Meryl Streep

Streepers (quiero ser como Meryl)

* Este artículo forma parte del Especial sobre la política actoral

Imagina descubrir a Meryl Streep por primera vez. Rebobinas en el tiempo. Buscas en la memoria infantil. Aunque lo parezca, Meryl no es eterna. Algún día empezó, aunque tú la descubrieses algo más tarde. En realidad, tal vez ese sea el kilómetro cero que importa: el instante en que ambas os encontrasteis. De algún modo resulta imposible separar a Meryl de tu propia historia.

Estás en casa, a solas con tu madre. El resto de la familia se ha ido a ver el fútbol. Empieza una película en La 2 de Televisión Española. Un rombo. Terreno pantanoso. Con dos, normalmente te levantas del sofá para irte a tu habitación, pero con uno… miras a tu madre con las cejas levantadas y los dedos cruzados. Y de repente, una frase nueva: “Hoy puedes quedarte a ver esta película. Te doy permiso. Es una historia muy triste, pero aprenderás mucho”. Y te acomodas para ver por primera vez La decisión de Sophie (Sophie’s Choice, Alan J. Pakula, 1982), para descubrir, aún sin saberlo, a quien se convertirá en tu ídolo de Hollywood. Quedas irremediablemente enganchada a la historia, a los personajes, a esa actriz de cara delicada, gestos elegantes y mirada que lo dice todo. Incluso en el peor momento, ese clímax fatídico en el que Meryl, con la cara llena de lágrimas, duda, y mira a los ojos de sus hijos sin saber qué hacer, no tienes tiempo para juzgar o pensar qué hubiera hecho otra persona, porque su grito y sus ojos siguiendo a quien acaba de perder son tan desgarradores que te conectas inmediatamente con ella. Estás entre fascinada y traumatizada por esa terrorífica elección.

«La decisión de Sophie»

Al cabo de pocas semanas, tu madre (otra vez), te lleva al cine a ver Enamorarse (Falling in Love, Ulu Grosbad, 1984). Y te enamoras, claro. Era inevitable. A partir de ahí descubrir las películas de Meryl juntas se convierte en un ritual privado entre las dos. En esos años te topas, entre otras joyas, con Memorias de África (Out of Africa, Sydney Pollack, 1985), Kramer contra Kramer (Kramer vs. Kramer, Robert Benton, 1979), o sus tres películas junto a Mike Nichols: Silkwood (1983), Postales desde el filo (Postcards from the Edge, 1990) y Se acabó el pastel (Heartburn, 1986). Y no distingues la sal de las palomitas de la sal de la llorera que os habéis pegado tu madre y tú. Y te convences de que Meryl Streep siempre será esa actriz dramática que encarna a personajes de madres, esposas y amantes sacrificadas, despechadas, dolorosas.

La trilogía Streep-Nichols

Meryl es de gestos lentos, estudiados y controlados que sin embargo fluyen de manera natural, pero con esa melena prerrafaelita no solo la asocias con una indudable creadora sino también con una creación inabarcable, como si fuese la Venus recién nacida de la paleta de Boticelli. Su aparición fue la de una figura más bien única en un star system que empezaba a reivindicar mujeres protagonistas, de un perfil fuerte e independiente. Y era ella la que más las dotaba de delicadeza, equilibrando fuerza y femineidad, llevando a su mirada los silencios entre diálogos y eliminando la necesidad de palabras en momentos cargados de significado. Esto sucedía con su Joana Kramer y el dolor de enfrentarse a un Dustin Hoffman que ya no era el hombre amado, pero también con esa Karen Blixen que nos enseñó que siempre se debe estar en silencio cuando Robert Redford te lava el pelo (de ahí que, desde entonces, callemos cuando nos lavan el pelo en la peluquería).

«Memorias de África»

Volviendo a tu infancia, y ya casi adolescencia, poco a poco se conforma tu palmarés particular, que combina a Diane Keaton (por aquel entonces sobre todo en películas de Woody Allen), a Meg Ryan (la novia de Hollywood en las comedias románticas), Sigourney Weaver (la indisputable heroína de acción) y un podio compartido para el drama formado por Angelica Houston, Glenn Close y, por supuesto, la Streep (un trío dorado que todavía hoy sueñas con ver reunido en algún filme).

