El caballero verde

La muerte es el punto de partida

Cuando uno lee las reflexiones de Yamamoto Tsunetomo sobre la práctica samurái (Hagakure, El camino del Samurái), lo que más sorprende de tan increíble retrato es la capacidad suicida de semejantes guerreros, antes caracterizados por una honrosa aceptación de la mortalidad que por un violento instinto asesino. Y aunque en dicha determinación la vida nunca forma parte de la ecuación, es fácil percibir la diferencia (y cierta poética) en la filosofía que recoge Tsunetomo. Tan solo un cambio de perspectiva, sutil, pero aplastantemente revelador, corrige el gran equívoco que ha acompañado a lo largo de la historia a quien ha blandido la espada, ya sea una katana o un arma de corte medieval. Porque, según Tsunetomo (y la clase marcial a quien representa), “el camino del guerrero es la muerte”. No matar, sino morir. Morir huyendo de una vida indigna en la defensa de un señor y un clan. Y mientras tanto, vivir… Vivir como si uno ya estuviera muerto. Vivir sabiendo morir en cada instante, siempre dispuesto a que el destino confirme lo inevitable.

«El caballero verde»

Sin embargo, por mucho que tan elevado arrojo haya dado lugar a numerosas páginas escritas, a más de una saga guerrera y a cientos de leyendas, todos imaginamos (todavía más si es desde un presente de paz) la imposibilidad de una renuncia serena a la existencia cuando, a priori, es la vida lo único que realmente nos pertenece. Ya sea en el marco del Japón feudal o de la Europa medieval. Así sea a través de la mirada cinematográfica del realizador nipón Masaki Kobayashi y de su magistral película Harakiri (Seppuku, 1962), o gracias a la más reciente aportación fílmica de David Lowery: El caballero verde (The Green Knight, 2021). Siendo esta última no tan solo una historia de confrontación con la muerte, sino que, como su título revela, es asimismo una nueva adaptación del famoso relato artúrico Sir Gawain y el Caballero Verde.

Tanto en el romance métrico escrito en el siglo XIV por el Poeta Pearl (pero editado en el siglo XX por el archiconocido J. R. R. Tolkien), como en la película de Lowery, la historia nos cuenta cómo Gawain, hijo de la hechicera Morgause y, por tanto, sobrino del rey Arturo, es un caballero de Camelot que, debido a su juventud, aún no ha podido demostrar su valía. Por eso, cuando un caballero gigante y extrañamente verde (arbóreo en manos de Lowery) se aparece en un banquete navideño, empuñando un hacha y retando a todos los presentes, es Gawain quien acepta la contienda y en consecuencia una prueba. El caballero verde pide ser atacado con su propia arma y asegura que no opondrá resistencia alguna, pero, si sobrevive, aquel que le ataque deberá acudir a él, al finalizar el período de un año, para recibir el mismo golpe. Gawain duda, pero deja caer el hacha decapitando con un único golpe a su oponente. Sin embargo, como era previsible, la cabeza rueda hasta volver a su dueño quien, todavía con vida, le recuerda verbal y enérgicamente el acuerdo entre caballeros pactado previamente. El tiempo empieza a correr. Tan solo una vuelta alrededor del sol separa a Gawain de su muerte. Y aun así debe salir a buscarla, entregarse a la aventura fuera de la protección de Camelot, hasta alcanzar la capilla verde y, en principio, la decapitación.

«El caballero verde»

A hombros de gigantes

Ya lo ven, puede que fuera Tsunetomo quien dibujara el camino del guerrero en un tono directo y explicativo, casi a modo de decálogo, pero ya se podía apreciar tal entrega mortal en el código de honor caballeresco. Aunque en los relatos europeos del medievo, así como en toda buena narración, había además una moral a descubrir implícita en el acertijo literario, en los personajes y en el devenir de los acontecimientos. Había y, gracias a Lowery, sigue habiéndolo. Pero el director estadounidense (además de escritor, montador y productor) no se conforma con repetir la historia, sino que la actualiza. Aprovecha el enigma inicial y la aventura que le sigue (entre gigantes, un zorro parlanchín, asaltantes de incautos inocentes o bajo el amparo de una santa fantasmagórica que ha perdido literalmente la cabeza), pero reduce al simbolismo las alusiones religiosas, tan relevantes en la obra original, y reescribe los arquetipos que habían conformado la épica clásica (a destacar un efermizo Arturo y un apocado Gawain, ambos entrañables) culminando todo ello en un renovado final, diferente en su significado y en la estructura narrativa que presenta.

