Cartas desde FICXixón 2011

I. Carta desde un hotel de Gijón

Para Cris y Mónica:

He de reconocer que es la primera vez que hago esto; rara vez he escrito una carta a nadie y mucho menos he publicado ninguna para que esta pueda ser leída por cualquiera, pero bueno, como dice una buena amiga mía, “no risk, no fun”.

Ayer a las 10 de la mañana llegué a Asturias. Desde que embarqué en Barcelona, y hasta mi llegada a Gijón, apenas tuve tiempo de nada: facturar, volar, viajar en bus, andar por las calles buscando el hotel, revisar el programa, concertar entrevistas… La dinámica de un festival, ¡qué os voy a contar…! Esa sensación, la de que tu propio tiempo no te pertenece y de que se te escurre de entre los dedos a toda velocidad, me ha acompañado desde que empecé este viaje, cosa bastante normal pero que, sin embargo, siempre me resulta inquietante y molesta.

Pronto me reuní con todos nuestros viejos amigos con los que siempre nos damos cita aquí en el FICXixón, y, nada más verme, tras intercambiar saludos y abrazos, me comentaron lo siguiente: ayer por la noche, estando en un bar, un tipo bastante raro se les acercó y les dijo que ellos tenían exactamente la misma edad que él, cosa que les extrañó ya que la mayoría de nosotros apenas llegamos a los treinta años y aquel hombre, por lo que se ve, parecía haber pasado la cincuentena hace ya bastante. El hombre les dijo a voz en grito: “¡Todos tenemos la misma edad! ¡La edad del mundo!”, y, obviamente, todos se echaron a reír. Quizá era la teoría de un borracho, o quizá la de un cinéfilo empedernido contagiado por la nueva tendencia de humanizar el universo imperante, una tendencia vista en algunas de las obras más interesantes del momento (la imagen de Las Von Trier y su melancólico planeta ávido de sexo apareció en mi cabeza), no lo sé (por esta época es difícil distinguir en Gijón entre unos y otros), lo que sí sé es que esta frase se quedó dando vueltas en mi cabeza hasta que entramos a ver la primera película de la jornada, The Future de Miranda July.

Allí, entre un torrente desbocado de buenas y malas ideas, hubo una en concreto que llamó mi atención: el poder parar el tiempo. Cuando Sophie, el personaje protagonista femenino de la cinta, está en mitad de la noche a punto de confesar a su novio Jason algo que va a destrozarle, él, consciente de ello, pone una mano sobre ella y detiene el tiempo para evitarlo. Así, mientras el universo se detiene, Jason se queda a solas y empieza a dialogar con la Luna sobre qué es lo que debe hacer a continuación, sobre qué es lo correcto…

Como veis, el tiempo parecía especialmente empeñado en perseguirme aquí, en Gijón, pero por suerte el filme acabó poco después y pudimos salir a relajarnos todos por un momento y disfrutar de una buena comida. Ya lo sabéis, Cris y Mónica, aquí en Asturias el tema de la comida es siempre polémico, todos queremos estar frescos para evitar la morriña en el siguiente pase pero, una vez se entra en un restaurante y se lee la carta, uno empieza a rebajar sus expectativas y se dedica a negociar con el menú del día.

Después de comer fuimos corriendo a la sesión de la que prometía ser una de las películas más interesantes de esta edición del festival, L’Apollonide, la nueva obra del director Bertrand Bonello. A toda prisa entramos en los cines Centro y ocupamos nuestros asientos dispuestos a dejarnos llevar por las envolventes imágenes que nos proponía el cineasta francés. Como era de esperar, el cansancio, unido a una muy dura digestión, empezó a hacer mella enseguida y, a los pocos minutos, a pesar de lo emocionado que estaba por la película, me debatía entre la consciencia y el sueño profundo. Fue así, en ese estado de duermevela, como tuve una violenta revelación que me libró definitivamente de las garras de Morfeo y me hizo disfrutar boquiabierto de la maravillosa pieza de Bonello hasta los títulos de crédito finales. L’Apollonide nos habla sobre una comunidad de prostitutas y su encierro entre las cuatro paredes de un burdel, una situación que, salvando las distancias, es fácilmente comparable a la experiencia que compartimos los compañeros de la crítica en el marco de un festival. Entrar en una sala de cine supone, al fin y al cabo, acceder una cápsula temporal, pues por unas horas somos capaces de habitar un tiempo diferente; si eso, practicado una sola vez al día, consigue descolocar y puede causar verdaderos estragos en nuestra percepción de la realidad, qué decir de la jornada en que se puede llegar a repetir entre seis y siete veces.