Para ti, la primera gran sorpresa llega en el 92 con La muerte os sienta tan bien (Death Becomes Her, Robert Zemeckis). Goldie Hawn encaja con toda lógica. Bruce Willis… bueno, es un actor de acción con vis relativamente cómica. Pero, ¿Meryl? ¿También en comedia? Te genera cierto desconcierto. ¡Pero lo hace tan bien…! Entonces todavía no lo sabes, pero se está riendo de sí misma, de los personajes melodramáticos que acostumbra a interpretar. Y con ello está naciendo una nueva cara del mito: el humor de Meryl y su genial capacidad para nunca tomarse en serio. Una (también) brillante Goldie Hawn arrebata el papel de víctima a Meryl y esta se convierte por primera vez en femme fatale. Descubrir a Meryl como villana es incluso mejor que disfrutarla como heroína. Verla forzando e incluso ridiculizando las artes de seducción, discutiendo y traicionando sin pausa a su supuesta amiga o hasta participando en peleas físicas aderezadas con unos efectos visuales que la caracterizan al más puro estilo Beetlejuice (Tim Burton, 1988), nos permite descubrir a la Meryl más hilarante. Se abrió la veda; no será la única vez que veamos a Meryl reírse de sí misma en el cine.

«La muerte os sienta tan bien»

Un año más tarde se come la pantalla junto a Glenn Close en La casa de los espíritus (House of Spirits, Bille August, 1993). No está Angelica Houston (el trío soñado no llega), pero ellas dos solitas tiran del carro en una trama reivindicativa de amistad y amor femenino. Igual que en la comedia anterior, dos mujeres co-protagonistas se unen en sororidad a pesar de que un hombre las enfrente. El colmo de la felicidad. Para entonces ya eres muy cinéfila y medio piensas en dedicarte a ello. Ese mismo verano has descubierto a Isabel Allende y tu pasión por las novelas de sagas familiares, así que es la primera vez que has visto una adaptación en el cine habiendo leído antes la obra, y no después. Para cuando se estrena Río salvaje (The River Wild, Curtis Hanson) en 1994, ya estás dispuesta a creer que Meryl puede ser quien quiera, hasta una heroína de acción que desciende con pericia los rápidos de un río enfrentándose a Kevin Bacon mientras salva a sus hijos. Al final, eso sí, siempre acaba recurriendo a sus puntos fuertes: vuelve la madre.

En el 95, recuperas a la Meryl de siempre, pero en versión evolucionada. Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, Clint Eastwood) permitió revelar no solo a una madre y esposa doliente y sacrificada, sino a una Meryl sexy, seductora y apasionada. Ella y Clint Eastwood supieron sacar partido de una novela quizá sobredimensionada, y convirtieron la historia de un fotoperiodista y una ama de casa del medio oeste en un fenómeno mundial que sí merecía serlo. Una de las secuencias finales, situada en el pueblo, con Meryl en la furgoneta, esperando a su marido, y viendo en la calle a Eastwood, esperándola en la calle, bajo la lluvia, transcurre, de nuevo, sin ningún diálogo. Pero cualquiera se puede identificar con esa ama de casa que agarra la palanca de apertura de la puerta del copiloto y, en esos segundos eternos en los que se le quedan blancos los nudillos de la mano derecha, se plantea todo su pasado (lo que la liga a su familia, su historia) y su futuro (un nuevo amor, la pasión y la aventura), para finalmente no abrir esa puerta y abrazar al hombre que la espera, sino soltar la palanca, y quedarse junto a su marido mientras llora en silencio al compás de las escobillas que apartan la lluvia del parabrisas y le permiten ver cómo ese hombre vuelve a su coche, cuelga del retrovisor el colgante que ella le ha regalado y comprende, siempre en silencio, su difícil decisión. Otra renuncia para Meryl.