«Lancelot du Lac»

El resultado es una película de aventuras totalmente genuina que huye de lo establecido. Más cerca de Robert Bresson (Lancelot du Lac, 1974) que de Antoine Fuqua (El rey Arturo —King Arthur, 2004), Lowery parece haber tomado como principal referencia, entre las cuatro adaptaciones cinematográficas que le preceden, el maravilloso mediometraje de animación Sir Gawain and the Green Knight (Tim Fernee, 2002). Su versión de El caballero verde comparte con aquel filme de tan solo veinticinco minutos una perceptible obsesión estética, una capacidad de encadenar planos a través de la rima visual (en la animación, también sonora) y una voluntad de abstracción al mostrar unos individuos que son claramente el centro de la imagen, por mucho que se muevan dentro de una llamativa mascarada espacial. Lowery expone su concepción del género fantástico a la vez que discursa sobre el género humano, sin renunciar a la autoría que le caracteriza ni al cuidado que invierte en la construcción de personajes, ya perceptible en sus anteriores trabajos: En un lugar sin ley (Ain’t Them Bodies Saints, 2013), Peter y el dragón (Pete’s Dragon, 2016), The Old Man & the Gun (2018) o A Ghost Story (2017), película que, significativamente, comparte con El caballero verde la producción de A24, la dirección de fotografía de Andrew Droz Palermo y la edición del propio Lowery.

«A Ghost Story»

Asimismo, aunque las obras mencionadas suponen incursiones en géneros cinematográficos muy diversos, coinciden con El caballero verde, precisamente, en la capacidad de poetización que aportan al género preestablecido, fruto de la sensibilidad en la mirada que las origina, pero sobre todo como consecuencia de una incansable reescritura del viaje del héroe, junto a un deliberado cuidado formal y un pausado tempo narrativo. Y a pesar de la poética, o justo gracias a ella, Lowery consigue aterrizar en lo mundano desde el thriller (En un lugar sin ley) y el biopic (The Old Man and the Gun), hasta lo fantasmagórico (A Ghost Story) y el fantástico (El caballero verde). En cada aportación se muestra invariablemente interesado en abordar el pasado, y el pretérito de dicho pasado, como mecanismo de reflexión sobre la espera impuesta y el deseo postergado, o sobre el miedo al desempeño. Pero ya sea el temor la respuesta al devenir o el anhelo sostenido, el desenlace fílmico irrumpirá en la acción, cual espada de Damocles, demostrando la imposibilidad de un cambio de trayectoria y forzando a sus protagonistas a la aceptación de un destino irreversible frente a un tiempo perdido e irrecuperable. Todo ello sin verse afectado por la factura, que alcanza similares resultados tanto en grandes producciones como en películas independientes, aun cuando resulta evidente que El caballero verde forma parte del primer grupo.

Por ende, no deja de ser paradójico que la última película de Lowery se exhiba únicamente a través de Amazon Prime, ya que El caballero verde parece haber sido pensada y creada para ser vista en una sala de cine, tal y como pudimos comprobar en el último Festival de Sitges. Ni las escenas de acción ni la escala son el motivo, pues, a pesar de un acertado uso del plano general (de la profundidad de campo y del montaje interior del plano), la cámara acompaña principalmente a los protagonistas. La fantasía resiste en el diseño de producción, mientras los rostros de los personajes siguen ofreciendo la veracidad de la carne; es un filme de sangre, sudor y esperma. Emulando en cierto modo a Bresson, Lowery se debe a sus modelos: Dev Patel, Alicia Vikander, Joel Edgerton, Sarita Choudhury… Pese a que nadie duda de su labor interpretativa y de la fama que les precede como actores, hay en la dirección del cineasta una visible apuesta por la fisicidad de sus intérpretes, por la auténtica naturaleza que emana de su presencia. Es toda una declaración de intenciones que Patel sea su elección de Gawain o que Vikander encarne a dos personajes, Essel y la Dama, como si fueran las dos caras de la moneda de la femineidad. Además, Lowery evita en El caballero verde una mención directa de los personajes artúricos apelando a lo sensible en detrimento de la norma: Sean Harris es simplemente el Rey, Kate Dickie es la Reina, Choudhury no es Morgause sino la Madre, mientras que a Merlín ni se le menciona, aunque se muestra reconocible, entre la multitud, en unos sorprendentes tatuajes faciales y en una larga cabellera empatada por una copiosa barba (alucinante caracterización de Emmet O’Brien).

«El caballero verde»

En cuanto a la puesta en escena, El caballero verde es visualmente abrumadora. Lowery y Droz Palermo consiguen una composición hipnótica, por magistral, tan lírica como espectacular, tan moderna como respetuosa con la época, cuyo trabajo cromático satisface cualquier expectativa. A este respecto, la primera secuencia del filme es una abstracción narrativa que no solo introduce la intención del relato, sino que sienta el diálogo temático y estilístico en el que vamos a vivir como espectadores. Con una sugerente voz en off como guía sonora, suma de las voces del propio director y de su mujer, la actriz Augustine Frizzell, y un trávelin vertical de acercamiento a Gawain en lo visual, Lowery deconstruye en poco más de un minuto al protagonista. Nos muestra de dónde viene y a dónde va(mos). Y así la cámara descubre inicialmente una imagen tradicional de Gawain (túnica dorada, báculo pastoral y orbe en cada mano), sentado en un trono e iluminado en la oscuridad gracias a una luz cenital, a través de la cual desciende la característica corona en forma de halo solar del protagonista. La corona se posa sobre Gawain dibujando tras su perfil la aureola de ciertas imágenes sagradas (y de toda una tradición pictórica, también manifiesta en El caballero verde) para que, acto seguido, al son de unas palabras que se escuchan como un encantorio, el aura se torne fuego y ardan en llamas la corona y la cabeza que la sostiene: “Dejad que os cuente una nueva historia tal y como me fue relatada. No es una aventura valiente y audaz de forma sensiblera narrada. Para siempre en el corazón y en la piedra grabada…”.