De todas formas, lo importante es que en L’Apollonide el relato temporal no es lineal, y ese concepto del encierro lleva a Bonello a reformular el mundo en base al espacio en el que habitamos, a sus propias necesidades, entre las cuales se incluye el orden de los acontecimientos. Hay un bucle: una escena que abre la película se repite justo unos segundos después desde otro punto de vista opuesto (algo parecido al dispositivo que desplegaba Gus Van Sant en Elephant) y fue justo ahí cuando recobré la plena consciencia. Hasta unos minutos después, en que decidí preguntar a un compañero si había habido un salto temporal, no salí de dudas y constaté que, efectivamente, Bertrand Bonello es uno de los cineastas que, a día de hoy, mejor entiende la verdadera naturaleza del medio en que trabaja. El cine es el arte del tiempo y quienes lo saben, como Bonello, pueden hacer con él lo que les plazca y crear obras verdaderamente inmortales que, nada más nacer, tienen ya el poso de los grandes clásicos.

Finalmente, estiramos un poco más el día y decidimos ver Buenas noches, España, la nueva propuesta del filipino Raya Martin. A estas alturas no me sorprendió en absoluto que esta pieza, realizada en apenas unas horas y con una duración de los materiales filmados de unos quince minutos (*), se dilatase hasta llegar a los setenta mediante saltos y repeticiones acompañadas de múltiples colores y música de los Looney Tunes. Aquí, sin embargo, el dispositivo, lejos de funcionar a la perfección como sucedía en la película anterior, daba como resultado una obra aburrida y sin interés que me hizo plantearme seriamente si de verdad es necesario recuperar la obra de este cineasta que siempre he tenido como asignatura pendiente.

Me despido… Finalmente parece que he llegado a un pacto con el tiempo: mientras esté aquí, en Gijón, nos daremos una tregua e iremos cada uno por nuestro camino sin molestarnos. Cuando llegue a Barcelona ya pasaremos cuentas.

Un saludo a las dos. Toda la troupe os esperamos en el hotel con los brazos abiertos.

Sergio Morera

 

II. Carta desde otro hotel (menos glamouroso) de Gijón

Para Sergio, Mónica y toda la troupe de transiteros (los que andan por Gijón y los que no pudieron venir):

Es curioso que Sergio comenzase confesando que no había escrito nunca una carta. Yo, en cambio, últimamente estoy entrando de lleno en el género epistolar (aunque sea en su forma moderna) y, quizás por eso, la primera película que quise ver nada más llegar a Gijón fue Eighty Letters. Un título es una fuente tan válida como otra para decidirse por una obra. Algunos de los filmes, libros o discos más importantes de mi vida fueron producto de este tipo de elección. ¿Sería ese el caso Eighty Letters? No exactamente.

Eighty Letters está ambientada en la Checoslovaquia de 1987 y cuenta la historia de una mujer que intenta, junto a su hijo, arreglar los papeles necesarios para reunirse con su marido en Gran Bretaña. Es el tipo de filme al que, objetivamente, hay poco que achacarle. En el programa del festival destacaban esta frase de Positif: “75 minutos de perfección”. Y, efectivamente, estamos ante un filme lastrado por sus propias virtudes. Impecablemente filmada, Eighty Letters nos sumerge en una de esas odiseas burocráticas a las que nos tienen acostumbrados los cines del Este: la firmeza y el tesón de los personajes enfrentados a la decadencia de los espacios cotidianos, las largas esperas y las carreras desesperadas, los pequeños sobornos del día a día… Todo ello pensado desde un dispositivo formal de una austeridad y precisión tan calculadas que terminan por ahogar al filme. Finalmente las cartas que la protagonista escribe obsesivamente a su marido, esas cartas que prometían ser el elemento diferencial característico del filme se convierten en un mero recurso del director para hacernos partícipes de detalles importantes de la historia familiar sin tener que recurrir a conversaciones o flashbacks, es decir, sin tener que violar esa regla de la perfección que parece ser la máxima aspiración de esta película.