«Los puentes de Madison»

Es a partir de ahí cuando empiezas a observar a tu actriz favorita con otros ojos. Hasta entonces, has vivido convencida de que Meryl Streep hacía de Meryl Streep en sus películas, que nunca salía de su zona de confort. A partir de ese momento, y sobre todo al empezar a estudiar cine en la facultad, mejoras tu capacidad crítica y puedes revisitar la filmografía de tu ídolo desde otra perspectiva. Descubres El cazador (The Deer Hunter, Michael Cimino, 1978), La mujer del teniente francés (The French Liutenant’s Woman, Karel Reisz, 1981), Bajo sospecha (Still of the Night, Robert Benton, 1982) o Un grito en la oscuridad (Evil Angels, Fred Schepisi, 1988), y compruebas que Meryl no hace de sí misma. Igual que Robert de Niro, Al Pacino o tus Glenn Close y Angelica Houston, Meryl es un auténtico camaleón, capaz de hacer tan convincente un personaje que pasa, literalmente, a convertirse en él. No puede ser casualidad la cantidad de veces que ha sido nominada al Óscar como mejor actriz o actriz secundaria, llegando hoy a superar el récord de los grandes clásicos (como Katharine Hepburn o Bette Davis) y contar con veintiún nominaciones y tres galardones. De hecho, no pasan más de cinco años sin que esté nominada. Bette Davis le escribió una carta para decirle que había encontrado a su sucesora. La Davis. Al final resulta que Meryl no es solo una actriz: es una Diva.

Los tres Óscar de Meryl Streep

En el drama se mueve como pez en el agua, es su hábitat natural. La avalan más de la mitad de sus trabajos en el cine. Intentar enumerarlos sería hasta cansado. Destaquemos algunos: la creación propia de Antes y después (Before and After, Barbet Schroeder, 1996), La habitación de Marvin (Marvin’s Room, Jerry Zaks, 1996), Cosas que importan (One True Thing, Carl Franklin, 1998), o Las horas (The Hours, Stephen Daldry, 2002). Pero también el modo en que ha abordado personajes ficticios e históricos como Karen Silkwood en Silkwood; Roberta Guaspari en Música del corazón (Music of the Heart, Wes Craven, 1999); la sufragista Emmeline Pankhurst en Sufragette (Sarah Gavron, 2015); o Margaret Tatcher en La dama de hierro (The Iron Lady, Phylida Lloyd, 2011). Meryl puede imaginar un personaje de ficción y construirlo de forma verosímil o bien reconstruir a otro existente y conseguir convencer al público en una mímesis casi perfecta.

También puede llegar a encarnar la frialdad y el cálculo como nadie. Cuando Meryl es villana, lo es de verdad –véanse El mensajero del miedo (The Manchurian Candidate, Jonathan Denme, 2004), Expediente Anwar (Rendition, Gavin Hood, 2007) o Leones por corderos (Lions for Lambs, Robert Redford, 2007)–. Por primera vez, sientes desde el patio de butacas que la identificación con ella desaparece y por ejemplo en La duda (Doubt, John Patrick Shanley, 2008), su personaje de la hermana Aloysious llega a ser desagradable mientras que en Agosto (August: Osage County, John Wells, 2013), su matriarca familiar, Violet Weston, casi hasta consigue meterte el miedo en el cuerpo. Y sin embargo, Meryl ejerce de nuevo su sello actoral, consiguiendo que incluso en estos casos tan extremos, consigamos justificar la estrechez de miras de la hermana Aloysious y lleguemos a comprender a Violet (de nuevo otra madre) y su desquiciada historia de amor con un marido ausente. Falsa alarma: la empatía permanece hasta con los personajes más oscuros, como si Meryl tuviese una luz propia.

«La duda» y «Agosto»

