Le quattro volte

La cuestión humana

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Generalmente, cuando nos acercamos a una película política contemporánea, comprobamos tristemente cómo a su esfera de representación le siguen animando una serie de arquetipos heredados de otro tiempo político muy distinto al nuestro. Sentimos cómo sus imágenes son incapaces de recoger los problemas, inquietudes, temores, preocupaciones o ambiciones que nos acompañan habitualmente. Nos encontramos huérfanos, nos falta una imagen que sintomatice la realidad del contexto en que se enclava nuestra vida. Por lo tanto, y aunque últimamente hayamos admirado y aplaudido una película como Film socialisme (2010), la carencia no hace más que avivar que una misma pregunta permanezca sin respuesta: ¿Qué es un film político? Giorgio Agamben: “Si la cesura entre lo humano y lo animal se establece fundamentalmente en el interior del hombre, lo que debe plantearse de un modo nuevo es la propia cuestión del hombre, y del ‘humanismo’. En nuestra cultura, el hombre ha sido pensado siempre como la articulación y conjunción de un cuerpo y un alma, de un viviente y de un logos, de un elemento natural (o animal) y de un elemento sobrenatural, social o divino. Ahora tenemos que aprenden a pensar, muy de otro modo, al hombre como lo que resulta de la desconexión de esos dos elementos, e investigar no el misterio de la conjunción, sino el misterio práctico y político de la separación”.

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Michelangelo Frammartino: “Le quattro volte es una película que va eliminando elementos: empieza de forma tradicional, centrándose en el hombre, pero luego, poco a poco, va desplazando el centro de atención hacia todo lo que le rodea, y que normalmente no es más que un fondo, hasta privar al espectador de todos los puntos de referencia. Obviamente, esta pérdida progresiva de protagonista encerraría también un descubrimiento, el descubrimiento de una dignidad par entre lo humano y los demás reinos”. Todas las noches, un cabrero bastante anciano ingiere, diluido en agua, el polvo que recoge en una iglesia porque cree que en ese “medicamento casero” se encuentra el remedio a la enfermedad que sufre. El día que se olvida de tomarlo muere y en el rebaño que poseía nace un cabritillo que poco después se perderá en el bosque, muriendo debajo de un enorme árbol. Posteriormente descubrimos que es un abeto que servirá para continuar con una antigua tradición que consiste en reducirlo a astillas para que los carboneros que aún mantienen vivo ese oficio arcaico puedan obtener el carbón que calentará durante el invierno a los vecinos de la región calabresa que sirve como escenario a estas cuatro historias que componen Le quattro volte (2010).

Cauolonia es ese escenario y no parece casual. En primer lugar porque el director italiano guarda allí gran parte de sus recuerdos de adolescente, ya que durante muchos años abandonó su Milán natal para pasar allí veranos enteros. También porque es la misma aldea donde rodó su excepcional ópera prima, Il dono (2003), un filme emparentado con el cine de Sharunas Bartas, que seguramente sirvió como inspiración a Mercedes Álvarez para El cielo gira (2004), y en el que también tomaba como protagonista a un octogenario para registrar las tensiones entre el mundo “antiguo” al que pertenecía y el moderno en el que vivía. Pero además, porque pretende filmar esos oficios que sobreviven anacrónicamente de la misma manera que su admirado Vittorio de Seta, un pionero del documentalismo antropológico que se acercó a la misma Fiesta de la Pita (“abeto”, en dialecto local) en I dimenticati (1959) y a ese pastoreo de cabras en Pastori de Orgosolo (1958).

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“Cómo ir hacia una imagen”, o una de las grandes preocupaciones que obsesionó a Serge Daney a lo largo de su vida y que ha terminado convirtiéndose en uno de los axiomas que rigen el esfuerzo de cineastas, espectadores y críticos cinematográficos; porque, como señala David Oubiña en el prólogo de Cine, arte del presente, ya “no se trata de ver o interpretar o descifrar las imágenes; se trata, más bien, de ir a su encuentro, pensar junto a ellas, confrontar eso que muestran con el sentido que una mirada viene a instalar sobre su superficie. Las imágenes auténticas no se entregan llanamente. Ofrecen resistencia. Es preciso, entonces, una estrategia para aproximarse a ellas, para obtener el mensaje que intentan pasar y que se perdería irremediablemente si no se sabe observar”. Pero, ¿sigue mereciendo la pena realizar el esfuerzo de ir hacia ellas una vez reconocida su ubicuidad, una vez asumido que no son más que meros objetos? Después de descubrir que todas alojan, como forma de memoria, un conocimiento, ¿por qué no esperar a que revelen por sí solas su efecto cognitivo? ¿Por qué ese empeño en adaptar la finitud de nuestro tiempo a la inactualidad del suyo? Un ejemplo práctico: ¿Qué pensaríamos si alguna vez lográramos ver a un pastor que caminara guiado por sus ovejas?

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Antes de introducirse en el mundo del audiovisual (realizando videoinstalaciones y videoclips), Michelangelo Frammartino completó su formación académica como arquitecto. Por lo tanto, y al igual que otro Michelangelo pero apellidado Antonioni, la relación con los espacios concretos tiene una relevancia especial dentro de su cine. Sus dos trabajos se cimentan poderosamente sobre unos planos fijos contemplativos, cercanos a un registro documental por los que va discurriendo “naturalmente” la realidad manipulada (a la manera de Kiarostami) que utiliza como sustrato. Su mirada es obstinada, no modifica su punto de vista ni aunque la acción se le escape (aparentemente) en el fuera de campo. Por esa razón, junto con los elementos argumentales, Le quattro volte puede ser confundida fácilmente con una película naturalista que pretende construir una sinfonía alrededor de los ciclos de la vida a la manera del último gran maestro italiano, Franco Piavoli, y su grandísima Voci nel tempo (1996). Nos equivocaríamos; entre otras cosas porque, al igual que en Il dono, el silencio vehicula toda la narración hasta que termina manifestándose sobre esas “tierras de nadie” que son cada uno de los fotogramas en negro que puntúan cada aparición de la muerte a lo largo del metraje. Zonas de penumbra donde se evidencia la muerte como el soporte del psíquico colectivo utilizado de pasaje común de los individuos por la historia una vez que esta ha dejado de organizar los acontecimientos de la vida. Es decir, la cuestión humana.

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Puntos de fuga

AGAMBEN, Giorgio: Lo abierto: El hombre y el animal, Ed. Pre-textos, Valencia, 2005.

DANEY, Serge: Cine, arte del presente, Santiago Arcos editor, Buenos Aires, 2004.

Dossier de prensa de Le quattro volte.