Sobre fronteras, papeles e inmigración nos habla también Low Life, que es el filme más hermoso y rotundo que he visto, por ahora, en Gijón. ¿Qué les sucede a los cuerpos cuando un papel dicta sus destinos? Para los Klotz no se pueden cerrar los ojos a la política porque esta ha invadido el terreno de lo privado, de lo íntimo. Tomando como telón de fondo los movimientos de ocupación y desobediencia civil, Low Life pone en escena las vidas de un grupo de jóvenes que cargan con un peso que no les pertenece, con un mundo que han heredado y contra el que se rebelan. Pero por más que los eventos que tienen lugar en Low Life puedan remitirnos al actual panorama social y político, la propuesta de los Klotz no se enmarca en un terreno realista. “Para poder entrar en la época que se trabaja es necesario el cine fantástico y su aspecto irracional”, declaraba Nicolas Klotz en una entrevista en relación a su anterior filme, La question humaine. Aquí este toque del fantástico impregna poderosamente la película.

Sus personajes declaman, son hijos de la tragedia, se mueven sinuosamente en un espacio lírico creado por y para ellos. Los directores filman a estos chicos y chicas con evidente fascinación y su filme es, ante todo, un canto a la juventud. Low Life se construye sobre la más sugerente de las combinaciones que se pueda imaginar: Robert Bresson, Jacques Tourneur y Philippe Garrel. Es un filme donde una nota que pasa de una mano a otra es capaz de transmitir una maldición (La noche del demonio), es una obra que explora el modo en que la enfermedad del mal se instala en los cuerpos, los devora y los consume (El diablo probablemente), es una película sobre los sueños y los ideales de una generación, pero también sobre la tragedia a la que se ven abocados por sus actos de rebelión (Les amants réguliers).

No deja de ser sorprendente que, tras dos días de festival y siete películas vistas, ya surjan poderosas asociaciones entre los diversos filmes. En su carta Sergio manifestaba su obsesión por el tiempo y yo me pregunto: ¿qué está pasando, en el cine contemporáneo, con los cuerpos? O mejor: ¿qué les pasa a los cuerpos en relación al mundo que les ha tocado habitar?

En De la guerre Bertrand Bonello vuelve a poner en escena la historia de un director de cine en crisis. “Admiro a las personas que tienen una presencia, porque en muchas ocasiones yo siento que estoy en los sitios sin estar ahí”, confiesa el protagonista en un momento del filme. Tras quedarse encerrado por accidente en un ataúd durante toda una noche, Bertrand, el protagonista de De la guerre, experimenta una suerte de epifanía. Poco después conoce a un hombre que le lleva a El Reino, una mansión apartada de la ciudad en la que permanecerá durante dos semanas, sin comunicarse con el exterior. Allí, un grupo de personas, liderado por una enigmática Asia Argento, recibe entrenamiento militar y emprende una particular búsqueda del placer. Transcurridas las dos semanas, Bertrand abandona el lugar totalmente transformado y se encuentra con su novia, a la que le explica torpemente lo que ha descubierto durante su retiro: “Quiero estar contigo, pero no seremos como las demás parejas. Incluso si hacemos las mismas cosas, si vamos al supermercado, seremos distintos del resto, porque seremos exigentes”.

En De la guerre Bonello se acerca a uno de los grandes estigmas del mundo contemporáneo: la crisis espiritual provocada por la inautenticidad, la disolución del yo en pos de unas reglas sociales que devoran al individuo. Precisamente porque está fuera del mundo, El Reino es el paraíso idílico donde siempre se puede estar en pie de guerra, siempre alerta, siempre preparándose. Pero ¿preparándose para qué? ¿Qué guerra es esta? ¿Quién es el enemigo? En su tramo final Bonello recurre a Apocalypse Now y ahí se hace evidente de qué modo el suyo es un filme bélico: Bertrand decidirá volver a El Reino porque, como los combatientes que vuelven al mundo real tras haber estado inmersos en una guerra, es devorado por la ansiedad. La guerra se convierte en un espacio mental que no puede abandonarse tan fácilmente. “Yo soy Willard, yo soy Kurtz”, repite Bertrand mientras corre por los bosques: luchar contra un enemigo, incluso si ese enemigo es el mundo, es siempre luchar contra uno mismo. Toda guerra termina siendo un reflejo del combate que se libra en el interior de uno mismo.

