La política de Marco Müller

El pasado 10 de septiembre de 2011, tras la entrega del León de Oro a Aleksander Sokurov por su Faust, Marco Müller anunciaba que dejaba su cargo como director artístico de la Mostra de Venecia, que hereda el crítico de cine Alberto Barbera para las próximas cuatro ediciones. Esta es una buena ocasión para hacer balance de sus ocho años de trayectoria como conductor del certamen italiano que, desde 2004, se ha convertido en un lugar de referencia para la cinefilia mundial. Y es que en la isla del Lido se han consolidado autores de la talla de Jia Zhang-ke, Amir Naderi, Johnnie To, James Gray, Kelly Reichardt o Arnaud Desplechin; y se han reivindicado cineastas tan ilustres como Monte Hellman, Satoshi Kon, Philippe Garrel, Hayao Miyazaki, John Woo, Abel Ferrara, Shinya Tsukamoto, Takeshi Kitano o José Mojica Marins. Desde Transit agradecemos a Müller el riesgo de su programación en sus dos mandatos y aprovechamos la ocasión para recuperar el artículo que dedicamos a su figura en 2009, tras la edición 66 de la Mostra.

En defensa de la cinefilia

Ejerce de maestro de ceremonias e impone. No para quieto y se deja ver a todas horas. Impecablemente uniformado, suele lucir unos atuendos de reminiscencias maoístas. No por casualidad, algunos lo conocen como El Gran Timonel. Políglota (habla un dialecto del chino, además de otras ocho lenguas), Marco Müller es un tipo ambicioso y extremadamente culto. Licenciado en Orientalismo y Antropología, pocos dudan, a día de hoy, de su condición de sumo sacerdote de la cinefilia más ecléctica y radical. Desde el 2004, es el director artístico de la Mostra de Venecia y, tras cuatro ediciones triunfantes, atraviesa ahora la etapa más peliaguda de su mandato. Las furibundas críticas a la programación de 2008 parecen haberse reducido en la última edición del certamen, pero la tensión persiste en el horizonte. En tiempos de crisis, las dudas son aún mayores. ¿Es posible sobrevivir sin el glamour? ¿Qué influencia real tiene en los medios de comunicación masivos un festival tan arriesgado como el de Venecia? ¿Cómo afrontar la competencia industrial de Toronto sin ceder en los criterios artísticos?

Las respuestas no son fáciles, pero es preciso buscarlas. El futuro de la Mostra -y de buena parte del cine que más nos apasiona- está en juego. No vamos a negar que las certezas son escasas. Pero seguimos pensando que Müller es, ante todo, un tipo ideal para su cargo y perfectamente capacitado para remontar la situación. Entonces, ¿dónde está el problema? Quizá en  primer lugar, en los duros condicionantes del mercado. Tal y como apuntaba agudamente un año atrás Salvador Llopart, Hollywood vive, desde la tan cacareada huelga de guionistas, tiempos convulsos y ha rebajado su apoyo a aquellas producciones intermedias -a las mal llamadas “películas independientes”- que tan bien lograban equilibrar la presencia de intérpretes de relieve con su entidad artística. No me refiero a las producciones made in Sundance, sino a títulos como No es país para viejos (No country for old men, Joel y Ethan Coen, 2007), Pozos de ambición (There will be blood, Paul Thomas Anderson, 2007), La noche es nuestra (We own the night, James Gray, 2007) o los estrenos “venecianos” de Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005) I’m not there (Todd Haynes, 2007) y El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (The assassination of Jesse James by the coward Robert Ford, Andrew Dominik, 2007). A falta de este tipo de cintas -que satisfacen, a priori, tanto el gusto de la crítica como el del público-, el margen de maniobra para los programadores de festivales de clase A es mucho menor y, a excepción de Cannes (que, inmune a la recesión, sigue exhibiendo numerosas estrellas por su alfombra roja, llena hoteles y playas con turistas y productores, reúne a un puñado de autores de prestigio y acapara las producciones más llamativas de la temporada), se han ido imponiendo políticas imaginativas que intentan garantizar, sobre todo, la rentabilidad económica de los certámenes y, de refilón, mantener un mínimo de calidad cinematográfica.