«El caballero verde»

Ante semejante secuencia inicial, el interés está servido. Mas la relectura continúa. El sonido de las campanas da paso a la trama principal, cuando la pantalla se ilumina en una nueva representación del pesebre (Lowery cambia la fecha del incidente inductor de Año Nuevo a Navidad). Pero quien nacerá no será otro que Gawain, amanecido tras una noche de juerga. El agua que le arroja su amante para despertarle mientras se burla de su estupefacción pronunciando “Cristo ha nacido”, conecta con el fuego que hace escasos minutos rodeaba el rostro de Gawain. Es un Salvador nacido en el confort de un burdel y es una mujer quien le salvará de las llamas, parece anticipar Lowery. Y a partir de entonces fuego y agua seguirán dialogando, así como lo harán Gawain y Essel de vuelta a palacio. Él a caballo y ella haciendo sonar los cascabeles que le son impuestos (en la Edad Media a las personas que se consideraban impuras, como las prostitutas y los leprosos, se les obligaba a llevar cascabeles en la ropa para advertir a los demás de su presencia), que ahora les separan, pero que más tarde sonarán en la aventura de Gawain.

Verde que te quiero rojo

Tratándose Sir Gawain y el Caballero Verde de una obra que viste el color en el título y que asimismo fue concebida para evocar desde los matices de la pigmentación, era evidente que Lowery, junto a Droz Palermo, utilizaría una precisa paleta cromática para reforzar su punto de vista. Significativamente, el director acoge en su película los colores que le son dados por el precedente literario, el verde y el rojo, pero los relega a un papel tan importante que se muestran como tal solamente en los momentos fundamentales de la trama. De manera simbólica prenuncian la duda dicotómica en la que se mueve Gawain, oscurecido como un espectro en la verdosa oscuridad del interior palaciego, tan solo iluminado por pequeños destellos de luz cálida en forma de velas, o por antorchas.

«El caballero verde»

De nuevo la dicotomía del fuego y el agua, del calor y el frío, del rojo y el verde. El motivo está en sus múltiples significados cromáticos. En la mitología celta, de la cual bebe esta historia, el verde representaba lo demoníaco, el embrujo, lo desconocido y, adicionalmente, la naturaleza, que es sinónimo de longevidad, fertilidad, renacimiento… O también, si nos alejamos de lecturas bucólicas en nuestra era post-covid, el verde puede asociarse a la descomposición, a la toxicidad, a una naturaleza inclemente y aleccionadora. En cambio, el rojo, su fiel complemento, siempre ha simbolizado el fuego, la pasión, la energía, la acción y la fuerza. Y en su tonalidad más intensa, el gules, un color heráldico. Por eso es verde el caballero y rojo el escudo de Gawain, verde la capilla y roja la sangre que ha de correr.

Con todo, siendo igualmente El caballero verde una desmitificación de la masculinidad épica, Lowery juega inteligentemente a la omisión del rojo y lo relega sobre todo al cartel promocional, el cual conecta con la fama nobiliaria que rodea a Sir Gawain, mas no con la realidad del personaje que el director pretende mostrar. De hecho, Lowery se decanta por una temperatura de color más bien fría, salpicando el cuadro de azules y grises, o dejando un rastro de verde agua en una composición cercana al acromatismo que matiza a la perfección la ausencia de vida a la que se enfrenta Gawain (adicionalmente presentado como una sombra en algunos momentos de su campaña) y que apela por añadidura a lo onírico, perfilando un mundo más fantasmagórico que celestial.

Uno de los carteles de «El caballero verde»

En ese sentido, la banda sonora de la película, que como ocurre siempre en el cine de Lowery está en manos del compositor Daniel Hart, suma en la misma dirección, valiendo tanto como la fotografía. Con piezas musicales como I promise you will not come to harm, Hart completa el universo de Lowery a la vez que sostiene la sensibilidad de nuestro protagonista. Porque Gawain nunca fue un caballero intachable. Era ya en el recuerdo un héroe con temores e inseguridades que lo hacían humanamente cercano. Siempre luchó contra las tentaciones, frente a sus propios fantasmas y a su propia debilidad. Y no solo en el campo de batalla… En el artículo de Vern L. Bullough, «Ser un hombre en la Edad Media», el historiador habla de Sir Gawain y destaca cómo el joven caballero no representaba la masculinidad medieval, pues dicha virilidad se valoraba en términos de apetito y actividad sexual. Por otro lado, en su ensayo «La Cabeza de Medusa», Sigmund Freud desarrolló la idea de que la decapitación simbolizaba la ansiedad sobre la castración. Y en El caballero verde tenemos tanta ansiedad como falta de apetito.

«El caballero verde»

 

© Adriano Calero, noviembre de 2021