 

En una de las mejores secuencias del filme, los personajes experimentan un trance inducido por las drogas y bailan desenfrenadamente al ritmo de la música en medio del bosque. Es una de las escenas más poderosas del cine contemporáneo que trae inmediatamente a la memoria la secuencia de la rave en La question humaine. Durante una conversación posterior, Ricardo Adalia nos comentaba que los Klotz y Bonello son, probablemente, los directores del panorama actual que más le interesan. Y no creo que sea casualidad que ambos hayan filmado dos secuencias magistrales (ambas protagonizadas por Mathieu Amalric) sobre cuerpos en trance, entregados a la música. Pese a sus evidentes diferencias hay muchos puntos de contacto entre el cine de Bonello y el de los Klotz, quizás más de los que los propios directores están dispuestos a reconocer. En el fondo ambos filmes se inscriben en dos momentos de crisis, los dos exploran el colapso sufrido por los cuerpos ante el descubrimiento de la falsedad, la mentira o el engaño sobre el que se construye su mundo. El trance, la despersonalización, el desenfreno es la respuesta lógica, necesaria, a la tensión que estos cuerpos experimentan, día a día, como máscaras sociales: un retorno a un estadio pre-civilizado (no en vano Bonello incluye a Cronenberg en los agradecimientos de su filme y el protagonista de De la guerre se siente lo suficientemente fascinado por las imágenes de eXistenZ como para cancelar su cita con una prostituta).

¿Es esto, pues, lo que somos? ¿Cuerpos liberados de ataduras, entregados a sus instintos? Ni Bonello ni Klotz son tan ingenuos. No se trata de que seamos solo eso, sino de que también somos eso. En algunos momentos de De la guerre, las máscaras sociales, las máscaras civilizadas, son abordadas confrontándolas directamente con su opuesto. Los protagonistas, ataviados con máscaras animales, realizan diversas actividades sexuales en el bosque. En Contact High, los dos protagonistas se dirigen a una discoteca. Solo uno de ellos se droga, pero a su amigo también le sube (¡¡contact high!!) y, de golpe, la pista de baile se convierte en un lugar habitado por personajes con cara de perro que bailan desenfrenadamente al ritmo de la música, entre destellos, deslizamientos de la cámara e imágenes borrosas. ¿Están los protagonistas alucinando? Sin duda: pero su alucinación no es más que el producto de una clarividencia extrema.

Contact High es un filme muy distinto a De la guerre, tanto en forma como en contenido, y probablemente esta asociación no hubiese surgido si no hubiese visto este filme de Glawogger en una sesión inmediatamente posterior. Se trata de una película que parece el producto de una mente degenerada (si no me hubiesen advertido de que este director es un reputado documentalista, a la luz de este filme no lo hubiese creído). Una comedia explosiva y muy salvaje que apuesta por el exceso desmedido en una mezcla entre Quentin Tarantino, Emir Kusturica y Miedo y asco en Las Vegas, pero ambientada en Polonia y con un maletín como mcguffin. Una apología de los efectos de las drogas en la que Carlos Castañeda ejerce de gurú (¡no solo espiritual!) y donde se dan cita algunos de los personajes más freaks del cine contemporáneo en las situaciones más absurdas y rocambolescas que uno pueda imaginarse. Y, todo ello, al ritmo de una vertiginosa selección musical. El filme funciona solo a ratos pero, como de vez en cuando ocurre en los festivales, entre obras como De la guerre y Low Life, una película de estas características no solo se agradece, sino que es necesaria. El contact high surtirá su efecto en el espectador que esté dispuesto a dejarse llevar por la locura en la que nos sumerge Glawogger. ¿Alguien más vio a Rutger Hauer acosado por un mal viaje de LSD intentando fumarse una papela de canela?