Ante la indefinición de Berlín y San Sebastián, Venecia parece ser uno de los pocos grandes festivales capaces de conjugar una fórmula que satisfaga el paladar de cinéfilos, programadores, distribuidores y paparazzis. Un equilibrio que, tal como decíamos, solo se rompió en 2008, una edición que vino a marcar un punto y a parte en la historia reciente de la Mostra. En ese año, la industria prefirió desplazarse a Toronto -los capos de Fox, Miramax, Disney y Paramount no se dejaron ver por el Lido-, los reporteros se vieron afectados por la escasez de trabajo (de “estrellas”) -solo destacaron Brad Pitt, George Clooney y Mickey Rourke- y la prensa generalista puso en tela de juicio la política de Müller, más enfocada que nunca al cine de autor radical y, por tanto, a favor de propuestas con escasas posibilidades de distribución y que apenas despiertan atención mediática. A estas alturas, no seguiremos insistiendo en lo triste de la cobertura que de todo ello llevaron a cabo ciertos periódicos españoles -mostrando un desprecio injustificable para con sus lectores- (1), pero sí aceptaremos que la arriesgada jugada del director artístico de Venecia no salió bien. La sombra del fracaso se apoderó de los canales del Lido y poco faltó para que el transatlántico se hundiese. Y eso que se pudieron ver, entre otras joyas, 35 rhums (Clare Denis), Ponyo en el acantilado (Gake no ue no Ponyo, Hayao Miyazaki), Shirin (Abbas Kiarostami), The hurt locker (Kathryn Bigelow), Z32 (Avi Mograbi), Goodbye Solo (Ramin Bahrani), Jerichow (Christian Petzold), Encarnaçao do demonio (José Mojica Marins), Vegas: Based on a true story (Amir Naderi), The sky crawlers (Mamoru Oshii), A erva do rato (Júlio Bressane y Rosa Dias, 2008) o Vinyan (Fabrice Du Welz). Una lista que bien podría ampliarse con bastantes títulos más, pero que no pudo rebatir el pesimismo general. Y es que, ya se sabe, la calidad de las películas programadas no es el baremo primordial cuando toca calibrar el éxito de un festival de estas características. Existen otros factores mercantiles y eso es algo que el bueno de Müller tuvo muy en cuenta cuando configuró la edición de este 2009.

El director artístico de la Mostra no es un ingenuo y siempre ha tenido claro lo que tiene entre manos. Sabe que los hoteles y los centros turísticos venecianos quieren alargar la temporada estival y que un evento de esta magnitud les ayuda en su empeño. Sabe que debe lidiar con figuras políticas para garantizar subvenciones -de ahí, la cuota de cintas italianas a competición. Y sabe que el certamen italiano es la plataforma de lanzamiento ideal (al menos en Europa) de los grandes filmes estadounidenses (en presupuesto) de los últimos dos meses de cada temporada. Por ello, en esta ocasión, ha evitado complicarse la vida en demasía y, aun sin renunciar a su cinefagia, ha cumplido los deseos de los mass media. ¿No querían estrellas? Pues en 2009 las ha habido, muchas y de distinto calado: de Viggo Mortensen a Michael Moore, de George Clooney a Isabelle Huppert, de Hugo Chávez a Omar Sharif, de Nicolas Cage a Matt Damon. Quizá no venían con producciones asombrosas bajo el brazo (2)…, pero, ¿para qué engañarnos? La mayor parte de las discusiones de los periodistas en el Lido tuvieron que ver con sus quehaceres y no tanto con sus películas u otros títulos proyectados. Y esta, aunque nos duela, no es una mala noticia. Más bien todo lo contrario. Mientras la cuota de glamour quede cubierta, menos quejas se verterán contra las propuestas más radicales -como, por ejemplo, las magníficas Between two worlds (Ahasin Wetei, Vimukhti Jayasundara, 2009) y Villalobos (Romuald Karmakar, 2009) de esta edición- y los cinéfilos dormiremos más tranquilos. La locomotora seguirá en marcha; Venecia continuará llenándose (aún más) sus bolsillos y Müller, de refilón, se permitirá el lujo de programar lo que le apetezca (3).

Y es que desde 2004 -y obviando los grandes títulos ya citados de 2008-, se han podido ver en el Lido buena parte de las obras cinematográficas claves de esta primera década del siglo XXI. Así, a bote pronto, se me ocurren una docena de cintas imprescindibles elegidas por el equipo del programador ítalo-suizo (4): En la ciudad de Sylvia (José Luis Guerin, 2007), Naturaleza Muerta (Sanxia haoren, Jia Zhang Ke, 2006), Exiled (Fong juk, Johnnie To, 2006), I don’t want to sleep alone (Hei yan quan, Tsai Ming-liang, 2006), Paprika (Satoshi Kon, 2006), Syndromes and a century (Sang sattawat, Apichatpong Weerasethakul, 2006), El libro negro (Zwartboek, Paul Verhoeven, 2006), Inland Empire (David Lynch, 2006), Los amantes regulares (Les amants réguliers, Philippe Garrel, 2005), L’intrus (Claire Denis, 2004), Reyes y reina (Rois et reine, Arnaud Desplechin, 2004) y Café Lumière (Kôhî jikô, Hou Hsiao-hsien, 2003). Según los gustos del personal, estos títulos bien podrían ser otros -no cabe olvidar que la Mostra ha exhibido varios de los más estimables filmes nominados a los Oscar de los últimos años: de Buenas noches y buena suerte (Good night, and good luck, George Clooney, 2005) a Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005)-, pero, sea como fuere, parece incuestionable el buen ojo del director artístico de Venecia que, asimismo, ha ido desarrollando progresivamente un discurso cinéfilo sumamente rico.

