“Surechigai” en Linklater

Las cosas del querer

 

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Surechigai merodorama: melodrama del rozarse sin llegar a tocarse”. Aún recuerdo el profundo impacto que me causó la lectura de esta frase en unas fotocopias repartidas durante un seminario de cine oriental. “Rozarse sin llegar a tocarse” era un concepto tan fascinante en sí mismo que de inmediato decidí dejarlo en el terreno de lo platónico. Sencillamente, preferí inventar posibles películas a su alrededor que dedicarme a la tarea de buscar y recopilar obras en las que se abordara el tema de forma directa. Algo tan leve y profundo a la vez solo debía idealizarse. Un día, sin embargo, esta abstracción romántica se me presentó de forma imprevista como una realidad evidente allí donde menos me lo esperaba: viendo un filme rodado en Europa por un tipo de Texas llamado Richard Linklater.

En Antes de amanecer (Before Sunrise, 1995) hay un momento totalmente surechigai en la primera mitad del filme, cuando Jesse y Céline aún se están conociendo, en el que él trata de tocar el pelo de ella pero apenas llega a rozarlo. Como digo, jamás pensé que asistiría a un momento así entre occidentales. Imaginé mil películas en las que esto sucedía, pero jamás en presente y, menos aún, con personajes tan cercanos como los de Ethan Hawke o Julie Delpy. Aunque de repente caí en la cuenta de que el tema no era ni tan exótico ni tan lejano.

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En Asia existen unas normas y códigos de conducta que hicieron posible el nacimiento de un subgénero tan inefable como este pero, en definitiva, dejando de lado toda la poesía, de lo que se trataba en realidad era de mostrar a dos personas que querían acostarse pero que jamás llegaban a hacerlo, algo que, si recordamos, aparecía hace ya bastante tiempo en aquella maravilla que es La edad de oro (L’âge d’or, 1930) de Luis Buñuel. Tocarse sin llegar a follar, esa es la verdadera y prosaica traducción occidental del surechigai merodorama y que, lejos de evitar, Richard Linklater supo abordar con total maestría en su película.

En la escena en cuestión, Jesse le propone un juego de pregunta/respuesta a Céline mientras viajan en tranvía para que puedan conocerse mejor. De forma clara y directa Jesse le pide a la chica que le describa su primer momento de atracción sexual por otra persona. Ella responde contándole una pequeña historia acerca de un chico en un campamento de verano. Y es justo ahí, cuando ella se ruboriza al recordar ese momento concreto, cuando Jesse trata de tocarla.

Mil veces se ha dicho de Antes de amanecer que es una película hablada, y es cierto, pero lo que no se ha dicho (o se ha dicho muy poco en comparación) es que esas palabras tienen la función esencial de crear imágenes cinematográficas. Céline, con sus palabras, crea una imagen sexual en la cabeza de Jesse (y por extensión, en la nuestra) y es esta la que despierta en él el deseo de tocarla. De esta forma, aprovechando la dimensión imaginaria del lenguaje, Linklater consigue conjugar prosa y poesía en un único y sencillo plano frontal.

La cosa, sin embargo, no acaba ahí. Casi diez años después volveremos a ver una vez más esta escena pero a la inversa. En Antes del atardecer (Before Sunset, 2004), al igual que en su predecesora, nos encontramos de nuevo con Jesse y Céline en pleno tránsito (esta vez en un coche) respondiéndose preguntas el uno al otro. Tras un momento de crisis en el que Céline está a punto de bajar del vehículo, Jesse decide contarle un sueño. Le cuenta que ha soñado con ella, ha soñado con tocarla, y que ha llorado por no poder tenerla. Justo en ese momento Céline alza la mano y trata de tocarle sin llegar a hacerlo.

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Vuelve lo oriental, el surechigai; la narración de algo tan etéreo como un sueño es la que motiva ahora el acercamiento. Sin embargo, si esperamos unos segundos, veremos que lo occidental vuelve a aparecer de nuevo con toda su fuerza cuando ella le dice a Jesse: “Me has contado ese sueño para meterte en mis pantalones, ¿verdad?”. A lo que él responde: “Sí, por supuesto”.

Mediante la relación entre la palabra y la imagen y sus múltiples variaciones, Linklater es capaz de captar con la precisión de una canción pop (letra, estribillo, letra, estribillo) todos los elementos y estrategias que componen el ritual del cortejo y la seducción. Da igual el tiempo que pase o la ubicación escogida; las palabras de los enamorados serán las mismas en todas partes por los siglos de los siglos y sus cuerpos serán siempre el peor lugar para esconder sus deseos más secretos.

 

© Sergio Morera, junio de 2013.

Mosaicos: Covadonga G. Lahera