Pero volvamos a De la guerre. Hay un momento en que el protagonista cuenta la historia de un hombre que se enamoró de una mujer con una nariz muy grande y hermosa. Después de tener un accidente, él tuvo que reconstruirse la nariz y lo hizo a semejanza de la de esa mujer. Estaba tan enamorado de ella que quería ser ella, parecerse a ella, fundirse y disolverse en ella. Este deseo está también en el origen de la historia de Genesis P-Orridge y Lady Jaye, abordada por Marie Losier en un filme que me impresionó menos por sus cualidades artísticas que por la potente historia que hay bajo sus imágenes, los testimonios recogidos y el recorrido por el panorama artístico de los ochenta y noventa. Formalmente The Ballad of Genesis and Lady Jaye me pareció un filme bastante limitado y repetitivo, que abusaba demasiado de ciertos recursos y que no terminaba de aprovechar bien sus posibilidades. Pero es un hermoso tributo a la ambición de dos amantes que quieren ser recordados por su historia de amor (fascinante, excéntrica, extrema). Un día, Genesis P-Orridge y Lady Jaye decidieron emprender un proyecto vital y artístico que transformaría sus vidas y comenzaron a someterse a operaciones de cirugía para crear dos cuerpos idénticos como metáfora de un tercer ser que vendría a ser la fusión de ambos. En un momento del filme Lady Jaye confiesa que nunca se sintió representada por su cuerpo, que siempre se sintió atrapada en él. El suyo es un proyecto complejo que se rebela contra la idea de una identidad fija, impuesta desde fuera, y desafía a la biología como ciencia todopoderosa que dicta lo que debemos ser. Se trata de otro filme que nos obliga a plantearnos qué está pasando con los cuerpos que nos ha tocado habitar y cómo el cine aborda esta cuestión.

Podría seguir escribiendo de otros filmes que se acercan, desde otras perspectivas, a esa pregunta. Por ejemplo: Whores’ Glory o qué les sucede a los cuerpos sometidos al infierno del mundo contemporáneo. Pero creo que ya he alcanzado el límite de lo epistolarmente aceptable y esta noche estamos de celebración (es el cumpleaños de Carles Matamoros, uno de los editores de esta revista, y ha prometido invitarnos a todos a una ronda de cubatas). Así que ahora me toca ver qué es lo que les pasa a los cuerpos abocados al frenesí de la noche gijonense. A Mónica le cedo la tarea de hablar de esto en su próxima carta…

Cristina Álvarez

 

III. Carta desde un bar

Sergio, Cris y toda clase de transiteros o cinéfilos varios,

No sé por qué os emperráis en haceros los interesantes y escribir desde sendos hoteles cuando en la mayoría de ocasiones estáis sumergidos en la vida que ofrece el FICXixón: las salas de cine, los bares o las comilonas. Por esa misma razón, y para rizar el rizo y llevar la contraria, me he decidido a, siendo yo la menos “de bares”, escribiros desde uno. Al fin y al cabo, y seamos francos, me gusta llevaros la contraria…, ya desde aquellos tiempos en los que empezaba a escribir de cine y me parecía casi imposible alcanzaros (algo que, por otro lado, aún me ocurre). Sinceramente; dudo que haya dos personas con las que coincida menos en gustos y apreciaciones cinematográficas que vosotros dos; pero sabéis que, en realidad, y precisamente por eso, también dudo que haya dos personas con las que me apetezca más cartearme que vosotros dos (aprovecho para lanzar una puya: tenéis que revisionar Donnie Darko).