Si bien es cierto que sus primeras incursiones en la comedia son tímidas y hasta los años noventa incluso discretas, a partir de la primera década de los 2000 empiezan a proliferar. Algunos sectores de la crítica vieron en esto una vía de escape, al estilo de Diane Keaton y sus madres mandonas de comedias románticas mainstream. La edad. La madurez. El gran escollo femenino en Hollywood. Maldito techo de cristal. Pero Meryl lo rompe cuando quiere (por algo es la heredera de la Davis) y se pone la comedia por montera. Saca a relucir sus lecciones de música y canto cuando es necesario colaborar en musicales y reinventa su vis cómica en cada interpretación, como si todavía estuviera obligada a sorprendernos. Su Miranda Priestly en el Diablo viste de Prada (The Devil Wears Prada, David Frankel, 2006) se come a la supuesta protagonista, Anne Hathaway, transformando la cinta en “esa película en la que Meryl hace de antagonista”, que no mala, ya que poco a poco vas empatizando con ella, con su soledad en la cima y con su visión de la moda como espejo de la sociedad, llegando incluso a disculparle la traición a Stanley Tucci. Por si tenemos dudas acerca de su relevancia cultural a lo largo del tiempo, la Miranda Prestly de Meryl sigue siendo todavía a día de hoy, casi quince años después del estreno, un auténtico generador de gifs. Sus madres en la comedia también son modernas –Secretos compartidos (Prime, Ben Younger, 2005); Si de verdad quieres (Hope Springs, David Frankel, 2012)–, en ocasiones divorciadas (No es tan fácil [It’s Complicated, Nancy Meyers, 2009])-, creativas (Julie & Julia, Nora Ephron, 2009) y transgresoras, como en Ricky and the Flash (Jonathan Demme, 2015), una cinta un tanto especial en la que encarna a una rockera solitaria que vuelve a la casa familiar para cuidar de su hija recientemente divorciada y deprimida, interpretada por Mamie Gummer, hija de Meryl en la vida real. La madre real y la cinematográfica juntas por primera vez.

Si sus capacidades para la comedia quedaron sobradamente demostradas en los noventa, y se han visto ampliadas y reforzadas en los últimos tiempos, sus verdaderas dotes para la música y los musicales se pudieron mostrar años antes de interpretar a Ricky, en Mamma Mia! (Phyllida Lloyd, 2008), donde es, de nuevo, una madre poco convencional y defiende, sin caer en el ridículo, la rocambolesca y forzada trama del musical sobre la obra de Abba. La crítica dirá lo que quiera, pero ver y escuchar a Meryl cantando y bailando Dancing Queen es una delicia cuando tu grupo de cabecera es el mito sueco y tienes un mal día. Porque es que, para colmo, no solo carga con todo el peso de la película y del elenco sino que encima ¡canta bien! Ni siquiera un Money, Money, Money en peto vaquero suena ridículo cuando es Meryl quien lo interpreta. Ella mantiene su elegancia personal incluso en los memes. Y para cuando Rob Marshall estrenó Into the Woods (2014), Meryl ya tenía bula Hollywoodiense. De nuevo una película coral se convirtió en “ese musical en el que Meryl hace de mala y acaba siendo la protagonista”. Pese a salir menos en pantalla que James Corden. Pese a llevar una peluca azul y una verruga en la nariz.

Meryl en el metro

Y es que Meryl Streep siempre había querido hacer un cine más ligero, lo decía desde joven, cuando iba en metro a ensayar al teatro o a los rodajes que coincidían en Nueva York y la consideraban esa actriz con vida normal. Te encantan esas fotos robadas. Esos artículos del Fotogramas en los que describían a una Meryl alejada de los focos y del star system, madre de cuatro hijos y casada desde 1979. Sin divorcios, sin escándalos, sin sobresaltos. Ella misma decía, en un discurso de uno de sus muchos premios, que la mejor manera de no malcriarte en Hollywood es plancharte tú misma tu ropa.

En su discurso de agradecimiento por el Óscar a la mejor interpretación por Tres anuncios en las afueras (Three Billboards Outside Ebbing, Missoury, Martin McDonagh, 2017), Frances McDormand pidió a Meryl que se levantara, pues si ella lo hacía las demás mujeres la seguirían. Estamos en pleno #Metoo, cuando nombres como el de Harvey Weinstein ya estaban en el fango y se había acusado a Meryl de tibia por no señalarlo directamente. Pero Meryl se levanta, y todas lo hacen. Porque Meryl lleva años donando ingentes cantidades a asociaciones de empoderamiento femenino y departamentos de feminismo de museos y universidades americanas. También es una de las pocas estrellas que pueden presumir de haber sido dirigida por mujeres directoras en múltiples ocasiones (solo en la última década: Nora Ephron, Sarah Gavron, Greta Gerwig, Phyllida Lloyd o Nancy Meyers). Otra muestra de esta idea la podemos disfrutar en la segunda temporada de Big Little Lies (David E. Kelley, 2019), en la que Meryl mejora una serie ya impecable que fue la gran declaración de principios de actrices como Reese Whitherspoon o Nicole Kidman ejerciendo como productoras y liderando un proyecto de éxito integrado casi exclusivamente por mujeres. Aunque no levante la voz, Meryl es feminista, reivindicativa, luchadora y políticamente comprometida.

