y despiadadas ni los humos tóxicos. En la película, la gente no tiene miedo de expresar su opinión frente al director, y la dura realidad casi sin mediar que Wang Bing presenta es única para el cine chino. Incluso las pequeñas estafas y los problemas poco ortodoxos de las chicas se comparten con la cámara sin vacilación.

Otros retratos incluyen a un joven que regresa a su tierra natal después de un trabajo extra draconiano en las fábricas, o al alcohólico Huang Lei, que lo ha perdido todo. Sin embargo, Bitter Money no es un documental al uso sobre la explotación. Incluso para Wang Bing, cuyos filmes están situados principalmente en ambientes industrializados, el escenario es casi minimalista. Al espectador se le muestra muy poco del proceso de trabajo, pero sí mucho más de la actividades diarias y del poco tiempo libre del que disponen estas personas. Los pequeños espacios improvisados de los trabajadores están sucios y las tiendas de ropa tienen lo básico. Parecen lugares provisionales en los que las personas no vienen a quedarse o a construir sus vidas, aunque los sueños de muchos se encuentren en esos talleres deteriorados con luces de neón. El director muestra a sus protagonistas principalmente durante la noche, iluminados por farolas, teléfonos y tablets. De hecho, todo el mundo parece compartir los mismos ideales: tener la última tecnología, usar ropa de diseño. En otras palabras, vivir bien dentro de los estándares de los ricos. Aun así, Bitter Money no se basa ni en la crítica social ni en la exhibición sensacionalista de las condiciones inhumanas; su sutileza consiste en descubrir mucho con muy poco.

Las películas de Wang Bing a menudo muestran la fuerza y tenacidad que la gente necesita para sobrevivir en entornos hostiles, y Bitter Money no es una excepción. Sin embargo, este documental no se percibe tan impactante como otros de sus filmes. No se sitúa el foco en la supuesta relación esclavista entre trabajadores y jefes, pero sí se intuyen las condiciones laborales ásperas, las duras negociaciones por la mercancía y la competencia despiadada entre los fabricantes. Algunos espectadores pueden tener problemas con la falta de involucración personal y el enfoque frío del director, aunque su mérito está en la plasmación de la pobreza y las condiciones de trabajo. La película no ofrece soluciones, ya que es casi imposible para los sujetos filmados salir de este círculo vicioso sin perder dinero.

Wang Bing también cuenta con la compañera de trabajo de Xiao, Ling Ling, una mujer que sufre violencia doméstica y opresión. En esta historia, nadie se autocensura frente a la cámara: el comportamiento natural incluye tanto al brutal marido como a sus indiferentes compañeros. Aquí, la función intimidatoria del aparato representa una armadura: se ve como el único factor que podría detener el sufrimiento de Ling o cambiar el comportamiento del esposo. Y por lo tanto, el director chino casi alcanza el concepto ideal de mostrar la realidad manteniendo la distancia justa de la cámara sin apenas interferir, incluso si algunas personas actúan de manera diferente mientras son grabadas.

El montaje revela progresivamente el verdadero significado del metraje visto previamente, aunque la falta de una estructura convencional a menudo hace que la historia sea difícil de seguir. Abunda el uso de la cámara en mano, a veces incluso inestable, que ayuda al director a infiltrarse en los hogares de las personas filmadas. Ninguna autoridad pregunta las opiniones, esperanzas o sueños de los trabajadores, lo que convierte la cámara en un confesor bienvenido. Para algunos, la vida continúa, por supuesto, y tratan de hacer todo lo que pueden con lo poco que les ofrecen. Salen de casa y se van de fiesta.

Bitter Money muestra un capítulo doloroso del crecimiento económico chino sobre las espaldas de la gente pobre, desesperada. Hay alusiones al poder del país en el falso bolso Dior de Ling Ling y en millones de productos baratos y de baja calidad que alimentan el consumismo del mundo occidental. Sin embargo, los habitantes de China no están lejos de estas tentaciones. Casi no hay condiciones de vida mínimamente dignas en los barrios bajos de Huzhou, pero la gente está más interesada en ser propietaria del último iPhone que en invertir en sus hogares. Se puede observar cómo, en la sociedad china, hombres y mujeres trabajan por separado y cómo se asume que las mujeres deben encargarse de las tareas domésticas y de criar a los hijos. Uno de los personajes declara: “cada día es trabajar-comer-dormir. Trabajar doce horas es la norma.” Esta rutina deteriora a cualquier ser humano, los espíritus están rotos. No hay futuro en el desorden, solo la esperanza de que trabajadores aún más precarios no les roben sus puestos de trabajo. En última instancia, Bitter Money señala que la acumulación de dinero no necesariamente trae riqueza, y que la esclavitud no es una solución para los trabajadores chinos, sino su única opción.

 

© Andreea Patru, abril de 2017

 

* Crítica previamente publicada en inglés en Vague Visages.