Permitidme que retome un poco el tema con el que Sergio abrió su misiva. Es curioso que, dentro de lo caótica que es The Future (ay, Miranda, ¡quien mucho abarca poco aprieta!), tanto Sergio como yo nos quedáramos con esa escena en la que el protagonista masculino decide parar el tiempo. Es curioso, digo, porque la película realmente es un suma y sigue de despropósitos con propósito, un sinfín de escenas que basculan entre el minimalismo formal y el trascendentalismo conceptual, y todo eso acaba por quedar en agua de borrajas. Sin embargo, algo tiene esa escena que consigue mover algo en nosotros como espectadores. Cuando Jason trata de parar el tiempo, no lo hace por la comodidad de evadir un problema (a lo Hiro Nakamura, cuya actitud evasiva siempre me ha recordado, “ojo al dato, señores”, al Nobita de Doraemon) sino por pura necesidad o incapacidad: ver cómo el mundo se derrumba cuando tu pareja decide decirte que se os “rompió el amor de tanto usarlo”. Eso, y perdonad el desvarío, en July adquiere tintes literales, pero después del visionado de Un amour de jeunesse de Mia Hansen-Løve no pude evitar pensar que ambas películas comparten el interés por captar (aunque de manera muy diferente) el impacto dejado por la ausencia repentina de ese amor que creíamos especial.

Tras el equilibrio entre emoción y razón de Le père de mes enfants, Hansen-Løve se decide a sumergirse por completo en su biografía personal y, con ello, llega el vendaval de la emotividad, de la directora incontrolable que exorciza sus recuerdos a través de su película y no por ella (por la película, quiero decir). El cine como excusa, nunca como objetivo. Para Hansen-Løve, al menos o sobre todo en esta ocasión, el cine es un mero vehículo para ahorrarse la terapia o como complemento a ella, algo que, no me malinterpretéis, no me parece mal pues muchos de nosotros hacemos lo mismo (o casi) con la escritura. Sin embargo, tengo la sensación de que en esta ocasión, el poco esfuerzo necesitado por la directora para comprender a su personaje principal le ha llevado a olvidarse del espectador (lo cual, digámoslo ya, también es lícito) y obviar así ciertas aproximaciones que, en mi caso, hubiera permitido llegar a conectar con su película. Del mismo modo, no son pocos los momentos que, por pura fidelidad a la “verdad” o por puro exhibicionismo, Un amour de jeunesse resulta infantil para una directora que con su anterior película parecía haber dado un paso de maduración en su trayectoria. Quizás este proyecto debería haber esperado algo más en la carrera de Hansen-Løve; quizás aún debía hacer algunas otras obras en las que el cuestionamiento (por temas de moral, de ética o de respeto hacia aquellos que retrataba) de sus decisiones como directora minara de bombas el proceso de creación; quizás es precisamente la falta de esa lejanía de cuando no se habla de uno mismo lo que hacen de Un amour de jeunesse una película que o epata o deja indiferente. En mi caso, no el de alguno de vosotros, me consta, es el segundo.

De todas maneras, el tema de la introspección gusta y mucho en Gijón. No solo han coincidido sendas películas de Ross McElwee (Photographic Memory) y Jonathan Caouette (Walk away Renée) que van en esa dirección en esta edición, sino que recuerdo muy especialmente dos casos similares en el FICXixón de hace unos años: el cortometraje Nous de Danielle Arbid (que me impactó mucho) y Le filmeur de Alain Cavalier. La pregunta que se me presenta, y sé que os vais a llevar las manos a la cabeza (en parte porque yo misma la formulo con la boca chiquita, chiquita) es: ¿cuál es la diferencia (en contenido, no en forma) entre todas estas muestras de individuos expuestos, y aquellos que vemos en los programas de la pornografía rosa (me niego, lo siento, a llamarlos “del corazón”)? Sí, cierto, existe una diferencia de objetivo (aunque no tanto como el que, en un principio, podríamos pensar) y de aproximación, pero creo que sobre todo existe una diferencia de percepción y consideración. Del mismo modo en que Duchamp puso un retrete en un museo y lo convirtió en una “fuente” de arte al proponer que era el lugar lo que convertía al objeto en algo digno de consideración, ¿quién no nos dice que poner las confesiones de Belén Esteban en un FICXixón podría llevarnos a cambiar la perspectiva de su exhibicionismo? Me pregunto, sinceramente, qué necesitaría un director bueno para convertir un documental de Belén Esteban en un filme festivalero. Ahí lo dejo.