No es la única causa a la que Meryl se entrega. Por ejemplo, cuando en 2017 le cedió el rostro a Kay Graham (de nuevo, un personaje histórico y vivo) en Los archivos del pentágono (The Post, 2017), lo hizo sobre todo porque era una película rodada con urgencia como alegato a favor del periodismo en la era Trump. El cartel de la película, solo incluía los apellidos Streep y Hanks, además del título. Para qué recordar los nombres de pila de dos de los grandes, si ya nos los sabemos… A su vez, Meryl ha dedicado parte de su vida a la investigación sobre el cáncer, al que debe su mirada única, hecha del equilibrio entre la vida plena y normal y el drama y la tristeza más absolutos por ver morir entre sus brazos a su primer amor (que no el de su vida, como ella siempre corrige), John Cazale, al que cuidó casi tres años.

Shown: John Cazale, Meryl Streep, circa 1977

Meryl es la actriz más nominada al Óscar de la historia de Hollywood y sigue cayendo simpática. Nadie se mete con Meryl. Ni siquiera Ricky Gervais. Y cuando lo hacen Tina Fey y Amy Poehler, es para decir que no ha venido porque tiene la gripe “y está fantástica en ella. She stills the flu!”. Meryl es el referente actoral de varias generaciones. Anne Hathaway o Amanda Seyfried ya la admiraban antes de tener la oportunidad de trabajar con ella. Hathaway incluso dijo en algunas entrevistas que las clases magistrales que tuvo junto a Meryl en El diablo se viste de prada no se pagan con dinero. Meryl es un ídolo, y como tal, es eterna y es inmensa. Porque su grandeza reside en los valores más universales: la humildad, el talento y el trabajo constante. Es perfeccionista hasta la repelencia. Elige sus trabajos sin importarle el sueldo, y se prepara durante meses.

Y cuando crees que lo has visto todo, que ya no puede sorprenderte… alguien de la familia, mientras estás escribiendo este texto, te descubre una serie de HBO, Angels in America (Tony Kushner y Mike Nichols). La producción es de 2003. Te extraña que se te pasara, aunque claro, por ese entonces HBO solo llegaba por parabólica. Conoces la obra de teatro pero no sabías que hubieran hecho una serie. Ese familiar te dice: “mira el primer capítulo si no quieres verla entera. Te sorprenderás”. Y vaya si te sorprendes. Porque la primera secuencia sucede en una sinagoga, en la que un rabino bajito y muy anciano oficia el sepelio de una señora. Lo que debería haber sido la presentación de una familia y sus distintos integrantes, se convierte en sorpresa mayúscula. Empiezas a reconocer algo en la voz de ese rabino que mezcla el inglés y el Yiddish, y recita la Torá, y cuando la cámara se acerca con un travelling tímido, no puedes creerlo. Meryl lo ha vuelto a hacer. Cuando pensabas que lo habías visto todo de ella, vuelves a sentirte como cuando viste La decisión de Sophie y la descubriste por primera vez. Meryl te ha convencido incluso interpretando a un rabino nonagenario, un hombre. Y casi te la cuela.

«Angels in America»

Uno de los gestos más reconocibles de Meryl y presente en varias de sus películas es el simple gesto de apoyar su mano en la mejilla. Lo has intentado imitar toda tu vida sin éxito. Te falta la melena prerrafaelita, la finura de Boticelli… en fin, no eres Meryl. Meryl es perfecta. Pero te das cuenta de que, aunque no seas Meryl, sí eres una Streeper. Lo has sido toda tu vida, antes incluso de que sus fans se bautizaran con este nombre tan fandom. Soy una Streeper. Ahora me doy cuenta.

 

© Anna Tarragó, diciembre de 2020