Es ciertamente estimulante descubrir que, al inicio de cada una de sus ediciones, Müller expone un discurso -plasmado en el programa de mano del festival- sobre “el estado de las cosas” dentro del mundo del cine (y alrededores) que, de algún modo, “justifica” la rigurosa programación de la Mostra donde siempre se intenta reflejar, pese a las inevitables concesiones, una mirada tan precisa como abierta al séptimo arte. “Desistimos de presentar un espectro completo del cine actual”, decía el programador ítalo-suizo en 2004. Y, desde ese punto de partida, sus reflexiones no han hecho más que evolucionar. En 2006, por ejemplo, se preguntaba por el papel que deben jugar los festivales cinematográficos, un tema recurrente al que apelaba lejos de la soberbia y a partir de la duda. “Lo esencial está en cuestionarnos a nosotros mismos (…) Debemos ver a los espectadores como una pregunta en vez de una respuesta. Queremos transmitirles una fiebre (…) en una época donde, en general, el cine es cada vez menos tóxico, y en la que parece menos necesaria una audiencia adicta”. La cinefilia se transforma, por tanto, con los cambios de consumo y Müller no es ajeno a ello. Pasan los años y quizás, en medio del pesimismo general, la clave esté en conservar la fe (en el celuloide o en el digital) y en advertir -tal como él mismo dijo en 2008- que el cine “ya no es una brújula infalible” y que “es una futilidad” considerar un certamen “como un atlas de las naciones del planeta”. Ahora, en el presente, se trata más bien “de ser contradictorios, de dejarnos guiar por la intuición”. Y también de no tener miedo a las mezclas. “No hay ninguna razón para separar lo popular de lo artístico, cuando dentro hay algo que es cine”, afirmaba el director artístico de la Mostra y tenía (tiene) razón.

Por si había dudas, en la deslavazada pero atrevida programación de 2009 ha destacado la eclosión del género puro y duro que ha convivido con lo experimental sin demasiadas complicaciones. Que Shinya Tsukamoto o George A. Romero no firmasen sus mejores películas (5) no resta importancia a su inclusión en sección oficial, un gesto que da prueba de la constancia de Müller; un director artístico que en el programa de mano de este año nos recordaba que hoy podemos ver, en un mismo día, “un filme de Jacques Tourneur y otro de Abbas Kiarostami, uno de Elia Kazan y otro de Johnnie To, percibiendo la diferencia de estilos pero sin tener la clara sensación de haber hecho un largo viaje en el tiempo”. El cine es, por tanto, “algo más que el cine, es un conjunto de ideas, de fuerzas, propiedades, mitos e historias que marcan virtualmente todas las películas (las que se producen dentro de la industria y fuera de ella) y que marcan nuestra historia, respecto a los filmes y más allá de ellos”. Un espacio, añadimos, sin restricciones de ningún tipo al que desde Venecia se quiere, al parecer, acceder abriendo puertas y no cerrándolas. Quizás adaptarse (o mejor aún, camuflarse) a los condicionantes mercantiles será difícil, pero la política de Müller resiste, por ahora, sin prejuicios, firme y consecuente. Y podemos creer (aún) en ella. En un cine sin dogmas. En un festival sin respuestas. Y, sobre todo, en un espectador interactivo que complete ese apasionante viaje que implica ver toda buena película. Gracias, Marco.


(1) Aquí me refiero, sobre todo, a los diarios ABC y El País. Anteriormente, sin embargo, la cobertura ya había sido más que discutida. Hasta el punto de generar, en 2006, un célebre artículo-compilación de José Manuel López Fernández titulado “La catatonia nacional” que despertó una considerable polémica. Removiendo en el pasado, en 2005, Diego Galán arremetió también desde El País contra Marco Müller por no programar a concurso ninguna película española y… por admitir sus razones públicamente. “Eran filmes que ya hemos visto muchas veces antes”, osó afirmar el director artístico de la Mostra, y, aun salvando cuatro títulos, estos “se cayeron solos” al compararlos con los procedentes de otras latitudes. Su sinceridad no fue bien entendida. Había tenido que equiparar Ninnette (José Luis Garci) con Los amantes regulares (Philippe Garrel) y Obaba (Montxo Armendáriz) con Mary (Abel Ferrara) en un mismo año…
(2) Sin ser desdeñables, las grandes producciones norteamericanas de Venecia 2009 –Mr. Nobody (Jaco Van Dormael), The road (John Hillcoat), The informant! (Steven Soderbergh) y The men who stare at goats (Grant Heslov)- quedaron lejos de la excelencia de otras ediciones.
(3)En 2007, por ejemplo, levantó ampollas un ciclo de spaghetti western; al ser considerado este un género indigno de una retrospectiva “seria”.
(4)Aunque es difícil concretar la nacionalidad (o la identidad) de Marco Müller, nació en Roma de padre ítalo-suizo y de madre ítalo-brasileña-greco-egipcia. Su árbol genealógico quizás explica su facilidad para las lenguas y su profundo interés por el cine procedente de los lugares más remotos del planeta.
(5) Me refiero a Tetsuo: The bullet man (Shinya Tsukamoto) y Survival of the dead (George A. Romero). De ellas y de otros filmes vistos en el Lido hablo más en profundidad en la cobertura de la 66 Mostra de Venecia que escribí para Miradas de cine.