Lo cierto es que no podemos negar que nos gusta, y mucho, saber de los demás (¡hola Facebook!), y para dar muestras también de mi exhibicionismo (en ese doble rol de voyeur y del gusto por ser el centro de atención) voy a confesaros que me considero una eavesdropper casi profesional. Sentarse en un lugar y escuchar lo que otros se cuentan (como en La conversación de Coppola) o leer los escritos de alguien y llegar a sentir que se le conoce (¿como en Misery?) forman parte de nuestro (¿o es solo mi?) día a día. Así, poco a poco, acabas por llegar a imaginar cómo es esa persona y cómo es su rutina…, y quizás tras ello te apetezca construir una historia de ello, escrita o filmada, cada cual con lo que mejor se defienda. Y así, imagino (porque imaginar es todo lo que puede hacer quien se niega a escuchar declaraciones de autores), es cómo, posiblemente, Markus Schleinzer llega a crear Michael, esa película anodina que consigue dejar indiferente con un tema tan sensible como es la pederastia. Sin embargo, lo que más me interesa de este Haneke descafeinado (sin juicio, sin valores, sino más como un altivo y mal entendido Flaherty a la búsqueda de la representación de una realidad inalcanzable para la cámara) es cómo el tema puede llegar a subyugar la forma, cómo este tratamiento podría sernos interesante si, en vez de un pederasta, se tratara de seguir a un esquimal y su forma de vida. Las preguntas que, tras su visionado, no dejaba de repetirme empezaban siempre con ¿por qué…?. Veamos: ¿Por qué nos parece casi insultante que la película no se posicione? ¿Por qué la película debería hacerme sentir repulsión solo por lo que trata? ¿Por qué con todas estas preguntas estoy a un paso de convertirme en una cínica y, más importante todavía, por qué siento como si fuera perdiendo, palabra tras palabra, mi moralidad? Michael, a todo esto, quizás pretende subirse al carro de las provocaciones “hanekienses” a través de su tema, pero finalmente se muestra vacua y gratuita; no contiene nada que provoque odio o estima, solo indiferencia. Que eso nos parezca bien o mal acaba por ser una cuestión de moral, de ética, de sensibilidades…, y no tengo claro hasta qué punto el cine, o el arte, debe de preocuparse por esas cuestiones.

El ámbito en el que sí deberíamos preocuparnos por que se traten esos temas es en el de la política, y no hablo ya de los grandes ámbitos gubernamentales sino en todo aquel sistema de principios que nos gobierna a cada uno de nosotros. Siempre que oigo a la gente quejarse de cómo se está llevando tal o cual tema me paro a observar cómo se dirigen ellos mismos en tal o cual asunto. Un superhéroe de la televisión catalana, el Capità Enciam, rezaba algo así como “los pequeños cambios son poderosos”, pero esa máxima llevada a otros conceptos me sigue funcionando: los pequeños errores/hurtos/egoísmos son poderosos. ¿No existe, pues, la banalidad? En El estudiante somos testigos de cómo la corrupción, la estrategia política y los conflictos de intereses no son patrimonio único de las más altas estancias de la sociedad, sino que se cultivan en cada uno de los ámbitos relativos a la política. Con un diálogo ágil y milimetrado (que consigue funcionar como metáfora, si se quiere y se sobreinterpreta, de la tensión y la concatenación de la misma trama política que pone en escena) El estudiante propone un acercamiento a los entramados políticos desde la mirada limpia de un muchacho que no sabe lo que quiere pero al que hacen creer que sí lo sabe. La utilización de su inocencia para los intereses de unos y otros será, al fin y al cabo, uno de los muchos ejemplos urdidos para desmantelar la base de la política.

De todas maneras, tengo la sensación de que he acabado escribiendo mucho para no llegar a la conclusión de nada… En cualquier caso, seguimos hablando en otra ocasión, que es la hora del siguiente pase y no quisiera perderme Accidentes gloriosos, que me han dicho que es la película del festival.

Un besazo, chicos;

Mónica Jordan

 

* Fe de errores: El rodaje del filme Buenas noches, España se prolongó durante cinco jornadas de trabajo y el montaje definitivo se efectuó a partir de las cuatro horas de material bruto acumulado. Agradecemos la corrección apuntada por un compañero y pedimos disculpas por este par de imprecisiones de nuestro redactor.