Cine y música en Gandules 2009

High and low

“En los buenos planos de pausa o congelación del relato (…)

se perciben las corrientes del tiempo, sus vibraciones emocionales,

como si fueran partículas incandescentes invisibles al ojo humano” (1).

 

Tiempo atrás, viendo Las horas del verano (L’heure d’été, Olivier Assayas, 2008)en el cine, noté una extraña sensación que nunca antes había percibido. Sucedió durante la única secuencia musical que hay casi al final del filme, cuando un grupo de jóvenes se reúnen y celebran una fiesta en la vieja casa de campo propiedad de la matriarca de la familia. Había en ella algo liberador, algo fresco, que no tenía solo que ver con la forma y el contenido de la secuencia, sino con otra cosa que estaba más allá (o más acá, como diría Cortázar) y que en ese momento no supe descifrar del todo. Fue hace unas semanas, durante una conferencia impartida por Nicolas Klotz y Elisabeth Perceval con motivo del ciclo “Playing cinema” programado por el CCCB, cuando empecé a vislumbrar el motivo de aquella profunda fascinación.

El director francés nos habló sobre el concepto que da título a la que será su nueva película, Low life, definiéndolo como el sentimiento de tedio y adormecimiento que domina la vida de la mayoría de jóvenes y los incapacita para cualquier acto de rebeldía. Klotz dedicó gran parte de su discurso a criticar duramente este estado vital, pero justo al final de su charla, añadió una última connotación que me hizo reflexionar. Comentó que, de no ser porque conocemos esta low life, de ninguna manera estaríamos capacitados para conocer su reverso, esa high life cuya máxima representación, a su parecer, es la música.

Pues bien, como he dicho antes, gracias a estas palabras pude comprender lo que me cautivó de aquella secuencia musical de Las horas del verano; en el cine, como en la vida, se necesita de “momentos low” para que los otros, los “momentos high”, resulten verdaderamente valiosos y emocionantes. Y es aquí precisamente donde entra en juego una de las películas programadas para este ciclo de cine al aire libre: Tout est pardonné (Mia Hansen- Løve, 2007).

 

Destellos musicales

¿Por qué es más valioso el oro que la plata? La respuesta es sencilla: porque hay menos. Pongamos un ejemplo práctico. Si tomamos otra de las películas incluidas en el Gandules 2009, El aventurero de la medianoche (Honkeytonk man, Clint Eastwood, 1982), y la comparamos con la obra de Mia Hansen-Løve lo veremos más claro. El aventurero de medianoche es un filme que trata sobre un cantante de blues autodestructivo que realiza con su sobrino el que será su último viaje para poder tocar en Grand Ole Opry antes de morir. Bien sabido es por todos que Eastwood es un gran apasionado de la música, pero si tuviéramos que basar nuestro juicio en este trabajo en concreto quizá jamás llegaríamos a tal conclusión. La película está literalmente abarrotada de momentos musicales, filmados con mayor o menor acierto, pero que puestos unos junto a los otros se solapan y acaban por difuminarse. Todo el metraje es puro high life, no hay descanso, y eso juega en su contra. Sin embargo, en un filme como Tout est pardonné, esto no sucede. Los dos únicos momentos musicales filmados por la directora francesa, esas “partículas incandescentes invisibles al ojo humano”, de las que habla Gonzalo de Lucas, brillan con luz propia y consiguen penetrar con fuerza en el espectador. Es imposible olvidar a Pamela bailando con sus amigos -todos esos rostros jóvenes, despreocupados, moviéndose rojos, amarillos y azules bajo las luces de la discoteca- como también lo es olvidar la fiesta donde Gisèle canta una particular versión del Lola de The Kinks bajo la atenta mirada de Víctor.

La singularidad, la fugacidad de estas imágenes, las hace realmente valiosas, pero no es este el único elemento sobre el que se soportan. Hay algo más, algo que casi siempre se ha considerado negativo dentro del ámbito cinematográfico: son antinarrativas. Es cierto, toda secuencia filmada es narrativa por definición, ya que siempre da testimonio de algo, aunque sea del propio rodaje de esta, pero en el sentido clásico de la palabra, estos serían momentos totalmente prescindibles que se hubieran quedado en la sala de montaje, ya que no aportan ninguna información concreta ni hacen avanzar la trama, sino todo lo contrario, la suspenden.

Y es justamente por esto, por la libertad que da dejar de lado el peso de la narración, que la directora se puede guiar únicamente por sus impulsos y filmar solo con los ojos y los oídos ofreciendo así una imagen pura, sencilla, sobre la que nuestra mirada puede vagar distraída llegando a descubrir toda una serie de cosas que de otra forma no serían visibles. Cada gesto, cada mirada, cada nota musical se revela de repente como una brecha a través de la cual podemos pasar al otro lado de la ficción sin ningún problema, de forma natural. Es así como cine y música se funden y consiguen juntos que las planas imágenes de la pantalla cobren vida y se integren completamente en nuestra realidad. La película pasa (sin necesidad de los novísimos aparatos de 3D ahora tan de moda) de ser un objeto inerte a una experiencia vívida, algo realmente valioso para el espectador más allá del puro pasatiempo al que por fuerza está acostumbrado.

Hace unos años parecía una batalla perdida, pero últimamente gracias a un creciente grupo de artistas, parece que por fin se está consolidando un cine que ve en la música no un mero acompañamiento de las imágenes, sino un elemento capital, capaz de emocionarnos y llevarnos a lugares casi desconocidos, donde las palabras nunca pueden llegar.

 

(1) DE LUCAS, Gonzalo: Cahiers du Cinéma España, especial n.º 3.